“Entré a Gran Hermano para poder potenciar todo lo que son mis redes sociales y mi carrera como modelo”, asegura sin vueltas. Es que Franco Poggio no esquiva el punto de partida de su historia dentro del reality más famoso del país. Pero, a la distancia y tras haberse animado a abrir zonas profundamente íntimas de su vida, el sexto eliminado del ciclo de Telefe resignifica su paso por la casa.
Así, en una íntima y emotiva charla con GENTE, el influencer y novio de Lizardo Ponce reconoce que, sin proponérselo, su exposición tomó otro sentido. “Sin ánimos de ser referente de nada”, reflexiona, espera que su historia pueda ayudar a otros a “ser libres, sin importar lo que digan los demás, los prejuicios o la culpa que podamos sentir”.

Relajado, seguro y completamente en eje con su presente, Franco se mueve como pez en el agua durante la producción de fotos exclusiva que realizó con GENTE.
Enfundado en un canchero look sastrero en clave urbano, transformó un lúgubre estacionamiento en su propia pasarela. Entre luces y sombras, regaló miradas intensas y poses cargadas de misterio y templanza: una estética que, de algún modo, dialoga con su propia historia de vida.
Mirá También

Al borde de las lágrimas, Nick Sicaro cuenta su fuerte historia: "Merendaba leche en polvo con un pan duro"
De San Juan a Buenos Aires: el impulso de un chico que siempre supo que quería otro destino
Antes de hablar de su presente y del impacto que tuvo su paso por Gran Hermano, Franco Poggio retrocede a sus orígenes y reconstruye el camino que lo llevó a apostar por su verdadera pasión.
De aquel chico de San Juan que armaba producciones caseras en su casa —entre cambios de vestuario, fotos improvisadas y una vocación artística que ya asomaba— al joven decidido que, con apenas 20 años, dejó todo para perseguir su libertad.
Entre intentos académicos que no terminaban de representarlo —como su paso por la carrera de abogacía en Mendoza— y una inquietud constante por encontrar su lugar, el modelaje empezó a tomar forma no sólo como un deseo, sino como un proyecto de vida.
Así, entre miedos, viajes a escondidas y un fuerte autoexigencia, Franco apostó “al todo por el todo” y se mudó a Buenos Aires, cambió de rumbo hacia la psicología y empezó a construir, con total libertad, el camino que hoy lo define.

—De San Juan al reality más famoso de Argentina ¿Cómo inicia esta travesía tuya?
—Antes de Gran Hermano, trabajaba como modelo, y a su vez estudiaba psicología. Soy de San Juan y bueno, primero viví en Mendoza donde estudiaba abogacía, que también fue una manera que encontré como para escapar de mi ciudad. Desde muy chico quería irme y me llamaba la atención las ciudades grandes, con edificios y muy movidas. Y Buenos Aires nunca lo había conocido. Había venido dos veces cuando era muy chico pero como que no me acordaba mucho. Entonces, mi primer escape fue a Mendoza, porque me quedaba cerca y como me decía que iba a extrañar mucho era lo más práctico. Y ahí estuve 2 años estudiando abogacía.
—¿Por qué abogacía?
—No tengo idea (se ríe). Había visto una serie, no sabía bien qué, y dije me meto en abogacía. Pero si ahora miro para atrás, recuerdo que cuando era muy chico, a mí me encantaba siempre que me sacaran fotos. Me encantaba cambiarme, estilizarme, y le decía a mi mamá que me sacara fotos en la siesta, Entonces, mi mamá me sacaba fotos, yo apilaba los libros y armaba mis propias producciones y lo subía después a Facebook.
—¿Vos tenés otros hermanos o sos hijo único?
—Tengo dos hermanos. Yo soy el más chico y en la familia siempre era el que buscaba ser el protagonista de todo. Si era mi cumpleaños, yo quería el cumpleaños, con una torta gigante, y todo temático, me encantaba estar rodeado de personas…
—¿Cómo terminás en Buenos Aires?
—Porque me empezaron a llegar muchas propuestas de modelaje. Desde que vivía en San Juan me llegaban propuestas pero no me animaba, me daba como miedo. Miedo a viajar solo a una ciudad tan grande que yo no conocía…

—¿Y esto del modelaje lo hablaste con tus padres? ¿Qué opinaban al respecto?
—Lo tiraba y mi familia me apoyaba, pero me remarcaban que tuviera cuidado. Mis papás tienen una frase que siempre dicen: que los hijos son también de la vida, y que hay un momento que hay que soltarlos para que tomen nuevos desafíos y puedan chocarse con diferentes paredes y aprender.
—Y así te animás a venirte.
—Cambié de carrera y me vine a estudiar psicología. Pero igual antes de mudarme, yo ya venía a escondidas de mis padres, para trabajar de modelo.
—Si te apoyaban, ¿por qué a escondidas?
—Porque sabía que se iban a preocupar, yo era chico también y tenian miedo quizas que el ambiente sea peligroso, y más en una ciudad tan grande como Buenos Aires.
—¿Qué recuerdos te quedan de esos comienzos?
—Fue un apostar a todo. Yo hacía todo eso de mis ahorros, yo me compraba mis pasajes. Entonces capaz me contactaba un fotógrafo y me venía y hacía dos o tres días de producciones, trabajando como 10 horas, sin un sueldo, ni nada. Me acuerdo que terminaba cansadísimo, pero viste cuando algo te apasiona y decís ‘Me encanta esto y lo quiero seguir haciendo’. Pero también tenía como está sensación como de obligación, de querer estudiar algo porque pensaba que no podía solamente vivir del modelaje.
—¿En casa eran muy de la filosofía de tener un título si o si?
—No, pero yo siempre fui muy exigente. Soy muy exigente conmigo mismo y también confío mucho en mí. Así fue que un día a mis 20 le digo a mis papás que me quería ir a Buenos Aires a estudiar psicología y trabajar como modelo.
—¿Y pudiste sobrellevar ambos objetivos?
—Sí, las llevaba muy bien, la verdad. Nunca desaprobé un final, ni una materia. Siempre fui muy responsable con eso y con mi trabajo también.
Franco Poggio y los años de su vida secreta: “Sentía vergüenza conmigo mismo”
Pero detrás de ese impulso por irse, crecer y construir su camino, había una historia mucho más íntima que Franco Poggio llevaba en silencio. Durante años, su vida estuvo atravesada por una dualidad constante: la de mostrarse de una manera hacia afuera y, al mismo tiempo, resguardar en secreto una parte esencial de quién era.

En San Juan, mientras intentaba encajar y cumplir con las expectativas de su entorno, el joven modelo atravesaba sus primeras experiencias afectivas con otros chicos en la más absoluta discreción.
—En ese momento, cuando yo me vengo a vivir a Buenos Aires, muy pocas personas sabían que a mí me gustaban los chicos.
—¿Y en casa?
—En casa nadie. Creo que en parte también me vengo a Buenos Aires como a modo de escape de los prejuicios que uno puede llegar a sentir. Por el rechazo quizas de mis amigos…
—Te sentís menos juzgado quizás, porque estás en un lugar nuevo, donde sos un total desconocido.
—Totalmente. Me sentia menos juzgado en un lugar grande con mucha gente, donde era uno más. De hecho, cuando entré a la facultad me acuerdo que dije ‘voy a empezar a ser yo mismo, y contar quién soy sin tener ningún tipo de vergüenza’.
—¿Y cómo era tu vida en San Juan? ¿Tuviste novias o cómo fue esa época para vos?
—Estaba con chicos, pero mis más cercanos no sabían. Entonces era secreto.

—¿Y en casa nunca te preguntaban, "cuando vas a traer una novia”?
—Pará, porque lo que me pasó es que yo tuve como un tipo noviecito en San Juan que fue una relación donde los dos éramos muy chicos y era la primera persona tipo del mismo género con la que yo estaba, y de él también, como la primera vez de ambos. Imagínate que lo máximo de cariño que nos transmitíamos era por chat o sino íbamos a un bar y capaz que nos dábamos la mano un segundo y listo.
—¿Y llegó a avanzar o fue algo esporádico?
—Sí, despues lo llevaba a casa. Lo que yo hacía era que cuando venía, siempre caía con una amiga que sabía de nuestra relación. Siempre había alguien. Entonces si ella se iba, él se tenía que ir. En casa él era como mi amigo y mi familia lo tenía como de nombre, nada más.
—¿Alguna vez rompiste esa regla de tener chaperona?
—Sí, un día lo invité a mi casa solo y le dije a mi mamá que venia un amigo a comer algo. Entonces ella dice, "Bueno, yo me voy a acostar, no sé qué". A todo esto, yo tenia 18 años. Recuerdo que lo que hacía era cerraba todas las puertas de mi casa y ponía un lampazo o algo atrás de las puertas para saber si alguien se levantaba, escuchaba el lampazo caer digamos. Esa técnica la tenía, siempre que empezó a venir solo.
—¿Cómo fue el primer beso?
—Me acuerdo que todo fue muy progresivo hasta el primer beso. Primero era ver una película y un abrazo, un cariño, hasta que un día le di un beso. Me acuerdo que cuando pasó me decía "¿Qué hice? ¿Qué hice? ¿Qué hice? ¿Qué hice?”, me lavé los dientes 20mil veces. Sentía vergüenza conmigo.

—¿En tu casa eran religiosos?
—No, nada. Era solo un tema mío que sabía o pensaba en ese entonces que estaba mal. Era como que todavía no me aceptaba y estaba negado a reconocer lo que sentia realmente.
—¿Y tus papás nunca vieron nada?
—Bueno, una noche estaba con este chico y mi mamá justo abrió la puerta y me vio dándome un beso. Me ve dándome un beso y no dijo nada. Tipo, lo saludó, no sé qué, pero no dijo nada.
—¿No tuvieron una charla luego?
—Nada, yo creo que porque estaba dormida, y no vio.
—Vos estabas en estado de negación parece (risas).
—No, pero viste cuando te levantás como medio dormido, que no ves nada o entendéis nada. Pero bueno, después al tiempo terminamos la relación. Un año de relación recuerdo. Para mí fue como esos amores que son como muy intensos y muy nuevos. Después, él se puso en pareja con una chica y mi cabeza hizo ‘puff’, no entendía nada. Pero quedo todo ahí y no hablé nunca más, y después me fui a Mendoza. Sin haber hablado ni una sola palabra al respecto con mi familia.
Entre lágrimas y amor, el día que Franco Poggio pudo ser él mismo frente a su familia: "¿Vos sos feliz?”
Poco tiempo después de instalarse en Buenos Aires, la vida de Franco Poggio dio un giro inesperado cuando se cruzó con Lizardo Ponce. Lo que empezó como un vínculo incipiente se transformó rápidamente en una historia profunda: hoy, a dos años y medio de relación, lo define como el gran amor de su vida, su sostén y su compañero incondicional.
Sin proponérselo, el influencer también sería una pieza clave en uno de los momentos más trascendentales de su historia personal: su salida del clóset frente a su familia y su entorno más cercano.

A pocas semanas de comenzar la relación, la pareja emprendió un viaje a Punta del Este que marcaría un antes y un después. En medio de días de disfrute y conexión, dos simples historias de Instagram terminaron por exponer aquello que Franco había mantenido en secreto durante años.
“Se veía el mismo toallón en la foto de Lizardo y en la mía”, recuerda. Lo que siguió fue inevitable: preguntas, sospechas y una certeza que empezaba a abrirse paso. “Ahí empecé a pensar que mi familia y todos se iban a enterar de mi verdad”, recuerda Franco.
—¿Cómo se dio tu proceso de salir del clóset con tus padres?
—Cuando volví de mi viaje con Lizardo, ya siendo novios oficiales, me vuelvo a San Juan y pasa un día y una tarde mientras tomaba un café con mi mamá, me dice ‘Che, me parece raro que no me has mandado fotos con tus amigos en Punta del Este’. Entonces me dice, "¿Te puedo hacer una pregunta?" Y le digo, "Sí." Me dice, "¿Vos sos feliz?". Y ahí mismo me quebré y me largué a llorar. "Yo ya sabía", me dice, "Pero te estaba dando el tiempo y el proceso para que vos me lo digas a mí”. Ella nunca me quiso apurar ni nada. Y luego le cuento que estoy de novio.
—¿Cómo fue ese momento de contárselo y expresarte libremente?
—Los dos rompimos en llanto y me dijo que era su hijo y que iba a aceptar todo lo que sea, que por qué no se lo había dicho. Y que si yo era feliz, lo único que le importaba a ella era mi felicidad, que me iba a apoyar en todo, que siga para adelante, que siga con mis sueños, que no era nada malo. Después se lo conté a mis hermanos y a mi papá, fue al último que se lo conté. Y me sentí tan libre, porque yo de muy chico a mis amigos de San Juan les mentía. Sentía tanta vergüenza conmigo, que en la primera relación de novios le cambiaba el nombre para mis amigos y era nombre de chica. Entonces yo quería expresar lo que a mí me pasaba con una amigo, y me refería al chico como si fuera una chica: le decía a mis amigos: "Me siento mal porque Carolina no me habla o esto". Y mis amigos me decían: "Mostranos la foto de Carolina porque queremos saber cómo es”.

—Claro, era una vida secreta y de tormento por lo que contás.
—Sí, me acuerdo que lloraba todas las noches y me preguntaba cuándo se iba a terminar esto que sentía, quería ser libre, quería la libertad de decir soy esto.
—¿Deseabas despertar a la mañana y que te gustaran las chicas? ¿Lo pensaste?
—Un montón de veces y también hice el esfuerzo, tipo yo me me hablaba con chicas. Me solía decir que iba a cambiar y que esto iba a pasar. Porque mi gran preocupación o miedo era “¿cómo le digo a mi papá?”.
—¿Eras muy pegote de tu papá?
—Soy muy pegote de toda mi familia. Mi papá es grande, tiene 75 años.
—Y tu relación de más chico o adolescente con él, ¿cómo hacías para que no se dé cuenta?
—Yo siempre tuve como una máscara, para agradarle como a la sociedad. Me acuerdo que mis amigos se iban a jugar al fútbol y yo me juntaba con mi vecina a escondidas porque pensaba que estaba mal. Fue un proceso muy largo de terapia conmigo mismo, de aceptarme yo como era.
—¿Cómo se lo terminaste contando a tu papá?
—Te digo que puede que me quiebre (advierte notablemente emocionado). Yo ya vivía en un monoambiente acá en Buenos Aires. Me acuerdo que un día me vienen a visitar de sorpresa mis papás. Y fue ese mismo día que saliendo de la ducha, me doy vuelta y mi papá me dice, "hijo, ¿te puedo hacer una pregunta?", y le digo, "Sí." Y me dice, "tú sabes, que yo te amo" (parafrasea Franco con la voz entrecortada). Entonces lo miro, no sabía por dónde iba el tema y le digo, "Sí, yo sé que vos me amas y yo te amo a vos." Y me dice, "Yo sé que vos estás de novio". Entonces me acuerdo que me puse a llorar, y sentí que me había sacado un peso de encima. Ahí nos abrazamos los tres.
—¿Tenías miedo a su reacción?
—No, a la reacción de él no porque sabía que me iba a aceptar, pero era yo que no encontraba el valor para contárselo. Entonces fue mi mamá que hizo todo este proceso de contárselo de a poco, una genia (solloza Franco). Me acuerdo que les decía, "No soy malo, yo no soy malo", y ellos se reían y me decían, "No pasa nada, sos nuestro hijo, te amamos". Y esa noche les presenté a Lizardo.
Fotos: Ramiro Palais
Retoque digital: Roshi Solano
Dirección creativa: Sebastian Vaca Mur
Maquilló: @nahuelito405 y peinó: @ernie_ba
Agradecemos por el catering: Caoba Café (caoba.cafeba) coordinado by NETT AGENCY (nettagency)

