El juego le puso a Luana Fernández un sobre en la mano y la consigna fue directa: “la mayor locura que hiciste por amor”. En medio de las risas de sus compañeros de Gran Hermano, por todo lo vivido en las últimas semanas, Luana fue frontal y reconstruyó una historia que –por cómo viene la temporada– rebotará fuerte en el afuera: durante un viaje a Miami que hizo con su novio, Lucas Izzi, y que se extendió por un mes, conoció a un chico mientras alquilaban un auto.
Él estaba a cargo de la empresa, “pegaron onda”, intercambiaron WhatsApp “con la excusa del alquiler”, y de ahí surgió una sugerente invitación para “dar una vuelta en una Ferrari” que terminó abriendo otra puerta. Mientras Lucas trabajaba, ella se subió a ese plan y, según admitió, hubo affaire. De regreso en Buenos Aires, dijo que había quedado “enganchada” y que veinte días después volvió sola a Miami para verlo de nuevo. Ante la pregunta de sus compañeros, no esquivó la palabra “infidelidad” y hasta justificó que ese chico también estaba en pareja y “la engañó” a su vez para estar con ella.
La anécdota no es ajena a un contexto que ya tenía puesto el foco en la vida amorosa de Luana y sus decisiones. En los últimos días, la historia sentimental de la participante se convirtió en un eje de la edición. Primero, porque dentro del reality Luana eligió romper en cámara con Lucas —tras mostrarse cerca de Franco Zunino—, con una explicación que apuntaba a “dejar el camino abierto” y evitar lastimarlo si adentro surgía algo más.
A partir de esa decisión, la producción activó por primera vez en la versión local una herramienta que agitó el tablero: el “derecho a réplica”. Lucas apareció en una pantalla y, con ironía, abrió el cruce: “¿Qué sorpresa, no? La misma que me llevé yo cuando mi novia me estaba cortando por televisión abierta”. El intercambio subió de tono, él cuestionó sus argumentos y dijo que no hablaba “del show” sino de cosas de la vida real que lo habían herido. La escena dejó a la jugadora shockeada y al programa con uno de sus picos emotivos de la semana.
La secuencia siguió afuera. Lucas publicó un video en redes, más de seis minutos de descargo, donde sostuvo que en la relación había “límites” que se habían cruzado, que lo de la casa “era infantil” y que lo doloroso fue enterarse “de infidelidades previas”. Cerró con un gesto de pudor: “Hasta me da vergüenza contar que mi novia me dejó por televisión abierta”. El posteo multiplicó el impacto del careo y alimentó la conversación sobre la pareja, que —según él— venía de “seis años juntos” y “una familia armada sin hijos”.
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Adentro de la casa, el “derecho a réplica” tuvo efecto inmediato: después del cruce, Luana se quebró, pidió hablar con la producción y cuestionó haber sido expuesta en un plano tan íntimo. “¿Por qué me hicieron esto? ¿Por qué me expusieron así delante de todos?”, se la escuchó decir, en una queja que sumó tensión a la convivencia y puso incluso en duda su continuidad. Lo que para el programa fue un recurso de juego —la chance de que una persona del exterior responda a lo que sucede adentro—, para ella se sintió como una intromisión en su historia personal.
El entorno de la participante también jugó sus fichas. Al día siguiente, su abuela y su hermana hablaron en A la Barbarossa y cuestionaron que se la haya “humillado” de esa forma en vivo, mientras Lucas, invitado a responder, insistió con que no buscó la mediatización sino “sacarse la mochila” y cerrar el capítulo. La familia, en distintas tribunas y comunicados, pidió que se respete el límite entre juego y vida privada.
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