Hay lugares que tienen alma, y el Parque Lezama es, sin dudas, uno de ellos. No es simplemente un pulmón verde en el sur de la Ciudad de Buenos Aires, sino un museo a cielo abierto, un escenario de encuentros generacionales y, ahora, el protagonista absoluto de la nueva película de Juan José Campanella.

Con el estreno de Parque Lezama (ya en cines y desde el 6 de marzo en Netflix), el mundo entero está poniendo los ojos en las barrancas en las que Luis Brandoni y Eduardo Blanco le dan vida a una dupla tan inquebrantable como las vasijas que decoran el predio. Pero, ¿qué hace tan especial a este rincón de San Telmo?
Tiene un sorpresivo pasado de luces y sombras
La mística del Lezama empieza mucho antes de la llegada de los españoles. En tiempos en los que el mármol y los senderos europeos ni siquiera figuraban en los mapas, estas tierras eran territorio querandí, el hogar de los habitantes originarios que vivían en este balcón natural al río.
Según la tradición histórica (aunque aún debatida por los arqueólogos), acá mismo, en 1536, Pedro de Mendoza realizó la primera fundación de Buenos Aires. La imponente estatua del conquistador clavando su espada en la tierra recuerda ese momento fundacional.

Hacia fines del siglo XVIII, el terreno se convirtió en sede de la Real Compañía de Filipinas, un centro logístico dedicado al tráfico de esclavos traídos desde África. Sí, antes de ser el jardín más lindo del sur de la Capital, el Lezama fue testigo de una de las etapas más dolorosas de la época colonial.
Su nombre se debe al pacto de una viuda enamorada
En 1857, el hacendado salteño José Gregorio Lezama compró la propiedad (entonces conocida como Quinta de los Ingleses). Apasionado de la botánica, la transformó en un edén privado con plantas exóticas de todo el mundo y senderos que terminaban en la barranca con vista al Río de la Plata.
Cuando Lezama murió en 1893, su viuda, Ángela de Álzaga, tomó una decisión que cambió el mapa de Buenos Aires. Vendió la quinta a la Municipalidad por un precio simbólico con una sola condición: que el lugar fuera un parque público y llevara para siempre el nombre de su marido. Gracias a ese acto de amor, en 1896 el paisajista francés Carlos Thays entró en escena y le dio su aspecto actual con el anfiteatro griego, rosaleda, pérgola y caminos sinuosos.

Colmado de curiosidades
Al espectador que está descubriendo este rincón de Buenos Aires a través de la lente de Campanella, le contamos que el Lezama no es solo un pulmón verde: es una colección de postales que parecen traídas de diferentes rincones del planeta. Perderse en sus senderos es tropezar con la historia del mundo.
A continuación, los íconos que convierten a este espacio en un lugar único:






Hoy es un puente entre dos mundos
Basta caminar apenas media cuadra por la calle Defensa para salir del silencio de las estatuas y chocar de frente con el Boulevard Caseros. Allí el ritmo cambia por completo: restaurantes de autor, brunchs y una marea de gente joven le dan al barrio una vitalidad eléctrica que convive con las barrancas históricas de enfrente.
Y ésa es la verdadera magia del barrio actual: la mezcla generacional. De hecho, el punto exacto de ese encuentro es el mítico Bar Británico.

En sus mesas de madera, la escena es un cuadro vivo: jóvenes con sus computadoras y cafés de especialidad comparten el salón con los históricos vecinos que, diario en mano, se resisten a abandonar el ritual de tomarse el "cortadito" con calma.
Sí, podría decirse que Parque Lezama sigue siendo ese refugio donde el pasado no pisa al presente, sino que lo acompaña para seguir contando historias.
Fotos: Archivo Atlántida, Archivo General de la Nación, gentileza de Netflix y redes sociales
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