
“No estoy retirado. Es más, quiero hacer dos películas más en el próximo lustro”, dijo el martes 28 de octubre de 2025 durante su aparición, tras dos años de alejamiento público, fruto de “una enfermedad seria que incluyó la asistencia de oncólogo y cuya última internación terminó hace tres semanas… Pensé que iba a ir a recibir este premio tan lindo en silla de ruedas, y no, no fue necesario”, declaró Luis Puenzo no bien Abuelas de Plaza de Mayo le otorgó el reconocimiento Abridores de caminos, al cumplirse cuatro décadas del estreno de La historia oficial, que hoy martes 24 de marzo celebra la obtención del Premio Oscar en la categoría Película extranjera. La mejor excusa, quizá, para replicar una entrevista que le hizo GENTE hace diez años, cuando decidió que el filme volviera a los cines restaurada digitalmente y con sonido estereofónico.
“LA ARRANQUÉ EN 1982 ENOJADO POR LA GUERRA DE MALVINAS E INSPIRÁNDOME EN LOS CHICOS QUE VOLVIERON TAN MAL”

-¿Qué era de su vida cuando estrenó La historia oficial? -le preguntábamos inicialmente, por entonces.
-Acababa de quebrar mi empresa, luego de invertir 450 mil dólares, casi el doble de lo que costaba una película media en la Argentina. El contador nos venía calculando día a día la plata que iba quedando. Cinemanía se había convertido en una de las productoras más fértiles, rodando un promedio de dos publicidades por semana. Pasa que una vez sumergidos en La historia... nos olvidamos del resto.
-Convengamos que los finales nacen de un inicio. ¿Cuándo y por qué la puso en marcha?
-Ufff. Arranqué a mediados del ’82, enojado por la guerra de Malvinas e inspirándome en los chicos que volvieron tan mal y en los que ni siquiera volvieron. Necesitaba hacer algo desde mi lugar. Escribí el primer borrador, sobre la abuela que buscaba a su nieto desaparecido. Sin embargo, ese punto de vista no me cerraba. Hasta que pensé en girar la narración alrededor de una madre portadora, y pude encontrar el punto de vista y el dilema, ¡que son todo para el cine! Me reuní con Aída (Bortnik), una vieja amiga, recién llegada del exilio, y le conté la idea. “¿Cómo la vas a filmar?”, me preguntó. “No sé, pero antes necesito tu ayuda para el guion”.

-¿Y qué le contestó?
-“Ni loca". Pero a los quince minutos aceptó. Comenzamos a teclearla en marzo de 1983. A mediados de año los militares anunciaron las elecciones, votamos en octubre, ganó Raúl Alfonsín, asumió el 10 de diciembre, y en abril del ’84 iniciamos el rodaje, tras convencer a Héctor (Alterio), que aceptó rápido, y a Norma (Aleandro), que lo maduró un poco, y después de descartar a Charo López, quien, si conseguíamos un coproductor en España -cosa que no sucedió-, cubriría el papel que magistralmente interpretaría Chunchuna (Villafañe). Muchos actores que evitaré nombrar se negaron de entrada... El rodaje duró siete, ocho semanas.
-¿Siete u ocho?
-Gran pregunta, jaja. Pasa que... A ver: Una noche Analía (Castro, que interpretaba a Gaby, la niña sustraida, eje del argumento) retornaba con la madre en el remise que le poníamos hacia su casa de Lanús, cuando se les acercaron tres tipos y la amenazaron para que su nena no continuara. A los dos días, la tomaron del cuello contra una pared, con la hija en brazos, y le previnieron: “Es la ultima amenaza”. Recién nos lo contó luego de la segunda apretada. Paramos de inmediato el rodaje, y les pedimos a periodistas amigos que anunciaran que había finalizado. Lo retomamos en silencio, cambiando locaciones y horarios y, en especial, apurándonos. Nosotros esperábamos amenazas a los adultos, pero fueron ingeniosos. Nuestra respuesta también fue tratar de serlo. Superado el proceso sin nuevos sobresaltos, avanzamos en la preproducción, llegando a las pantallas el 3 de abril de 1985. Mostrarla nos alivio el alma.

-¿Recuerda si la palabra “Oscar” ya empezaba a rondar por su cabeza?
-Ni en pedo..., todavía. Ahora los chicos salen de las escuelas de cine pensando a qué festivales van a llevar sus películas, mientras que cuando nosotros presentamos La historia oficial en Cannes, hacía un cuarto de siglo que un filme argentino no competía allí. Desde que en el ’61 La mano en la trampa, de Leopoldo Torre Nilsson, obtuvo el premio de la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica. Precisamente Beatriz Guido, la viuda de Torre Nilsson, nos ayudó a que la consideraran en Francia. Nuestras cintas no se exhibían ni se vendían afuera, salvo, en tiempos remotos, las de Leopoldo, Hugo Fregonese y Daniel Tinayre.
-Pero allá compitieron por la Palma de Oro…
-Tal cual. Y la consiguió Emir Kusturica, con Papá está en viaje de negocios, y obtuvimos los premios del Jurado Ecuménico (Oficina Católica del Cine) y el de Actriz. Puteamos porque Norma debió compartirlo con Cher. No obstante, luego comprobamos que su foto juntas, difundida al planeta, nos permitió ingresar fuerte en el mercado estadounidense. A partir del Festival Internacional de Cannes llegó una chorrera de distinciones en diversos rubros como Película, Director, Guion, Actriz, Actor, Producción, Actriz secundaria, Filme popular: de Cartagena, Toronto, San Sebastián, Chicago, La Habana, Ecuador, Nueva York y Los Ángeles. Cada quincena se ganaba algo. Hasta que logramos el Globo de Oro a la Película en habla no inglesa y...
-¿Ahí sí la palabra “Oscar” ya circulaba por sus venas?
-Nos sorprendió que la Academia de Artes y Ciencias de Hollywood no incluyera a Norma entre las candidatas a Interpretación femenina. Nominados en Guion original y Película extranjera, admito que, con lo envalentonados que veníamos, si no hubiésemos ganado nada me habría deprimido mucho.
“EL OSCAR QUISO CAMBIARME LA VIDA, PERO NO PUDO”

-¿Le cambió la vida esa estatuilla dorada recibida el 24 de marzo de 1986 en el Dorothy Chandler Pavilion de L.A., durante la 58ª ceremonia?
-Quiso cambiármela, pero no pudo. De cinco agentes que se acercaron, me quedé con uno, Lee Rosenberg. Apareció con opciones de filmes para los cuales, entendía yo, había mil directores americanos que los harían mejor. Entretanto, su esposa empezó a averiguar con la mía (Nora Rousseaux) colegios para los chicos. Un día mi señora me preguntó: “¿Queremos quedarnos y educar a nuestros hijos acá?”. Le contesté: “Creo que no”. Terminé rodando Gringo viejo en México y La peste en Buenos Aires, y entonces Lee se resignó a abandonarme, jaja. Aún somos amigos. La historia... sumó más premios: Berlín, Moscú, Villa María, Venado Tuerto, y nueve Cóndor de Plata. Volver resultaba inexorable. No pretendí ser profeta en otra tierra. Yo me considero -y siempre seré- un porteñazo.
-¿De qué barrio?
-Floresta. Nací como Luis Adalberto Puenzo, para los Carnavales, el 19 de febrero del ’46, en Emilio Lamarca 1311, esquina Remedios de Escalada de San Martín. Recuerdo los Carnavales porque frente a casa pasaba el corso.
-¿Sus padres?
-Dola Monzón (Audolina, maestra) y Luis Salvador. Murieron antes de cumplir los 70 y 60.

-¿Infancia?
-Hermosa, feliz, inolvidable y, obvio, apuntada al cine. Ya a los seis, cuando me preguntaban qué quería hacer de mayor, contestaba: “Películas”. Miraba la revista Radiolandia y quedaba cautivado por las imágenes de escenas y actores. Me iba con mi hermana (Miriam, dos años mayor), amigos o solo a los cines de las calles Gaona o Avellaneda y disfrutaba tres películas, de 14 a 20. Los viejos me daban plata para una porción de pizza, y así transcurría la tarde. Moría por las de cowboys y las comedias de Bob Hope. A los siete pirulos papá, que era dentista, atento a mi temprana pasión, negoció el pago de un arreglo con un proyector de 16 milímetros, que me regaló. Yo conseguía pedacitos de largometrajes y los ponía.
-Increíble.
-Un lujo para un pibe aspirante a director. A los 11 cursé pupilo la secundaria en la Base Naval de Río Santiago, pasando La Plata. Llegaba en ferry. Con mis compañeros saltábamos la pared que nos separaba de la base, metiéndonos en la sala donde se exhibían los filmes. Entre la oscuridad y el parecido de los uniformes, nadie nos reconocía. Terminé la secundaria a los 16, retorné a lo de mis padres pero, reconozco, ya no me ponía feliz que me pidieran abrigarme antes de salir. Terminé mudándome a los cuatro meses.

-Debía ponerse a ganarse la vida, entonces.
-Seguro. Y me la gané. A esa edad entré a Gaulan Publicidad, cuyo director creativo era nada menos que David Ratto. Empecé a cobrar como redactor más plata de la que necesitaba para subsistir. Con una amiga y un amigo alquilamos una casa en Martínez, y yo me compré un auto sport antes de los 18. Lo dejé guardado. Saqué el registro con mi Volkswagen Karmann Ghia y recién en tal instante pude usarlo. Impulsado por Ratto, a los 18, 19 comencé a filmar publicidad en blanco y negro para el círculo Lowe (lo que hoy es Suez, dentro del cine), y varios avisos. Me vienen a la mente dos famosos: el de cigarrillos Viceroy y el de chocolate Suflair, con un Víctor Laplace modelo recién llegado de Tandil. ¿Y sabés qué?
-¿Qué? Cuente, por favor…
-¡También generábamos publicidad para ustedes, Editorial Atlántida! En 1963/64 abrí Luis Puenzo Cine, sin cumplir aún los 20. Bueno, una característica mía, el acelere. Casado joven, a los 21 nació Sebastián. Pronto me separé, escribí y filmé un montón de avisos, la película Luces de mis zapatos (1973), inspirada en la admiración de mi hijo por Pipo Pescador, y uno de los tres cuentos del filme Las sorpresas (Cinco años de vida; en el ’75). A mis 28 me puse en pareja con una chica de 18, llegaron al hilo Lucía, Esteban y Nicolás. Todos, de un u otra manera dedicados a la actividad. Molesto ante el golpe de Estado, resolví dedicarme solo a la publicidad. Hasta lo de Malvinas, que me motivó a pensar en La historia oficial.
“PARA HACER CINE TENÉS QUE APRENDER A PATEAR CON LOS DOS PIES, CON LA CABEZA Y HASTA CON LAS MANOS. Y TAMBIÉN A VESTIRTE DE DT”

-Usted, pese a su trayectoria, no ha sido demasiado prolífico en cantidad de películas: Cinco y un tercio de otra. ¿Motivos, Puenzo?
-Sucede que a veces es difícil. Para hacer cine tenés que aprender a patear con los dos pies, con la cabeza y hasta con las manos. Y también a vestirte de DT, claro. Porque nuestra profesión no se trata sólo de imaginar algo y apuntar la cámara. Incluso, de ser necesario el día de mañana hay que ir al Congreso a defender las leyes proteccionistas del séptimo arte que en la actualidad existen acá: de no hacerlo, podrían cortarse. Hacer cine encuadra todo. Yo tengo cinco películas y un tercio -como vos puntualizas, jaja- filmadas, pero ademas ¡otros diez guiones que jamás saldrán a la luz! No sé hacer otra cosa que esto, pero si lo hago debe ser al cien por ciento, comprometiéndome. De lo contrario, que las hojas queden en un cajón.
-¿Mejor por que no escribe su rica biografia, cargada de anécdotas notables, nombres célebres y experiencias fascinantes?
-Prefiero usar ese tiempo para un guion.
-¿Cuánto tiempo le llevó restaurar la nueva versión de La historia oficial y qué veremos a partir de la misma, ahora y probablemente para siempre?
-Aggiornarla demandó seis meses de dedicación. No le cambiamos una toma ni varió en nada la duración (115 minutos). Se trata de una imagen restaurada 4K, con sonido estereofónico 5.1 y copias digitales de alta calidad. Respecto a su contenido, hoy la haría igual, palabra por palabra, toma por toma.

-Aquella versión inicial se dio a conocer en medio de los dos extremos de una grieta (palabra tan de moda en los tiempos que corren): entre el Proceso que había quedado atrás y la democracia recién nacida. Ésta la reestrenará el próximo 24 de marzo, paradójicamente al cumplirse otro aniversario redondo del golpe de Estado, en medio de una nueva grieta: la del gobierno que se fue y el que llega. ¿Qué “historia oficial” contaría ahora?
-Mirá, La historia… inicial pertenece justamente a un tiempo histórico posterior al de fines de los Sesenta, cuando el Cordobazo debilitó a Juan Carlos Onganía y ayudó a que renuncie; cuando reverdeció el Mayo Francés; cuando se separaron los Beatles, cuando mataron al Che Guevara, etcétera. Tengo decenas de ejemplos que permiten entender que el cierre de aquella década significó el adiós a la ilusión.

-¿Tanto?
-¡Éramos muy felices en los Sesenta, como lo fueron nuestros abuelos en los Veinte! Se trataba de tiempos en los que sentíamos que podíamos cambiar el mundo. Yo no digo que pagar a los fondos buitre esté bien ni mal, sólo te pido que salgas a la calle y preguntes si a alguien le gusta que les paguemos a los buitres... Los ciclos históricos duran varias décadas, y nosotros ahora transitamos uno que, con más o menos grietas, creo que tampoco acabará pronto.
Fotos: Chris Beliera, @abuelasdifusion, Archivo Grupo Atlántida ([email protected]) y redes sociales
Jefa de Archivo: María Luján Novella (113903-8464)

