A menos de dos horas de la Ciudad de Buenos Aires, Jeppener aparece como uno de esos pueblos bonaerenses que parecen haberse detenido en el tiempo. Con sus calles de tierra, casonas centenarias y ritmo sereno, este destino del partido de Brandsen conserva la esencia del campo argentino y se presenta como una escapada perfecta para quienes buscan desconectar del ruido urbano.
Fundado en 1865, el pueblo nació a la par de la llegada del Ferrocarril Sud, que unía Constitución con el interior bonaerense. Como muchos rincones de la provincia, creció alrededor de la estación y fue durante décadas un punto de encuentro para productores, viajeros y familias que dependían del tren para conectar con el resto del país. Hoy, con unos 2.500 habitantes, Jeppener mantiene esa identidad ferroviaria que lo distingue.

La sensación de estar en otro tiempo se percibe apenas se ingresa al casco urbano. Las fachadas bajas, los árboles que bordean las calles y el sonido de los pájaros reemplazan a las bocinas de la ciudad. En el centro se levanta la Casa Rojo, una construcción emblemática que a lo largo de su historia fue almacén, banco y hasta boliche bailable. Hoy, es una de las postales más fotografiadas del pueblo y símbolo de su historia viva.
Otro sitio imperdible es La Ernesta, una casona construida en 1914 por la familia Delaplace, que aún conserva su estructura original, con amplios ventanales y detalles de época. Su historia se remonta a los primeros años de la industrialización rural, cuando los Delaplace, dueños de una fábrica de jabones y velas, decidieron expandir su negocio hacia el sur bonaerense.

La vida en Jeppener gira en torno a su plaza principal, donde los vecinos se reúnen para compartir mates o ver jugar a los chicos bajo la sombra de los árboles. Justo enfrente, una cabina telefónica ochentosa restaurada se convirtió en un punto clásico para tomarse fotos retro. También vale la pena visitar el parque La Tranquera, junto a las vías del tren, donde se celebran eventos culturales como el Festival de La Tranquera y los festejos por el aniversario del pueblo.
En materia gastronómica, las paradas obligadas son El Caserito, un antiguo almacén de ramos generales reconvertido en restaurante, y Adamantium, un bar muy popular entre los locales por sus abundantes porciones.
Llegar es sencillo: se puede ir en auto por la Autopista Buenos Aires–La Plata hasta la Ruta Provincial 215, o en tren, tomando el ramal Roca desde Constitución hasta Brandsen o Altamirano, y desde allí un remis hasta el pueblo. Ideal para quienes prefieren viajar sin apuro y disfrutar del paisaje bonaerense.

