En Comodoro Rivadavia, la audiencia de control de detención por la muerte de Ángel Nicolás López —4 años— se convirtió este martes en un escenario de tensión, dolor y versiones enfrentadas. A un lado, los familiares del nene siguieron cada palabra con el peso de una tragedia reciente; del otro, detrás de sus defensores, la madre biológica y su pareja escucharon la imputación y eligieron hablar.

Según reconstruyeron medios locales, la audiencia se realizó en la Oficina Judicial de la ciudad, con el juez Alejandro Soñis a cargo y la acusación impulsada por el Ministerio Público Fiscal. La fiscalía expuso que investiga a Mariela Altamirano y a Michel “Maicol” Kevin González por homicidio agravado por el vínculo, una calificación que, por su gravedad, marca desde el inicio la dureza del expediente. La escena incluyó elementos que hablaron sin voz: familiares con mensajes de pedido de justicia y referencias a Spiderman, el personaje que el nene amaba y que sobrevoló la audiencia como símbolo de infancia interrumpida.
En ese marco, Maicol Kevin González hizo su descargo. Su postura fue frontal: se declaró inocente y dijo que él y la madre del chico “también quieren saber qué le pasó”. En su relato, intentó correr el eje de la acusación de maltrato: afirmó que a Ángel “se lo corregía como a cualquier nene”, que podían sacarle un juguete o apagarle la televisión, pero negó de plano las versiones de golpes sistemáticos o castigos con agua fría que circularon en torno al caso. Esa defensa, repetida más de una vez, buscó instalar una idea: la muerte —según él— no fue el resultado de una violencia sostenida sino un episodio súbito e incomprensible.
Entonces llegó el tramo más sensible: los últimos minutos. González ubicó la escena en un hogar sin demasiados espacios y dijo que “no tenían dos habitaciones”, sino una sola, con una cama cucheta y otra de dos plazas. En esa misma habitación, describió, encontraron al nene en la cama. Y ahí apareció el detalle que ordena —o desordena— la noche: contó que antes habían notado un ronquido fuerte y que, de golpe, el sonido se cortó; ese silencio fue lo que les indicó que algo andaba mal. También mencionó que durante la madrugada Ángel se había orinado encima, un episodio doméstico previo que, según su palabra, manejaron “sin violencia”.
La fiscalía, sin embargo, expuso una lectura diametralmente opuesta sobre lo que pasó con Ángel y sobre lo que ya habría venido pasando antes. En la audiencia se sostuvo que la autopsia preliminar detectó múltiples lesiones en el cráneo (se habló de “al menos 20 golpes”) y que esas lesiones derivaron en un edema cerebral que terminó en paro cardiorrespiratorio. Desde esa perspectiva, los investigadores no describen un accidente: plantean que se trataría de golpes “voluntarios” y “no accidentales”, y ubican la posible data de las lesiones entre siete y diez días previos a la muerte.
En paralelo, durante el control se mencionaron testimonios incorporados al expediente que describen un contexto de presunta violencia previa. Entre ellos, la declaración de una vecina y de otros testigos que, siempre según lo ventilado en la audiencia, hablaron de episodios alarmantes en el entorno del niño y de señales que habrían sido visibles. La fiscalía también expuso que a González se lo señala como autor material de las agresiones y a Altamirano como coautora por omisión de auxilio, es decir, por no haber intervenido para impedir el desenlace. Esos puntos, junto con las pericias, son los que el Ministerio Público Fiscal utiliza para sostener la imputación y pedir medidas restrictivas mientras avanza la investigación.
La versión de González incluyó, además, un capítulo sobre lo que ocurrió después: afirmó que llevaron al chico al hospital desde el primer momento y que, tras eso, quedaron bajo una hostilidad creciente en el barrio y en redes, con miedo a represalias. También negó haber intentado fugarse y dijo que estuvieron a disposición de la policía y de la fiscalía. Pero el expediente —según la acusación— corre por un carril donde el eje no es el “qué hicieron después”, sino el “qué venía pasando antes” y cómo se explica, pericialmente, la magnitud de las lesiones en la cabeza de un nene de cuatro años.
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