El 2 de febrero de 2002, en la Nieuwe Kerk de Ámsterdam, ante 900 millones de espectadores en todo el mundo, ocurrió algo que ningún director de protocolo había ensayado ni ningún guionista podría haber escrito: una novia de 31 años, recién convertida en princesa, se quebró en llanto frente al altar mientras un bandoneonista tocaba el tango favorito de su padre ausente. Estaba por convertirse en esposa del futuro rey de Países Bajos, Guillermo Alejandro. El momento fue real, espontáneo e irrepetible.
Fue cuando el bandoneonista Carel Kraayenhof interpretó para los mil invitados de la Nieuwe Kerk el tango Adiós Nonino. Cuando la melodía de Astor Piazzolla se adueñó del templo, Máxima Zorreguieta no pudo evitar que las lágrimas corrieran por su rostro.

La había pedido ella misma: era un homenaje íntimo a su padre, Jorge Zorreguieta, quien no pudo estar presente porque el Parlamento holandés le había exigido la firma de un documento comprometiéndolo a no asistir, como consecuencia de su vínculo con el gobierno de facto de Jorge Rafael Videla.
Ni él ni su madre, María del Carmen Cerruti Carricart, que se solidarizó y no viajó, estuvieron en el gran día. Pese a las ausencias, el lazo entre padre e hija se mantuvo fuerte hasta la muerte de él, en 2017.
Durante la ceremonia –que cubrieron más de 300 medios de comunicación, entre los que estuvo GENTE–, la emoción de Máxima fue tan legítima como inocultable, y ese desborde selló para siempre su vínculo con el leal pueblo holandés.

Kraayenhof tenía una razón muy específica para estar ahí: era el único bandoneonista de Holanda capaz de interpretar tango. "Me llamó el director de la orquesta que estaba programando la música para la boda y necesitaban a alguien que pudiera tocar Adiós Nonino", contó tiempo después.
Lo que siguió a esa actuación fue un fenómeno cultural que el músico no anticipó. "La gente desconocía el bandoneón y el tango, y dos días después aparecieron cinco equipos de televisión en mi casa. De repente era como una estrella pop y todo el mundo me reconocía en la calle, una locura total", recordó el músico, que años más tarde haría otro vínculo estrecho con la Argentina: su fundación Clavel Rojo trabaja desde 2012 en Jujuy llevando bandoneones restaurados para que jóvenes de bajos recursos aprendan a tocar el instrumento.

El músico también recreó el icónico momento de Adiós Nonino en los jardines de la Bodega Salentein, en el Valle de Uco, ante la propietaria neerlandesa Frederike Pon, precisamente la familia detrás del Primus, el vino mendocino que se sirvió en la recepción de bodas de Máxima y Guillermo en 2002.

El bandoneonista, el tango y las lágrimas que nadie preparó
Veinticuatro años después, la segunda temporada de Máxima en HBO Max –basada en el libro Madre Patria, de Marcia Luyten– recreó ese instante con la máxima fidelidad posible. Y lo logró, al menos en lo que hace a la esencia del momento. Kraayenhof estuvo también en el set de filmación. Pero el camino para llegar a esas lágrimas en la ficción fue radicalmente distinto.

Para Delfina Chaves la ecuación exigió una precisión casi matemática: las lágrimas debían caer en determinado momento, y para lograrlo la filmaron muchas veces. Lo que para Máxima Zorreguieta fue un desborde emocional ante el vacío familiar, para la actriz porteña fue un desafío técnico y emocional sin precedentes.
Un periodista holandés llegó a calcular que con todas las lágrimas que se vertieron aquel sábado, los neerlandeses podían llenar la cancha del Ajax, un destacado estadio de Ámsterdam con capacidad para 55 mil personas.

Bajo la mirada de cinco cámaras simultáneas, Delfina luchó contra las lágrimas y un obstáculo técnico inesperado: los lentes de contacto de color que lleva para parecerse a Máxima absorbían la humedad de sus ojos, lo que complicó cada toma emotiva.
El vestido: dos versiones de un mismo símbolo
El vestido merece un capítulo aparte. El original fue una creación de Valentino Garavani: mikado de seda color marfil, mangas tres cuartos, escote barco, una cauda de cinco metros llevada en parte por su hermana Inés Zorreguieta como dama de honor, y bordados florales a mano con hilos de plata que el propio modisto supervisó en el atelier de Roma durante las pruebas finales.

La versión de la ficción estuvo a cargo de la diseñadora de vestuario Margriet Procee, quien buscó una fidelidad casi estricta con el original. El resultado fue notablemente elogioso: misma silueta, cola imponente, velo trabajado, escote y estructura que remiten al Valentino sin ser idénticos.
Pero Procee se tomó algunas licencias que el rodaje hacía inevitables: telas más livianas para soportar jornadas de trabajo largas, volúmenes pensados para comportarse bien frente a cámara, detalles de bordado que resaltan en primer plano, y ciertas aberturas estratégicas para que Delfina pudiera moverse con fluidez durante semanas de filmación.

Nada que el ojo no entrenado pudiera distinguir fácilmente, pero que marca la distancia entre una pieza diseñada para un único día y una pensada para ser filmada desde todos los ángulos durante meses.
Para preparar la escena de la boda real, Delfina recurrió a los videos del casamiento original disponibles en YouTube, aunque aclaró: "Yo no soy imitadora y copiar es una palabra muy grande. Lo que más me interesaba era escuchar el idioma y seguir la cadencia de cómo ella habla neerlandés".

Lo que la ficción preservó con rigor y lo que inventó
La segunda temporada –que cuenta con seis episodios; el último estrenará el 23 de abril– no es la primera vez que la producción se permite distancias con los hechos. La periodista y biógrafa Paula Galloni, coautora de Máxima, la construcción de una reina, ya señaló al respecto de la primera entrega que algunos detalles aparecían "muy edulcorados" respecto de la realidad.

El flechazo entre Máxima y Guillermo Alejandro existió, sí, pero la serie lo presenta con tintes de cuento de hadas que la realidad matiza. Máxima no vivía sola en un departamento en Nueva York: compartía el espacio con dos roomies, como les pasa a la mayoría de los veinteañeros que van a probar suerte en esa ciudad. Llegó con escasos recursos, aunque con contactos cotizadísimos.
Otra escena que la ficción construyó con amplia libertad es aquella en la que Máxima supuestamente le pide a los guardaespaldas de Guillermo que los dejen solos. "Es un delirio pensar que ella pudo decirle a los guardias de seguridad que escoltaban a Guillermo que se fueran a comer pizza y los dejaran solos. A un miembro de la nobleza no lo pueden dejar solo ni dos minutos, menos con una desconocida", apuntó Galloni en relación a la escena de la serie.

Por otra parte, la propia Máxima diseñó la tiara real que lució en 2002, con botones de perlas y broches de la colección de la reina Beatriz. La versión de la ficción la reconstruyó el equipo de arte pieza por pieza. Delfina dijo sobre el proceso: "Querían ser muy fieles a la realidad. Ves el video original y lo hicieron casi igual".
El romance que la ficción no podría haber escrito
Si hay un detalle que ningún guionista se hubiera animado a incluir es que los dos protagonistas de la ficción se convirtieran en pareja real. Delfina Chaves y Martijn Lakemeier empezaron su romance durante el rodaje de la primera temporada y lo confirmaron en 2024.

Tuvieron una separación de seis meses a mediados de 2025 por proyectos y distancias, pero en febrero de este año Lakemeier llegó por sorpresa al cumpleaños de 30 de Delfina en Buenos Aires –disfrazado con peluca rubia y anteojos amarillos, acercando la torta– y la reconciliación aparentemente quedó sellada ante todos.
Sin embargo, días después, la propia Chaves aclaró que el vínculo con Lakemeier no es una relación: "Nos queremos mucho, vivimos una etapa relinda y me ayudó mucho tenerlo a él, estaba sola allá y fue como tener una familia lejos de mi familia".

Delfina tenía cuatro años cuando Máxima caminó hacia el altar. Hoy interpreta a esa mujer, llora sus lágrimas coreografiadas y comparte su vida con el hombre que le da vida a su príncipe. La serie y la realidad siguen confundiéndose.
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