"Siento devoción por él": así era la relación del Indio Solari con Bruno, su único hijo, nacido cuando el rock ya lo había convertido en leyenda – GENTE Online
 

"Siento devoción por él": así era la relación del Indio Solari con Bruno, su único hijo, nacido cuando el rock ya lo había convertido en leyenda

Cómo era la relación del Indio Solari con su hijo Bruno Solari
Su primogénito nació el 5 de diciembre de 2000, cuando él tenía 51 años y Los Redondos estaban a meses de la separación. Creció dentro de Haras Miryam, la quinta blindada de Parque Leloir, lejos de los flashes y de cualquier escenario. Habló poco de él y lo mostró mucho menos: esto es lo que dijo.
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Carlos Alberto Solari (1949-2026) era el hombre que convocaba cincuenta mil personas y que salía a la calle disfrazado para que nadie lo reconociera. El mismo que llenó estadios en el interior del país, que se refugiaba en su santuario de Parque Leloir y que no iba a la cancha porque la multitud lo desbordaba. Esa paradoja tuvo una sola excepción: Bruno, su hijo, el único, nacido el 5 de diciembre de 2000 de su relación con Virginia Mones Ruiz, su compañera de vida desde 1986 y esposa desde 1988.

En una entrevista con Rolling Stone, el Indio había explicado el porqué del nombre: "Me gustaba Bruno, algo italiano que pegue con el Solari". Pocas palabras, fiel a su estilo y su precisa economía de palabras. Pero cuando habló de la paternidad en profundidad, la cosa cambió.

Virginia y Carlos, junto a un pequeño Bruno. Hoy su hijo tiene 26 años.

El crío que potenció lo intelectual

"Tengo una relación muy linda con Bruno. No soy de tironearlo. Siento devoción por él. Virginia también hizo un cambio grande desde que nació. Es que el crío no solo despierta tu interés sentimental, lo afectivo. También potencia lo intelectual", dijo en una de las contadas ocasiones en que habló de su hijo. Y remató con el humor seco que siempre lo caracterizó: "Eso sí, no aprendí a jugar a las maquinitas y tendría que haber aprendido".

Esa frase condensa algo que el Indio también desarrolló con más palabras en otra oportunidad: "Los chicos te ofrecen un tiempo para descubrirte a vos mismo inocente. Ayudan a que puedas imaginarte un niño". Un hombre que construyó décadas de hermetismo encontró en la paternidad una grieta hacia la ternura que casi nunca mostró en público.

El Indio Solari y su único hijo, Bruno, posan sonrientes en lo que parecería ser un acto escolar.

Crecer siendo hijo del Indio

Bruno, en una de las poquísimas apariciones que se le conocen, describió con humor y algo de peso lo que implicaba su apellido: "Es difícil ser el hijo del Indio Solari, aunque yo no le digo Indio, le digo 'viejo' o 'papá'. En la escuela los chicos me preguntan qué hace mi viejo en casa, qué come, si va de cuerpo, si canta o no canta, si está componiendo, si yo voy a seguir sus pasos o voy a dedicarme a la gastronomía, como quiere mi mamá".

Virginia –"Viru" para el entorno cercano– siempre fue el escudo del núcleo familiar. "A éste ya no lo puedo sacar a ningún lado", llegó a confesar en una entrevista. Era ella quien administraba la vida cotidiana dentro de Haras Miryam mientras el Indio componía en Luzbola, el estudio en la planta baja con ventanas al jardín.

El perfil bajo como herencia

Bruno tiene 25 años, sigue la escuela de su padre y mantiene un perfil extremadamente bajo. Las imágenes que el Indio compartió de su hijo en redes son casi siempre recuerdos de su infancia y no registros actuales. Cada vez que apareció alguna, los posteos recibieron cientos de reacciones: los fanáticos, acostumbrados al hermetismo total, celebraban esos fragmentos como si fueran piezas de un archivo secreto.

La discreción de Bruno no es accidental. Es el legado más coherente que podía recibir de su padre: un hombre que creyó, hasta el final, que la vida privada era el único territorio que nadie tenía derecho a invadir.

Una entrañable postal de Carlos y Virginia en su juventud.

Una familia sin portada

Virginia y Carlos se conocieron a principios de 1981, cuando Los Redondos eran todavía una banda del underground platense que tocaba en pubs y teatros pequeños. Desde el principio apostaron por el hermetismo absoluto: los detalles de su historia los guardaron para la intimidad y cuando finalmente se casaron, en 1988, el casamiento se llevó a cabo con máxima discreción, sin ningún tipo de festejo público ni cobertura mediática.

“Gracias, mi amor. A tu lado siempre, pase lo que pase", le ha escrito Viru infinidad de veces. Él la llamaba "Virulana".

Para entonces la banda ya había publicado Gulp! y Oktubre y el Indio era una figura masiva. Le importó exactamente nada. Virginia lo resumió años después en sus redes, citando una canción: "Nos conocimos promediando el verano del '81. Años después, cuando escuché por primera vez 'Me quedo contigo', por Los Chunguitos, encontré las palabras que describían mis sentimientos. En la actualidad lo siguen haciendo".

Años atrás, el Indio celebraba así a su gran compañera: "Shhhh que no se entere que les estoy confiando que hoy cumple años Virulana".

El hermetismo no fue una postura de prensa: fue una arquitectura de vida que incluyó el aislamiento deliberado en una quinta con pastores alemanes, cámaras de circuito cerrado y la decisión de no existir mediáticamente más allá de la música. Virginia permaneció a su lado hasta sus últimos días, acompañándolo especialmente durante los años en que el Parkinson avanzó.

El Indio construyó un mito enorme y dejó adentro, intacto, lo único que consideraba verdaderamente suyo.






 
 

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