-¿Vio que la Floralis Genérica tiene como los movimientos de una mujer? -le comentaba pícaro su creador a GENTE, una mañana otoñal de 2002.
-¿Por qué lo dice, Catalano? (nos hacemos los desentendidos, para estirar la lengua del entrevistado).
-Eeeee... mejor déjelo ahí. Yo me entiendo (se hacía el misterioso: linda treta para sacar a relucir medio siglo de reportajes y cátedras y espantar segundas intenciones de curiosos cronistas).
El ida y vuelta entre el entrevistado (precisamente Eduardo Catalano; arquitecto) y Revista GENTE se daba cita el lunes 15 de abril de 2002, al día siguiente de que la Floralis Genérica extendiera al público su media docena de pétalos para convertirse en la primera escultura en movimiento de la Ciudad de Buenos Aires y a la vez dejara a todos boquiabiertos con su belleza e imponencia visual. A saber:

La de una delicada mole de 23 metros de altura (abierta, con un diámetro de 32 y cerrada, de 16) y 18 toneladas (esqueleto de aluminio recubierto con chapas de acero inoxidable), erigida dentro de una fuente de 44 metros de diámetro y 15 centímetros de espesor, secundada por caminos y senderos perimetrales de tres mil metros cuadrados, y llamada a ganarse la eternidad urbana porteña. Incluso a fuerza de inconvenientes...
Como aquel devastador temporal que la azotó el 17 de diciembre de 2023 y, con ráfagas de viento que superaban los 100 kilómetros por hora, aplastó autos, bloqueó calles enteras, sacó árboles de raíz y, claro, hirió de muerte dos de los pétalos de la obra argentina póstuma de Catalano. Hecho que hoy, dos años después, al ser reconstruidos y reinstalados, nos regala la mejor excusa de recordar aquella entrevista a su creador, que el tiempo dejó plasmada en los archivos de GENTE y ahora, acompañada por imágenes del reciente proceso de recuperación actual, recordaremos:
“ME ENCANTARÍA TRANSFORMARLA EN UNA SÍMBOLO DE LA ESPERANZA”

"Pícaro -decíamos en el arranque de aquella crónica- desde el par de zapatillas negras hasta el último mechón de cabello cano, pasando por sus ojos verdes; muy puntual, algo cascarrabias y nada petulante, el arquitecto Eduardo Catalano (1/12/1917; dos hermanos y dos hijos; porte inglés, humor estadounidense y sensibilidad argentina), por aquellos días rodeaba de la Plaza de las Naciones Unidas, en la Recoleta, como un padre la cuna de su bebé. Bebé, para el caso, digno de Gulliver.

"La proyecté durante un atardecer primaveral. Me encontraba en el jardín de invierno de mi casa, cuando descubrí que una flor comenzaba a cerrarse. Tomé la lapicera y dibujé. Así de fácil", mentía respecto de lo último. "Acertó -pronto regaría la duda del periodista-. En verdad consumarla significó un dolor de cabeza. Fueron dos años y medio de sueños y frustraciones. Noches de pesadillas y desvelos. No ha sido fácil, me corrijo", se corregía.
-Pregunta de Periodismo l. ¿Por qué lo hizo? -le consultábamos
-Cada ciudad del mundo posee su símbolo: la Torre Eiffel en París, la Esfinge de Giza en El Cairo, la Estatua de la Libertad en Nueva York. Sin embargo, ninguna de ellas cambia de expresión y todas carecen de esa voz que lleva el silencio poético de la ciudad. Mi objetivo es que la flor lleve el silencio de mi ciudad, porque son las flores las que convierten a la tierra negra en poesía.

-En buen romance, le quiere soplar el puesto al Obelisco.
-(Risas) De ninguna manera. Deseo movilizar a los miles de compatriotas que pasen cerca. La escultura se cierra y se abre. Una metáfora. Me encantaría transformarla en un símbolo de la esperanza. Siempre hay esperanza.
“¿ACASO LA CIUDAD DE BUENOS AIRES NO ES UNA MUJER...?
También tras su esperanza (estudiar en un principio, crecer como profesional, después) en 1944 Catalano había cambiado de hemisferio. Previo paso por la Universidad de Carolina del Norte, adonde en 1951 lo llamaron para que enseñara, voló al famosísimo MIT (Massachusetts Institute of Technology) contratado como profesor de Arquitectura -obvio-, radicándose de manera definitiva en Cambridge.

"No esperé a que la madre naturaleza me retirara: allá por el 77 renuncié solo y solito. Aunque recién ahora, a los 84 años, me siento capacitado para educar”, opinaba humilde. Lo curioso es que aquel viejo terreno norteamericano de 550 metros cuadrados comprado décadas atrás, y donde en esos tiempos residía Catalano, abundaba en etectos visuales capaces de impresionar el mismo David Copperield. Como muestra gratis, el hombre dibujaba un boceto en la libreta del redactor y le explicaba de qué manera se las arregló para construir su casa rompiendo el típico estilo conservador de las construcciones locales. Sus ideas parecían simples, igual que parecía simple el fútbol cuando lo jugaba Maradona.

Adentro de “my home” -añadía- coleccionaba compactos de música clásica. “No olvide escuchar al pianista Daniel Barenboim, director de la Sinfonía de Chicago y marido de Jacqueline Du Pre, la mejor violonchelista que jamás conocí”, invitaba quien para la apertura de la Floralis Genérica había elegido los sonetos de Las cuatro estaciones (de Antonio Vivaldi), diseñando personalmente el programa y contratando sin intermediarios a la orquesta de cámara de Haydée Francia y a la solista Sigrid Fuchs. “Las muchachas talentosas le aportan su color especial a cualquier inauguración”, afirmaba Catalano.
-¿Es cierto que en cien por ciento de de los 4, 5 ó 6 millones de dólares que demandaron la obra y la organización salió de su bolsillo, o alguien soñó de más? -le consultó por aquellos tiempos GENTE.
-Es cierto, aunque en lo personal prefiero evitar hablar de cantidades. No me arrepiento un segundo.

-Pregunta de Periodismo Il. ¿Y si en lugar de la Floralis Genérica levantaba y donaba un par de barrios para los numerosísimos sin techo del país?
-Admito que podría haber tomado ese camino, que podría haber comprado un barco e ir a navegar por el Mediterráneo y que podría haber entregado mi dinero a la investigación del cáncer, etcétera. Pero mejor no. Nunca se sabe cómo manejan los fondos las autoridades. Existe un porcentaje destinado a partidas de gastos generales que resulta imposible de controlar, un toque de corrupción inmanejable. Mire si a los cinco meses me encuentro algún colaborador del proyecto vacacionando con su mujer en Londres, ¡y financiado por mí! Al comandar yo los detalles enormes y los detalles chicos no encuentro dinero sucio dando vueltas.

-Dinero sucio, no, pero, ¿y si algún que otro vándalo intenta lastimar a la flor atacándola, pintándola con aerosoles o 'regándola', y no precisamente con agua?
-Apague el grabador -nos solicitaba.
-Okay.
-... No lo apagó, amigo.
-¡Uy, perdón! Pensé que sí.

(Entonces don Catalano enumeraba las previsiones secretas que tomó, y exigía, casi obligándonos a apoyar nuestra mano derecha sobre una Biblia, que guardemos silencio. Luego agregaba que no dejó punto librado al azar, y nos pedía que le saquemos la pausa al grabador).
-... Hasta calculé la altura de las pasarelas para que los chicos pudieran disfrutar la escultura sin necesidad de reclamar una silla. Los chicos, y las damas de escaso centimetraje. Trato de despojarme del típico machismo norteamericano.

-Nombró las palabras "mujer", "muchachas", "dama". ¿Usted está casado? -le preguntamos en la cuenta regresiva de aquella entrevista.
-Divorciado.

en Boston, Massachusetts.
-¿Y no será que en realidad lo suyo con la Floralis Genérica se trata de un homenaje, de un piropo a la belleza femenina nacional?
-Quizá. ¿Acaso la Ciudad de Buenos Aires no es mujer?
Fotos: Diego García y gentileza del GCBA
Agradecemos a Candela Petech y a Inés Barbitta (buenosaires.gob.ar)


