Agostina Scioli celebró en sus redes el final de una reforma que le cambió por completo el pulso a su casa. “Un día, después de 3 meses y 3 días… se terminó la obra!!! Algunos espacios que, de a poco, hay que empezar a decorar”, describió con una mezcla de alivio y entusiasmo en un posteo con varias fotos que dan cuenta del impactante cambio. Es que las imágenes que compartió dejan ver una decisión estética clara: luz a pleno, base neutra, texturas naturales y detalles clásicos que ordenan, calman y, a la vez, le dan carácter a cada ambiente. El resultado parece pensado para durar, pero también para ir sumando capas con el tiempo: cuadros, libros, objetos heredados, cerámicas, textiles. Como si la obra hubiera hecho el trabajo “estructural” y ahora empezara la parte más personal.

El primer golpe de vista es el comedor, planteado como una escena simple y elegante. La mesa, de madera con apariencia gastada y tono grisáceo, aporta ese aire de pieza con historia, mientras que las sillas vestidas con fundas blancas refuerzan la sensación de frescura. El espacio se abre en un volumen casi octogonal que se apoya en varias ventanas con postigos y herrajes oscuros: entra luz por todos lados y la casa respira. En el centro, una lámpara colgante de fibras (tipo ratán) baja el techo visualmente y suma textura, como un guiño mediterráneo que suaviza el blanco dominante de paredes y carpinterías.

Un acercamiento al mismo comedor muestra la lógica minimalista de la deco: sobre la mesa, dos jarrones blancos de líneas redondeadas y un candelabro rosado funcionan como “puntos” de diseño. No hay exceso: hay elección. Y al costado, una planta de hojas verdes aporta el contraste orgánico imprescindible cuando la paleta se apoya en blancos, crudos y madera.

Ese mismo idioma se traslada a otro ambiente con piso de madera más oscuro —de vetas marcadas— y una puerta-ventana vidriada enmarcada por cortinas largas y livianas, casi etéreas. La tela translúcida deja pasar el día sin perder intimidad y, con el movimiento, suma una cuota de hotel boutique. Sobre una cómoda de madera cálida se ven objetos cotidianos y algunos marcos apoyados, lo que refuerza la idea de casa vivida, en transición: la reforma terminó, pero la decoración recién empieza. En la pared, dos cuadros con frases cortas y estética gráfica suman un toque casual sin romper la calma general.

En un rincón más “arquitectónico” aparece uno de los grandes aciertos de la obra: boiserie y zócalos altos (panelería clásica a media altura) pintados del mismo blanco que las paredes. Ese recurso eleva el ambiente inmediatamente, lo vuelve más sofisticado y define un estilo: clásico contemporáneo, sin solemnidad. Ahí se apoya una banqueta tipo daybed de madera, tapizada en crudo y con correas de cuero visibles, una pieza de diseño que equilibra tradición y modernidad. La carpintería vidriada cercana —con cuarterones— vuelve a insistir en una obsesión feliz: que la luz circule.

La cocina se muestra como un pasillo largo y eficiente, con una distribución tipo galley. Predomina la madera clara en muebles, algunos con frentes vidriados, y aparecen superficies de aspecto marmolado en mesadas y revestimientos. La iluminación combina empotrados con una lámpara colgante metálica que marca el eje del recorrido. Es una cocina pensada para el uso real, con electrodomésticos a la vista y guardado generoso, pero cuidada en materiales y terminaciones.

Un detalle encantador: una escena sobre la mesada junto a la ventana, con un paño a rayas como base y cerámicas en blanco y celeste (jarra y cuencos) que suman color sin alterar el tono sereno del conjunto. La ventana con cuadricula y herrajes oscuros repite la identidad de la casa; el verde del exterior se filtra como si fuera parte de la paleta interior.

La reforma también se permitió un gesto más lúdico y emotivo: un altillo convertido en refugio. Se ven vigas expuestas pintadas en blanco, revestimiento de madera en el techo a dos aguas y una ventana de techo que enmarca el cielo. En el piso, un colchón bajo con almohadones en verdes suaves y blancos invita a leer, descansar o simplemente estar. Es un espacio de escala íntima, casi de cabaña, donde la madera del suelo aporta abrigo visual.

Ese guiño hogareño aparece con claridad en un rincón infantil: una biblioteca frontal de madera cargada de libros ilustrados, un almohadón XXL redondo en crudo para sentarse en el piso y una lámpara decorativa con forma de conejito blanco que suma ternura sin caer en lo estridente. En la pared, percheros con gorras y una pequeña cartera completan una escena cotidiana y funcional: estética, sí, pero también práctica.

Y afuera, el cambio se vuelve atmósfera. El patio muestra una piscina compacta rodeada de losetas claras, con muros cubiertos de vegetación que convierten el perímetro en un tapiz verde. Dos reposeras de lona a rayas (blanco y verde) refuerzan el espíritu relajado, de verano largo. En otra postal, una terraza de deck con sillones de estructura negra y almohadones claros se arma como living exterior: liviano, fresco, rodeado de plantas y con cielo abierto como techo.

La última imagen, la de la obra en pleno proceso —escalera, plásticos, polvo y un cuerpo celebrando en medio del caos— funciona como recordatorio de lo que implica transformar una casa: paciencia, decisiones y días que parecen eternos. Por eso el cierre tiene sentido: se terminó la obra.

Ahora empieza la parte más linda, esa que no se mide en metros ni en presupuesto, sino en capas de vida. En el nuevo hogar de Agostina Scioli, esa base ya está: luminosa, cálida, coherente. Y lista para ser habitada.
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