“No me fui de Argentina y ya quiero volver”, deslizaba el título de aquella nota publicada en la edición 2676 de GENTE del 1.º de noviembre de 2016 e inspirada en la más antigua de las formas de ejercer el periodismo: sentarse frente al emisor del mensaje y simplemente apuntar las palabras imprescindibles, sin grabador, a mano, sobre un anotador, evitando caer en el tentador artilugio de las preguntas y las repreguntas, que suelen allanar el camino hacia un texto final redondo.
Bueno, aquí no hacía falta: era él, tal vez uno de los mejores actores que alguna vez pisaran este planeta (para muchos el mejor), contando su historia personal y profesional desde un escenario despojado, minimalista, desnudo, con el periodista de GENTE sentado en un palco del Teatro Colón, a 22 metros, tan solo anotando lo que el caballero decía. ¿Una masterclass, un reportaje sin cuestionario, un unipersonal, una conferencia, el argumento de una futura película sobre su existencia? Pasó una década y aún no lo sabemos.
Y como a veces es mejor no saber demasiado de algo que nos impacta para dejar que la magia haga de las suyas en cuerpo y el alma, entendemos que la mejor manera de recuperar aquella experiencia era replicándola palabra por palabra, frase por frase, para acaso sentir, de nuevo, la adrenalina de nuestra mano derecha registrando aquella imborrable única presentación de Al Pacino -de él hablamos, claro, quién otro sería- en nuestro país, relatando en primera persona, sí, desde un escenario despojado, minimalista, desnudo del Colón, su historia.
Así que acá vamos a extractar aquellos momentos, para convertirlos en imperecederos (faena que probablemente reiteraremos dentro de una década):

“A mis tres, cuatro años, miraba películas para grandes –no prohibidas, obvio– en el cine. Me llevaba mi madre. Ya que en casa carecíamos de televisor y viví una infancia solitaria, sin hermanos, llegaba y me ponía a representar lo que me acordaba. No sólo eso: debido a que mamá y papá (Rose Gerard y Salvatore Pacino) se habían separado, a mi crianza se sumaron los abuelos maternos y dos tías sordas que me hablaban con gestos, obligándome a expresarme así frente a ellas. Premonitorio quizá...”.

“Amo a los docentes. Mi existencia se basa en lo que ellos me enseñaron desde chico, como cuando mi profesora de octavo, por ejemplo, me hacía leer salmos de la Biblia que yo no entendía y repetía a puro entusiasmo, sobreactuando. La misma maestra (Blanche Rothstein, a quien dedicó su Oscar) que un día se acercó a mi edificio del South Bronx, subió cinco pisos de escaleras, entró a nuestra cocinita y encaró a mi madre: ‘Su hijo debería ser actor’”.

“De adolescente me llamaban Sonny, por Sonny Boy, un tema interpretado por el famoso cantante norteamericano Al Jolson, que mi madre solía tararearme. Pacino delataba, por la vocal en su última letra, un origen nada estadounidense. Recién a los 21, después de audicionar y audicionar y de que Lee Strasberg me diera la bienvenida al Actors Studio de Nueva York pronunciando bien mi apellido italiano, supe que algo iba a suceder. De regreso a mi hogar, miré el vidrio de la ventanilla del subte y sentí que el tipo que estaba reflejado iba a dedicarse para siempre a la actuación bajo el nombre de Al (acortando Alfredo) Pacino”.

“Siempre me gustó actuar, y me resultaba fácil. Era gracioso. Divertía a las muchachas y muchachos del barrio, hoy la gran mayoría muertos por drogas. Mis días eran como los de las aventuras de Charles Dickens: me la pasaba escapándome de líos, dormía en las iglesias, probaba suerte en los castings de las obras under, donde me rebotaban por mi estatura. Pese a que era la versión pequeña y simpática de tipo lindo, no alcanzaba. Hasta que Dustin Hoffman brilló en 1967 con El graduado, cambió el estereotipo y nos abrió la brecha a los petisos y latinos”.

“Mi llegada a El Padrino fue por mérito exclusivo de Francis (Ford Coppola). Me vio en Does a tiger wear a necktie? (¿Lleva un tigre corbata?) –la obra que representé en Broadway y significó mi primer premio Tony– y quiso conocerme, ante el desagrado de la Paramount. Lógico, habían adquirido los derechos de la exitosa novela de Mario Puzo y pretendían a estrellas como Jack Nicholson, Robert Redford o Warren Beatty para el impresionante rol de Michael Corleone. ‘Este hombre está loco’, pensé sobre Coppola. Casi abandono. Únicamente él me quería. Un día me alertó: ‘Yo confío en ti, pero necesitas hacer algo para que confíen los demás. Mira tranquilo lo que ya filmaste y vuelve cuando entiendas a qué me refiero’. Miré y volví. ‘Ya entendí’, le admití nada convencido. Ahí me hizo rodar esa escena en la que Michael mata al Turco Sollozzo y al capitán de policía McCluskey. Y, bueno, parece que ‘entendí’, porque los estudios me aprobaron. Pronto descubrí la notable inteligencia de Francis y me di cuenta de que pensaba como Corleone”.

“... Aquel papel me disparó al cielo. La tarde en que crucé la mirada con una dama en la calle, la saludé ''hola’ –como solía repetirlo frente a cualquier bella mujer– y me contestó ‘hola, Michael’, comprendí que era famoso. Tal vez a lo largo del tiempo el impacto ha sido complicado para mis tres hijos (en 2023 tuvo otro), que se escondían bajo la mesa cuando comíamos en algún restaurante y la gente me saludaba, pero no para mí. Salvo cuando me levanto por las mañanas y me miro al espejo (risas). Supe adaptarme a la fama. Si ahora no me abordan para una foto o una selfie, me pregunto: ‘¿Qué estaré haciendo mal?’”.

“Admito que las mujeres han sido y son importantes en mi vida. A mi madre la extraño. Murió joven, antes de mi explosión. Yo sabía que iba a funcionar como actor, no cuánto. Bueno, ella me impulsó. Mamá debería disfrutar en la actualidad lo lindo que me depararía el destino. Igual, a todas las mujeres de mi vida las guardo acá, en el corazón. Como guardo a Lucila Polak, mi media naranja desde hace casi una década. Les ofrendo el alma a ellas, a tanta gente que me ayudó y a mis hijos (Julie Marie, 17; Anton James y Olivia Rose D’Angelo, ambos de 15). A cada una y cada uno les dedico en quien me convertí”.

“Reconozco que muchos de mis personajes suelen ser outsiders, traen algo oscuro atrás. Transité una existencia larga, con cosas oscuras. Quizá algo tenga que ver. Seguro, eso también se relaciona a mi fascinación por William Shakespeare. Adoro la comedia, pero amo la tragedia. Igual, considero que no todos los papeles son para un actor. Hay que intentar conectarse. Luego queda en uno. Te subiste a una cuerda floja: si seguís, podés caerte; si no seguís… bueno, a mí me gusta seguir, correr riesgos”.

"Recibí ocho nominaciones y gané un solo Oscar, por Perfume de mujer. Peor hubiese sido no ganar ninguno. Recuerdo aquella noche de 1993 por una anécdota: tras obtenerlo, debía volar de urgencia en un avión privado a San Francisco para retomar el rodaje de Carlito’s Way. Mientras bajaba de cierto ascensor repleto de gente, me di cuenta de que la cabeza de mi estatuilla venía tocando la cola de una actriz súper importante y bella, a quien no delataré. Al pisar la planta baja, como tampoco reclamó, le expliqué caballerosamente: ‘Perdón, no fui yo; fue mi Oscar’, y ella sonrió... En verdad recomiendo ganar un Oscar; resulta bastante divertido”.

“Siento que lo mío es un don, grande o pequeño, pero un don al fin. Sin embargo, no creo haberme dedicado a esto para que me reconozcan sino para expresarme, para comunicarme. Como los griegos cuando exhibían las primeras obras de la Historia. Me he dedicado a la actuación para derribar, a través de palabras y posturas, la falsa pared que nos separa a los seres humanos”.

“Uno desarrolla su artesanía. Me gusta comparar mi carrera con la de los deportistas. El beisbolista suele afirmar: ‘Con el tiempo un atleta pierde piernas, dinero y amigos’. En nuestra profesión uno puede perder memoria, resistencia y concentración, nunca la inspiración. Me encanta tocar el piano, no obstante mi destreza en él me permite avanzar apenas unos acordes. Cuando deseo y talento sí van de la mano, ahí el milagro ocurre. Lo que no hay es que temer. Yo sigo adelante, tratando de que el pasado no me obnubile, pensando como Pablo Picasso, que hay un lienzo en blanco en el que tengo que pintar”.

Fotos: Archivo Atlántida ([email protected])
Cobertura de Archivo: María Luján Novella (113903-8464)
Agradecemos a Vane Bafaro






















































