El cine a veces se toma pausas que se sienten como siglos. Cuatro años de silencio en la pantalla grande para el director que nos enseñó -entre otras cuestiones- a mirar las estrellas con asombro, a descubrir la redención humana ante el horror del Holocausto y a creer que los dinosaurios en realidad nunca se extinguieron, parece una eternidad. Pero el letargo terminó. Sí, porque a sus 79 años Steven Allan Spielberg, el artesano definitivo de las emociones de Hollywood, acaba de volver para sacudir el planeta con su esperada película número 34. Hablamos de La última revelación, un thriller paranoico, político y de suspenso que escribió junto a su colaborador de siempre, David Koepp, basándose en una historia propia relacionada a esas criaturas que siempre le quitaron el sueño -los extraterrestres- y que ya huele a evento cinematográfico de la temporada.

Sin embargo, el regreso del Rey Midas no viene solo... Como si el destino supiera cuándo encajar las piezas del rompecabezas perfecto, desde los paisajes míticos de Nueva Zelanda acaba de estallar otra bomba que sacudió las fibras de los cinéfilos. Porque Peter Jackson, el mismísimo arquitecto de El Señor de los Anillos y El hobbit, confirmó que ya se encuentra escribiendo las líneas de lo que será la tan postergada segunda parte de Las aventuras de Tintín, aquella joya de la animación que don Spielberg dirigió hace exactamente quince años. El plan resulta perfecto: Jackson en el guion y la dirección, Steven en la bendición final y la producción ejecutiva. Y entre ellos, un pacto de titanes que devuelve a la vida una de las aventuras más magnéticas del cine moderno.

En medio de este doble impacto global que vuelve a poner su apellido en el centro de la escena, los archivos se vuelven carne viva. Porque para entender el presente y el futuro de un genio, siempre es necesario retornar a las fuentes, repasar sus obsesiones, descifrar su mirada y desmenuzar los secretos de un hombre que, detrás de los millones y las estatuillas de la Academia, sigue conservando la timidez del chico que jugaba con cámaras de 8 milímetros en el patio de su casa.
Y justamente en tal búsqueda, GENTE decidió replicar el encuentro exclusivo que mantuvo en 2011 con Steven Spielberg y hoy recobra una vigencia absoluta. Fue cuando sentados frente a él, se despojó del bronce para hablar del miedo, de la magia de la infancia, del peso de los recuerdos y de cómo se construye una leyenda fotograma a fotograma. A continuación (y sólo actualizando datos y cifras), aquel mano a mano definitivo con el hombre que nos enseñó a soñar despiertos:
"EN EL GÉNERO DE LA AVENTURA HAY LUGAR PARA SÚPER HÉROES Y SÚPER HEROÍNAS PERO TAMBIÉN PARA PERSONAS COMUNES"

Parece un tipo normal, al margen de su estatura algo más baja de lo imaginable y de sus dedos menos largos de lo usual. Pero bueno, lejos de esos detalles cero taxativos, no existen pistas de que el hombre que se sienta al lado de GENTE conviva con el genio que lleva adentro. Tampoco su extrema simplicidad, moneda poco conocida en el planeta periodístico internacional puesto que Spielberg (1,71 metros) es de las figuritas difíciles, por eludir la palabra imposible: no suele conceder reportajes; a lo sumo brinda conferencias de prensa.

Pese a ello acá respira, en la habitación 222 del George V Hotel –a tres cuadras del Arco del Triunfo parisino–, sin reloj, de camisa y corbata a rayas, y envuelto en un saco de lana marrón que acompaña a pura sobriedad el tono de su pantalón y sus zapatos. ¿Motivo de semejante distinción? Un nombre de seis letras y un acento, icono incomparable de la tierra en que floreció y personaje entrañable del mundo que lo viene descubriendo desde 1930. “Me trajo alguien colorado, de jopo, llamado Tintín”, responde Steven a los ojos del periodista desde los suyos celestes, precedidos por los lentes de aumento marca registrada de siempre.

–Acaba de inaugurar una línea de trenes de alta velocidad dedicada al niño; al estreno de anteayer en la capital de Bélgica (invadida de imágenes temáticas) y el de anoche, en la capital de Francia, acudieron centenares de fanáticos eufóricos; se aumento en cada continente el tiraje de relanzamiento de los 24 cómics delineados por el inolvidable Hergé (Georges Prosper Remi). ¿Por qué le tomó tres décadas consumar la película de Tintín?
–Ocurre que muchos descubrieron a Tintín aprendiendo a caminar y yo recién lo descubrí en los Ochenta. Cuando accedí a sus historias en forma instantánea pensé: “¿Dónde estuvieron escondidos estos libros?”. Desgraciadamente en los Estados Unidos no los habíamos recibido. No bien los leí, comencé a pensar guiones. Sin embargo, el hecho de tener que respetar la creación de Hergé, fallecido, necesitar de una tecnología especial y andar ocupado en otras películas, pospuso el tema. Hasta que vi terminada Jurassic Park, observé a los dinosaurios cobrando vida así y sentí que, resuelto el aspecto técnico, la ecuación empezaba a cerrarse.

–¿Entonces?
–A las descripciones del creador les agregamos nuestros análisis buscando ilustraciones acordes y auténticas. Aparte, acudimos a escritores británicos, porque necesitábamos gente europea cercana al fenómeno de Tintín. Como el filme es en ingles nos parecía imprescindible contratar guionistas británicos. Lo mismo con los actores: deseábamos mantener el acento del Viejo Continente. Seguro, no nos íbamos a decidir por profesionales americanos.
–A propósito, ¿no teme que en su país y en naciones como la nuestra, Argentina, al no ser tan conocido Tintín, repercuta en la asistencia de público?
–No. Varios verán a Tintín como vieron por primera vez a Toy Story o Up, dos fenómenos de animación. No todos los fanáticos de Harry Potter han leído sus libros. La de Tintín será una película original. No importa de dónde viene ni como se hizo (y se hizo con un trabajo titánico), lo que importa es que película quedó. El espectador no piensa en el proceso, piensa en lo que observa.

–Imaginemos que Hergé (1907/83) viviera. ¿Qué cree que pensaría del producto final?
–Supongo que le hubiera encantado (suspira). Nunca lo vi personalmente. En una oportunidad hablamos. Me comentó que le gustaban las aventuras de Indiana Jones y que soñaba ver su historia adaptada al cine. Fue una de las llamadas mas excitantes de mi vida. Era un enorme fanático del cine y de la revista National Geographic. No iba a ningún lado, pero su imaginación volaba por todo el planeta. Pienso que las historias de Hollywood de los treinta lo inspiraron.

–Ergo, ¿Tintín es el nuevo Indiana Jones?
–Creo que Harrison Ford no está de acuerdo, ja ja. Al rodar Los cazadores del arca perdida se me abrió un mundo que Tintín conoce a la perfección. Probablemente no hubiera hecho Los cazadores... de no haber leído Tintín. En el género de la aventura hay lugar para súper héroes y súper heroínas pero también para hombres comunes, como en este caso Indiana o Tintín. Toda gran historia de aventuras debe tener un gran misterio y una gran meta. Esa es la raíz. Y en ese sentido, Indiana Jones y Tintín resultan parecidos.
"¿SI NO HUBIESE SIDO DIRECTOR? SUPONGO QUE PODRÍA HABERME CONVERTIDO EN UN ACEPTABLE COMPOSITOR MUSICAL DE CINE"

“Admito que sí, no me puedo quejar”, lanza cuando de balances personales trata el caballero de la alianza de oro blanca en su anular izquierdo, y quizá lo dice rebobinando su memoria hasta aquel 18 de diciembre de 1946, cuando abrió los ojos en Cincinnati, Ohio. “No es algo que me guste admitir, pero a los 7, 8 años me daba vergüenza reconocer que pertenecía a una familia judía ortodoxa”, ha comentado el único varón de cuatro hermanos e hijo de Leah Adler, pianista de concierto y restauradora, y de Arnold Spielberg, ingeniero eléctrico que no sólo participó en el desarrollo de lo que hoy conocemos como computadora sino que le regalo su primera cámara, abriendo una inimaginable caja de Pandora en la mente del pequeño Steven.

Claro, porque ya de adolescente se hizo aficionado a las películas de 8 milímetros, rodó un corto de nueve minutos (El dueño final, 1958) que le valió la insignia de Mérito como boy scout, y una cinta de guerra (Escape de Nowhere, 1959). Al poco tiempo dirigió su primera película independiente, de ciencia ficción (Firelight, 1962; le costó 500 dólares), y se mudó a Los Angeles donde intento tres veces, sin éxito, ingresar a la Universidad del Sur de California. A cambio cursó la Estatal de California, antes de entrar al Departamento de Edición de los Universal Studios, como pasante no remunerado, siete días a la semana. Allí consumó su primer cortometraje para salas: Amblin (1968, de 21 minutos). “Tanta agua corrió bajo el puente...”, pone un freno repentino, exhibiendo su eterna barba y su cabello entrecano.
–Tras la cámara, ¿hoy usted se siente Dios?
–Ja ja, error, detrás de la cámara no me siento Dios. Sólo soy un director que filma películas, lo que le gusta. Amo ir al cine, mis mejores amigos son directores o guionistas. Ésta es mi vida, y es una manera genial de vivirla, pero claro que no soy un Dios: soy un tipo normal, como cualquiera que me cruzo en la calle. Salgo a caminar y a cenar, hago ejercicio, ja ja.
–Cuéntenos en que piensa cuando rueda un largometraje.
–Obvio, en la audiencia. Cuando ruedo veo la imagen como la ve el público.

–Figurémonos que no existía talento de cineasta en el alma del pequeño Steven Spielberg, ¿por donde piensa que hubiese ido su carrera?
–Supongo que podría haber sido un aceptable compositor de música de cine. Tengo una enorme colección de bandas sonoras. En la familia siempre se hizo música, la llevo en mi ADN. Igual que la lleva uno de mis hijos. Al punto de poder expresarlo, por ejemplo, colaborando en la creación musical de Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio, inspirada en el estilo de los treinta.
–¿Cómo maneja usted el hecho de ser tan querido, admirado, reverenciado?
–Es muy lindo formar parte de la historia. Disfruto que la gente me salude cordial. Lo bueno de los filmes es que nos hacen compartir códigos a personas de todos lados. De algún modo nos hermana con aquellos que en teoría en nada se relacionan con nosotros. Resulta una especie de oportunidad increíble poder crear una película que se termine convirtiendo en un clásico.
“MI PENDIENTE ES FILMAR UNA HISTORIA DE AMOR. TENDRÍA QUE CRUZÁRMELA EN EL CAMINO..., PERO ES DIFÍCIL QUE APAREZCA”

Y sí, sucedió en Bruselas y en París. Cada paso de Spielberg llegó acompañado de fans, fans y fans intentando acercársele. Los más afortunados consiguieron una foto a su lado, que no tardarían en colgar de la web. Lo sabe, acepta y alimenta: “Gracias a Internet estamos todos accediendo a cosas que no accedíamos. Esto para mí es saludable, potencia las películas”, apunta. Los que tuvieron menos suerte obtuvieron su firma sobre una foto de E.T., entre las patas de un dinosaurio de goma o junto a la imagen de su amigo George Lucas. El resto, lógico al fin, se quedó con las ganas.
“A veces firmo autógrafos aguardando la mesa en un restaurante, ja ja... Aguardo, porque no me gusta recibir trato preferencial”, explica quien podría reclamar tal trato en nombre de sus tres Oscar obtenidos frente a veinte nominaciones (nueve en el rubro Director y once en la categoría Película), sus ocho Globo de Oro (incluyendo dos especiales), sus dos premios –uno honorario– de la Academia Británica de las Artes Cinematográficas y de la Televisión (BAFTA), sus cuatro Emmy, su Grammy y su César honorífico. Reconocimientos que le permitieron ganar el status de EGOT, destinado sólo a aquellos que obtuvieron los cuatro premios más importantes de la industria del entretenimiento estadounidense: el Emmy (televisión), el Grammy (música), el Oscar (cine) y el Tony (teatro).

Podría reclamar tal trato -como recién lo mencionamos-, pero nunca lo hará. Ni siquiera siendo considerado el Rey Midas del Séptimo Arte, con una riqueza, según la revista Forbes, que supera los 7.100 millones de dólares. Eso sin contar que se trata del realizador mas taquillero de la historia: 10.800 millones de la verde moneda. Números que se sustentan en otros de mayor importancia global, en realidad. Hablamos de sus 199 títulos como productor, 60 como director, 27 como escritor y 16 como actor, sobre los que apenas encuentra un reproche: “La experiencia en The Blues Brothers (Los hermanos caradura; 1982) me demostró que no debo volver a actuar jamas. O únicamente para divertirme, como lo hago cuando ando con ganas, jamás en serio. ¡Perdónenme!”, ruega.
–¿Qué le queda pendiente?
–Filmar una buena historia de amor. Las amo, valga la redundancia. Sucede que son difíciles de encontrar. Tampoco la busco; no la encontraría. Me la tendría que cruzar en el camino. Aún es mi causa pendiente. "¿Cuál es la última gran historia de amor que has visto?" -puedes preguntarme-, "¿Es de hace poco?" No... Difícil que aparezca.

–Perdón, ¿y no pensó en poner una chica alrededor de Tintín, intentando seducirlo?
–Imposible. El anda demasiado ocupado en resolver el rompecabezas. No tiene tiempo. Lo atacan mil situaciones. Nunca violaría sus prioridades, ja ja.
–Aceptó dirigir La familia de mi novia (2000), y se bajo. ¿Que siente por la comedia?
–Se iba a hacer con Jim Carrey en lugar de Ben Stiller, y con Sean Connery en lugar de Robert De Niro, y me entusiasmé; aunque antes de gritar “¡acción!” mi mujer (Kate Capshaw) me sugirió: “No es tu campo, no sos ‘el’ tipo de la comedia”, y tenía razón. Así que la produje en lugar de dirigirla. Era pura comedia y yo prefiero la comedia cuando se mezcla con drama y suspenso. No soy lo suficientemente gracioso.
–¿Estima que alguno de sus hijos (Jessica, Max, Theo, Sasha, Sawyer, Mikaela - adoptada– y Destry) continuará su legado?
-Ehhh. No sé. Jessica (del matrimonio de Spielberg con Amy Irving, separados en 1989) actúa interpretando a la Doctora Arizona en Grey’s Anatomy. Mi hijo mayor se dedica a hacer videojuegos. El otro estudia actuación en Nueva York. Y la única que quiere ser directora es Sasha, que cursa la universidad y practica grabando canciones de sus hermanos músicos. Pero no sé... Tengo siete hijos y guardo la esperanza de que uno siga mis pasos.

–Para cerrar, ¿usted es una persona nostálgica?
–Lo soy. Muy nostálgico.
–¿Ansioso?
–(Risas) Por momentos. La ansiedad es una cosa positiva: te mantiene honesto contigo mismo y te obliga a seguir trabajando. Sin ansiedad te vuelves vago.
–¿Significa que piensa nomás en la segunda aventura de Tintín?
–Creamos los patrones y los personajes, así que las próximas películas se harán más rápido. Con Peter Jackson prometimos que, en caso de éxito, ninguno revelaría cuál será la próxima historia. Al menos hasta que llegue el momento de rodarla.

Fotos: Cortesía de United International Pictures (UIP), Archivo Atlántida y L.R.I.
Infografía: NotebookLM
Agradecemos a Reina Fierro
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