La familia real española atraviesa horas de profundo dolor. Irene de Grecia, hermana menor de la reina emérita Sofía y tía del rey Felipe VI, falleció este jueves 15 de enero a los 83 años en Madrid. Según informó la Casa Real, la muerte se produjo a las 11:40 horas en el Palacio de la Zarzuela, residencia que compartía desde hace décadas con su hermana.
En los días previos al desenlace, la reina Sofía había decidido suspender toda su agenda oficial para permanecer junto a Irene, cuyo estado de salud se había agravado. La princesa padecía desde hacía años un deterioro cognitivo progresivo, que se había acentuado en los últimos tiempos y que terminó por limitar por completo su actividad pública.
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Hasta que la enfermedad se lo permitió, Irene mantuvo su compromiso con distintas causas solidarias, fiel a una forma de vida marcada por la reflexión, la espiritualidad y la ayuda a los demás. Su fallecimiento cierra un capítulo silencioso pero fundamental dentro de la historia reciente de la realeza española.

Irene de Grecia: una vida discreta, espiritual y de lealtad absoluta a la reina Sofía
Irene de Grecia nació el 11 de mayo de 1942 en Ciudad del Cabo, en pleno exilio de la familia real griega. Su infancia transcurrió entre Sudáfrica y Egipto, hasta que en 1946 pudo regresar a Grecia junto a los suyos. Aquellos primeros años, atravesados por el desarraigo, moldearon una personalidad adaptable, introspectiva y poco apegada a los privilegios.
Tras la muerte de la reina Federica en 1981, Irene llegó a Madrid con la idea de permanecer solo unos días. Sin embargo, ese viaje marcó un punto de inflexión: se instaló definitivamente junto a su hermana Sofía en el Palacio de la Zarzuela. Allí llevó una vida austera, ocupando una habitación sencilla y compartiendo con la reina no solo la residencia, sino también viajes, vacaciones y la vida cotidiana. Su presencia fue, durante décadas, un apoyo constante y silencioso.

Antes de establecerse en España, Irene pasó más de diez años en Asia, donde adoptó un estilo de vida sencillo y profundizó en el pensamiento oriental. Esa etapa fue clave para su desarrollo espiritual y para el compromiso humanitario que mantendría el resto de su vida. Tras una estancia en Roma, se trasladó a la India junto a su madre, una experiencia que reforzó su vínculo con la cultura hindú y su visión filosófica de la existencia.
La música fue otra de sus grandes pasiones. Estudió piano con la reconocida Gina Bachauer y llegó a ofrecer conciertos benéficos tanto en Europa como en Estados Unidos. Junto a la reina Sofía también compartió el interés por la arqueología, participando ambas en excavaciones y proyectos de investigación, lejos de los focos mediáticos.

Irene nunca se casó ni tuvo hijos, una circunstancia que siempre afrontó con naturalidad y humor. Mantuvo, sin embargo, una relación muy cercana con sus sobrinos y sobrinos nietos, quienes la recuerdan por su carácter afectuoso y singular. Fiel a su forma de ser, evitó cualquier protagonismo público, convencida de que su rol debía ser el de acompañar sin interferir, proteger sin exponerse.
Su vida estuvo guiada por una lealtad incondicional hacia su hermana Sofía, a quien acompañó hasta el final con una discreción absoluta. Así fue Irene de Grecia: una princesa sin ambiciones de poder, una mujer espiritual y comprometida, y una figura clave en la intimidad de la Casa Real, siempre presente y casi siempre invisible.

Fotos: Fotonoticias
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