Además de ser la reina de la literatura de terror, "La Enriquez" también es la Mariana que se escuda en el anonimato lo más posible, la que se niega a corregir sus errores del pasado porque los considera "artefactos de época" y la que confiesa su incapacidad biológica para terminar un audiolibro.
Si creías conocer a la autora de Nuestra parte de noche, Lo que aprendimos en el fuego y Un lugar soleado para gente sombría, preparate para descubrir a la periodista "salvaje" que los años 90 intentaron destruir y a la fan que discute sobre Olivia Rodrigo mientras analiza los clásicos.
También, a la autora argentina que aparece en las listas más prestigiosas, gana premios y bate records en el mundo que admite con pragmatismo que poseer un personaje público es una estrategia "muy cómoda" para navegar el éxito.

En sus inicios, reconoce ante GENTE, se presentaba de manera "muy honesta", pero descubrió rápidamente que en el ecosistema mediático todo lo dicho puede ser reproducido y comentado. Es por eso que -entre otras cosas-, huyó despavorida de Twitter, aunque ese es un antro en el que nadó muy cómodamente.
A continuación, las claves que nos permiten conocer en profundidad a la escritora estrella que llegó a los cines con La virgen de la Tosquera (dirigida por Laura Casabé), la adaptación de dos de sus cuentos que integran el libro Los peligros de fumar en la cama (Anagrama, 2017). Y quien considera que "montarse" -y sí, lo dice en términos de la cultura travesti-trans- es un proceso físico y simbólico de su carrera actual.
1. El escudo de alta costura: del asedio de los 90 al "personaje" que viste de Zimmerman o Margiela
La construcción de la identidad pública de Mariana Enriquez no es un acto de vanidad, sino una maniobra de supervivencia que arrastra las cicatrices de una juventud "salvaje" y desprotegida. En 1995, con apenas 21 años, la autora se enfrentó a un ecosistema mediático que buscaba exponerla activamente porque "se caía de maduro" que consumía drogas, llegándole a preguntar en televisión cómo sabía tanto de estupefacientes mientras ella consumía cinco gramos de sustancias. Por entonces, era periodista de rock y había editado su primera novela.
Aquella época de "falta de cuidado total" y homofobia real marcó su percepción del periodismo, llevándola a entender que la honestidad brutal podía ser usada como un arma en su contra. Hoy, Enriquez utiliza la ironía como un filtro táctico: ante cualquier declaración que genere ruido, simplemente se refugia bajo el preciado manto del humor y el personaje que supo construir para el afuera.

Para diferenciar su cotidiano de la estrella" literaria que el público reclama, Mariana cuenta que ha perfeccionado el ritual de "montarse" con una estética meticulosa y disruptiva. En sus presentaciones y producciones elige sin pudor diseños de marcas de diseño como Zimmerman, Rodarte y Margiela, convirtiendo la moda en una de las tantas armaduras para la arquitectura de su personaje público.
El vestuario para ella no es un accesorio: es una declaración de principios que desafía la idea del escritor solemne y aburrido que está en sus antípodas. La metamorfosis estética de Enríquez es también una respuesta al sexismo que enfrentó en sus comienzos, cuando las críticas literarias la mandaban a escribir guiones de tiras adolescentes como Clave de Sol por hablar de "jóvenes en estado de desesperación", diversidad sexual y relaciones poliamorosas.
Actualmente, ese mismo desdén por el canon la lleva a ignorar los comentarios de odio en redes, sintiéndose "curtida" tras haber sobrevivido a una década donde sus amigos morían de VIH y el aborto era un tabú absoluto.

2. La faceta "chismosa": entre el drama de Intrusos y el debut de Olivia Rodrigo
Lejos de la imagen monástica del intelectual, la Enriquez reivindica el chisme y lo trivial como materiales fundamentales de la experiencia humana. Pocos saben que, en la intimidad de sus amistades más cercanas, como la que comparte con la escritora María Gainza, las conversaciones pueden saltar de la alta literatura a los escándalos del programa Intrusos sin solución de continuidad.
Para Enriquez, estos temas no son banales; de hecho, considera que la cultura del espectáculo ofrece una ventana única a las pasiones y dramas que alimentan la ficción. Esta capacidad de transitar entre lo "culto" y lo "grasa" es lo que le otorga a su pluma esa vitalidad que conecta con audiencias de todas las edades.
"Sí, yo me intereso por temas triviales porque no creo que sean triviales", anticipa, y después navega por asuntos como los deepfakes porno de Taylor Swift -las imágenes alteradas con IA-. "Todo eso me da mucho miedo y si ella -por Taylor- no lo puede controlar, ya estamos en la dimensión desconocida", lanza con su habitual humor.

Su ojo crítico no descansa ni siquiera ante las nuevas estrellas del pop, manteniendo una postura analítica sobre figuras como Olivia Rodrigo. Ante la consulta de su amiga Gainza sobre si la cantante es un "bleuf", Enriquez cuenta que sentenció con la autoridad de una melómana veterana: "Le falta un montón, pero puede andar".
"Viste que los escritores prestigiosos temen perder prestigio si hablan de estas cosas", se ríe Mariana. Los romances mediáticos, la IA o su curiosidad por los espiritistas del siglo XIX conviven en partes iguales sin cuestionarse nada. Al final del día, el drama humano, ya sea en un conventillo, en una esquina picante de Buenos Aires o en un estudio de televisión, es el combustible que mantiene encendida su curiosidad por lo perturbador.
3. El tenis como religión
Si hay un espacio donde Mariana Enríquez abandona su aura de misticismo para convertirse en una fanática absoluta, es frente a un partido de tenis. Durante sus vacaciones, la autora confiesa vivir "fanatizadamente" viendo torneo tras torneo -como el Abierto de Australia, por ejemplo-, una pasión que incluso puede llevarla a interrumpir sus rutinas de escritura.
La elección del tenis como interés primordial refuerza su rechazo al estereotipo del escritor que solo consume "cierto tipo de literatura" seria. La escritora observa con ironía que muchos colegas ocultan sus consumos triviales por miedo al juicio, mientras ella lo exhibe como parte de su identidad.

En su escritorio, los manuales de espiritismo de Allan Kardec pueden convivir perfectamente con el seguimiento de los rankings de la ATP, demostrando que su mente no conoce de jerarquías culturales. Esta devoción por el deporte es también un refugio contra la "insoportable" virtualidad de la vida académica y la docencia online. Mientras el mundo literario discute técnicas o residencias de escritores, ella prefiere hablar de la potencia de un saque o de la resistencia física de los jugadores.
"Cuando era más joven y empecé a conocer el ambiente me di cuenta de que muchos escritores y escritoras estaban metidos sólo en cierto tipo de literatura y con una seriedad pasmosa. Y más que eso aún, porque vos también escribís: ciertas cuestiones directamente no entraban en la literatura", continúa al reivindicar temas de los que seguramente podría escribir, como el tenis. Una de las escritoras que también amaban ese deporte a nivel fan fue la fallecida Beatriz Sarlo.
No hay muchos casos como el de Enríquez que, con una libertad absoluta pasa sin tabúes del género que le hace ganar dinero a sus pasiones pop y rock: también escribió libros sobre Taylor Swift y sobre sus amados Suede.
4. Caos digital y déficit de atención: el calvario del audiolibro y la cloaca de Twitter
A pesar de ser una figura omnipresente en las redes, Mariana Enríquez mantiene una relación conflictiva y distante con las plataformas digitales y los nuevos formatos de consumo. La autora confiesa sufrir de un marcado déficit de atención que le impide, literalmente, escuchar audiolibros; "a los cinco minutos se distraigo y abandono la escucha".
Aunque le fascina que sus obras en España tengan narradoras con su fandom, ella admite con gracia que ni siquiera pudo escuchar sus propios libros terminados en ese formato. Esta limitación biográfica la aleja de la tendencia del "lector auditivo" y la mantiene anclada al texto impreso, al que define como un "artefacto" insustituible.

Su paso por Twitter fue breve y traumático, definiéndolo como un lugar "súper belicoso" donde el malentendido es la norma y la cancelación se multiplica. Tras experimentar situaciones incómodas con colegas, decidió abandonar la red del pajarito para refugiarse en Instagram. Enríquez prefiere la desconexión a la lucha digital de estar siete horas online para explicar una opinión que, inevitablemente, será tergiversada por el torrente de hate online. "Pero al mismo tiempo te taladran y te llaman, porque todo se reproduce", aclara.
La tecnología, para Mariana, es una "tercera mano" que genera una desesperación terrorífica: "Me asusta más perder el celular que las llaves de mi casa porque toda mi vida y mis claves están ahí". Además, considera, vivir en esta distorsión mental cotidiana, donde la realidad se rompe a través de la desinformación política, es lo más parecido a una historia de horror contemporánea.
5. Los autores "desquiciados" que la inspiraron
Mariana se aleja por completo de la imagen del "escritor monástico" o académico, nutriendo su proceso creativo de una concepción romántica del autor como un ser intenso, "desquiciado" y nada impoluto.
Para ella, el escritor ideal es aquel que posee una vida marcada por la "sumersión" en el caos, el exceso o la marginalidad, alguien que "vive intensamente para contarlo". A modo de corolario, enlistamos a esos autores que la influyeron tanto.
Arthur Rimbaud es definido por la autora como su "héroe absoluto". Enríquez se sintió atraída por su historia de haber abandonado la literatura para irse a África y por "su imagen de alguien que escribía mientras caminaba por cementerios".
El poeta romántico inglés John Keats es una influencia directa en su proceso creativo actual. La autora menciona que tiene sus libros sobre el escritorio mientras trabaja en una nueva novela que combina fantasmas y rock.

De Mary Shelley, Enríquez rescata su vida "intensa" y excéntrica, recordando cómo la autora de Frankenstein recorría casas de amigos tomando láudano junto a su marido poeta.
Oscar Wilde y Paul Verlaine son citados como ejemplos de escritores que no fueron "seres impolutos", sino figuras que terminaron en prisión o vivieron situaciones límite, lo cual encaja con su idea de que el escritor debe "vivir intensamente para contarlo".
Aunque es una referencia más cercana en el tiempo, también incluye en la lista a Silvina Ocampo por ser "totalmente excéntrica" y por el misterio que rodeaba su vida fuera de la publicación de sus libros.
Como ellos, ella eligió sumergirse en el caos que encerrarse en los claustros. Además de vivir para contarlo, algunos de ellos también adherían a la filosofía de la "no corrección", eso de no mirar para atrás ni pulir nada en sus escritos y, por supuesto, rechazar reescrituras.
Para Mariana, un libro es un "artefacto de época" que debe conservar sus problemas y su lenguaje original, reflejando el momento exacto en que fue escrito. Una auténtica invitación a aceptar el error, la mugre de la época y la evolución natural de una voz que se niega a ser domesticada por el tiempo.
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