Casado desde 1988 con Virginia Mones Ruiz, con quien tuvo a su único hijo Bruno en 2000, Carlos Alberto "Indio" Solari (1949-2026) vivió y murió en una casa de campo en Parque Leloir donde él tenía su propio estudio de grabación, Luzbola. La mansión, rodeada de amplios espacios verdes y con estrictas medidas de seguridad, era su refugio tanto de los medios como de los fanáticos más fervientes, que según él mismo reconoció eran su mayor preocupación.
Allí grabó toda su etapa solista, compuso hasta donde la enfermedad lo permitió y construyó la vida privada más blindada del rock argentino. El único lugar donde se permitía existir sin disfraz era Nueva York, donde tenía un piso. "Yo extraño Nueva York en vez de extrañar Buenos Aires, porque donde puedo ir a hacer vida urbana con mi mujer y mi hijo es ahí, si no me vuelven loco", llegó a confesar.

Cómo era su santuario en Parque Leloir
Parque Leloir es un barrio residencial de Ituzaingó, en el oeste del conurbano bonaerense, que Moria Casán –vecina del Indio– suele definir como "la Cariló del Oeste": naturaleza, silencio, una reserva ecológica a metros y la distancia justa del ruido de la ciudad. El lugar que él necesitaba para existir y aislarse del ruido. La fobia a las multitudes –curiosa paradoja en alguien capaz de convocar cincuenta mil personas– lo mantuvo lejos de la cancha toda su vida, pese a ser hincha de Boca.
La propiedad se llama Haras Miryam, una quinta de más de diez mil metros cuadrados diseñada originalmente como un criadero de caballos. La casa conserva el casco histórico de esa arquitectura. Blindada por vegetación abundante, permanece prácticamente oculta desde el exterior: el verde no es solo decoración, es una barrera visual deliberada que garantizaba su célebre hermetismo.

El estudio de grabación está en la planta baja, separado de la casa principal, con ventanas que dan al jardín. La sala de música tiene varias colecciones de discos y libros en estantes de madera, coherentes con el resto del mobiliario. Lo llamó Luzbola –el mismo nombre que eligió para su sello discográfico– y fue allí donde grabó y masterizó toda su obra solista: desde El tesoro de los inocentes (2004) hasta El ruiseñor, el amor y la muerte (2018).
Ensayaba y componía con una rigurosidad diaria que semejaba a la de cualquier oficinista. Así lo afirmó en su última entrevista con Pedro Rosemblat para Gelatina: "Hacer canciones es lo que me mantiene vivo. Es casi probable que haga una canción por día".

La fortaleza de Carlos y la paradoja del anonimato
Cuentan que una habitación de la quinta tiene varios televisores que muestran en simultáneo las cámaras de seguridad de todo el lugar. Su obsesión no era tanto los ladrones como la posibilidad de que un fanático lograra entrar. Cuando salía –cada vez menos, especialmente después del diagnóstico de Parkinson en 2016– lo hacía disfrazado: gorras, bufandas, anteojos oscuros, cualquier cosa que le permitiera pasar inadvertido.

"A éste ya no lo puedo sacar a ningún lado", había dicho Virginia Mones Ruiz, su esposa desde 1988, en una entrevista con Rolling Stone. Fue en Haras Miryam donde lo encontraron este viernes. Donde componía, donde vivía, donde murió. El mismo jardín con pileta, el mismo portón negro de doble hoja, el mismo silencio que él mismo había elegido para esa versión de "viejo para la que no sirvo" pero que compuso hasta el final.

