Cuando apareció en 1997, el Freelander tenía una misión bastante sencilla: ofrecer una puerta de entrada más pequeña y accesible al universo Land Rover. No tenía la presencia aristocrática del Range Rover ni pretendía llegar hasta donde llegaba un Defender, pero ayudó a anticipar la explosión de los SUV compactos que llegaría durante los años siguientes. Casi tres décadas después, el nombre está de regreso. Pero prácticamente todo lo demás cambió.

Freelander ahora es una marca independiente, creada a partir de la sociedad entre Jaguar Land Rover y el gigante chino Chery. JLR conserva la propiedad de la denominación y dirige buena parte del diseño; Chery aporta tecnología, plataformas y capacidad industrial. El primer resultado de esa alianza se llama Freelander 8. Y de pequeño tiene muy poco.
Mide alrededor de 5,10 metros de largo, supera los dos metros de ancho y puede configurarse con cinco o seis plazas. Su diseño mantiene algunos códigos asociados a los grandes todoterreno británicos: formas cuadradas, posición elevada y una silueta robusta. Sin embargo, debajo aparece una receta mucho más china y tecnológica.
El Freelander 8 combina un motor naftero 2.0 turbo con dos motores eléctricos. En conjunto entrega unos 625 CV y 662 Nm de torque, suficientes para acelerar de 0 a 100 km/h en 5,8 segundos.
La batería de 34,12 kWh permite recorrer hasta 110 kilómetros utilizando solamente electricidad. Cuando trabajan juntos el sistema eléctrico y el motor a combustión, la autonomía anunciada alcanza aproximadamente 886 kilómetros. Pero el nuevo Freelander tampoco quiere ser únicamente un enorme SUV de lujo para circular por autopistas.

Cuenta con tracción integral, nueve programas de conducción y suspensión neumática capaz de elevar la carrocería hasta conseguir 266 milímetros de despeje. Según la marca, puede atravesar zonas con hasta 900 milímetros de agua. La filosofía, de alguna manera, todavía conserva algo del viejo Land Rover. El tamaño y el lujo, claramente, pertenecen a otra época.
Es en el interior donde resulta evidente hasta qué punto cambió la idea original del Freelander. El protagonista es una enorme pantalla panorámica Mini LED de 46,3 pulgadas y resolución 8K, que se extiende aproximadamente 1,2 metros de lado a lado del tablero. A ella se suma otra pantalla central de 15,6 pulgadas y, opcionalmente, una de 17,3 pulgadas para quienes viajan atrás.
Las versiones de seis plazas utilizan tres filas con dos asientos cada una. Los pasajeros de la segunda fila pueden disponer de butacas reclinables, masaje y una posición de descanso denominada “gravedad cero”.
El Freelander 8 se produce en la planta que Chery Jaguar Land Rover posee en Changshu, China, donde durante años se fabricaron modelos de ambas compañías. Las primeras unidades de producción comenzaron a salir de esa fábrica durante 2026.

La comercialización ya comenzó en China y la expansión internacional tendrá varias etapas. Emiratos Árabes Unidos será uno de los primeros mercados exteriores durante 2027, seguido por otros países de Medio Oriente. Más adelante están previstos Australia, Nueva Zelanda y Europa.
Freelander, además, funcionará como una marca separada tanto de Land Rover como de las propias marcas de Chery. El vehículo ni siquiera lleva el tradicional óvalo verde en la carrocería. Ahí está probablemente lo más interesante de este regreso.
El Freelander original ayudó a Land Rover a acercarse a un público que quería un SUV más urbano, pequeño y accesible. El nuevo Freelander 8 hace casi lo contrario: es enorme, extremadamente tecnológico, tiene más de 600 CV y busca competir dentro del universo premium. Conserva el nombre. Pero casi todo lo que ese nombre significa acaba de empezar de nuevo.























































