“Pasen, este es mi pequeño mundo”, decía en aquel momento Antonio Grimau al recibir a Revista GENTE en el corazón de su hogar. El living del departamento del actor que murió este martes a los 82 años se había transformado en un verdadero atelier repleto de pinceles, obras de arte y trapos impregnados de color.
“Esto es un cable a tierra”, afirmaba por aquellos días sobre la pintura. “Yo empecé a pintar bastante antes de la pandemia, pero con todo ese encierro le metí mucha más pata. La falta de actividad en mi rubro era desesperante, sumado a todo lo que pasaba. Así que esto fue un refugio porque metí la cabeza ahí y pude entretenerme. Un cable a tierra maravilloso”, relataba en enero de 2024 cuando tenía 79 años.

Sobre su estilo abstracto y espontáneo, “La idea con la pintura siempre fue jugar con el color y las formas. No me interesa lo figurativo. Me gusta reflejar los estados de ánimo. Pongo música y, lo que aparece, es lo que sale”, explicaba en aquel entonces. “En cada cuadro que uno genera hay un pedacito del alma del pintor”, detallaba en ese entonces mientras recorría el ambiente.

Su vínculo con las artes plásticas había surgido casi por casualidad dos décadas atrás en el Centro Cultural Recoleta, para luego perfeccionarse en Bellas Artes. Tiempo después, con el impulso de su hija, comenzó a difundir y vender sus creaciones a través de la cuenta de Instagram @poramoral.artee. Sin embargo, sobre regalar sus obras a colegas, “¡Que compren! Los actores son codito. Amigos que te manguean no”, comentaba entre risas en aquel tiempo, aclarando que solo le había regalado un cuadro a su expareja, Leonor Manso.
Afectos familiares y tesoros personales
Entre los lienzos más queridos destacaba una obra de gran formato: “Es un homenaje a mi hija Antonia, mi hija. Lo hice hace mucho tiempo y me llevó largos meses. Usé una técnica cuadriculada en la que quise reflejar a mi amada hija de 26 años”, expresaba en aquel momento. En las paredes también lucía una pieza inspirada en un dibujo que su hija le hizo a los seis años, además de compartir con orgullo el interés artístico que despertaba en sus nietas Olivia, Brisa, Valentina y Zoe.
En la chimenea del hogar convivían los grandes reconocimientos de su trayectoria profesional: dos premios Martín Fierro, un Florencio Sánchez, un Chango de Plata y una distinción de la Embajada de Francia. Pero entre todos ellos resaltaba uno muy especial: un premio Oscar de plástico obsequiado por una de sus nietas.

La pasión por el fútbol y el metegol
En medio del living, un metegol de tamaño real captaba todas las miradas. “Me apasionan… todo lo que tenga que ver con el fútbol en realidad. Ahora no puedo jugar a la pelota, por eso no me queda otra que el metegol. Soy hincha del sufrido y querido Huracán y quiero mucho a Lanús porque me desarrollé en ese equipo”, compartía por aquellos días, recordando su paso deportivo por el club granate antes de volcarse de lleno a la actuación.

Memorias de una carrera comprometida
Al repasar sus inicios, recordaba cómo pasó de trabajar en una fábrica en Barracas a responder un aviso en el diario Clarín para la obra Los Fusiles de la Madre Carrar. Más tarde, su participación en la pieza teatral Los invertidos marcó un quiebre en su carrera: “Lo pasé con gloria porque ese podría haber sido el fin de mi carrera”, reflexionaba en esa entrevista al valorar cómo esa obra le permitió salir del rol de galán de Canal 9 para asumir desafíos teatrales más profundos.
En aquel período, el actor compartía además escenario en Punta del Este con Susana Giménez en la obra Piel de Judas: “Tiene el mismo humor y la misma energía en todas las funciones. Para ella no hay cansancio, siempre está bien predispuesta. Todo es glamour, alegría y ganas. Es placentero trabajar con ella, una gran compañera”, manifestaba en aquel entonces.




















































