Este miércoles 3 de junio, a 11 años de la primera marcha de Ni Una Menos, miles de personas volvieron a concentrarse frente al Congreso de la Nación bajo la consigna “Vivas, libres y desendeudadas nos queremos” en una jornada marcada también por el reclamo de justicia por los recientes casos de Agostina Vega, Dulce María Beatriz Candia y Noelia Carolina Romero.

Entre las muchas historias que confluyeron en la movilización, estuvo la de Lorena Tuffner, quien llegó acompañada por sus hermanas, sus sobrinas, su hija y una amiga. No fue sólo a marchar: fue a nombrar a Melisa Tuffner, su hermana, asesinada en julio de 2015, y a volver a poner en palabras un dolor que, según cuenta, nunca deja de doler.
“Mi nombre es Lorena Tuffner. El motivo por el cual estoy es intentar ser la voz de todas las que ya no están”, comenzó diciendo a Revista GENTE, repitiendo una consigna que lamentablemente se vuelve a materializar ante un nuevo caso de femicidio.
Habla desde la experiencia de haber visto cómo una familia se parte en dos. “A mí me toca muy de cerca. Yo perdí a mi hermana en 2015, Melisa Tuffner, por femicidio”, dice, rodeada de mujeres de su familia.
La mención a Agostina, uno de los casos que atravesaron la jornada de este 3J, la quiebra todavía más. No es sólo empatía: es memoria encendida. “Estamos muy movilizados desde hoy a la mañana, con todo este tema también de Agostina, que otra vez vuelva a pasar otra vez la violencia machista en una joven con un futuro truncado”, dice.
Y remata con una frase breve, tajante: “Me toca muy de cerca. Insisto, a mi hermana le pasó igual”.
En ese punto, el diálogo con GENTE se vuelve también una radiografía del después. Del día después. Del año después. De la vida después. Porque si algo subraya Lorena es que el femicidio no termina en la escena del crimen. Sigue en las casas, en las fechas, en los recuerdos, en los silencios.
“Cuando nos enteramos de la desaparición de Agostina, enseguida a mí… todos los días la recuerdo a mi hermana, pero en estos casos me duele muchísimo porque sé que detrás de una muerte hay una familia que queda destruida para siempre”, expresa.

En su caso, además, esa ausencia se volvió también una conversación cotidiana con la infancia. Porque Lorena es mamá y cuenta que intenta transmitirle a su hija herramientas para cuidarse, pero también conciencia, sin arrasar con su niñez.
-¿Cómo se traslada esto a niños tan pequeños, a la familia, que es algo que es parte de todos ustedes?
-Intentando hablar desde la pérdida, de lo que significa perder una hermana, y además tratando de convocarla a la lucha que tenemos las mujeres de que esto no siga sucediendo. Intentar sin inferir en su infancia, pero sí tratando de darle herramientas para desde lo mínimo, desde, por ejemplo, que no use redes con una edad tan pequeña, que no tiene mucho que ver con la muerte de una persona. Ella perdió una tía que no llegó a conocer y tratando de educar desde ese lugar.
La forma de comunicar un caso de femicidio
Hay otro punto de su testimonio que golpea por su vigencia: el rol de los medios y de los discursos sociales que en ocasiones cargan sobre las víctimas una sospecha injusta. Lorena recuerda una pregunta que le hicieron cuando ocurrió el crimen de Melisa.
Y todavía hoy la repite con estupor. “Me acuerdo un medio que me preguntó: ‘¿Pero qué hacía a las 19.30, un domingo, en la oscuridad con el frío?’”. La escena sigue intacta en su memoria. “Yo me quedé helada con la pregunta”, dice.

Entonces desarrolla una idea incómoda, pero necesaria. Que el problema no se agota en el asesino. Que también existe una trama social que juzga a la víctima, que revisa cómo iba vestida, qué hacía, por qué estaba ahí.
“Esto es un problema social, no es solamente el machismo, si bien es lo más importante, pero también hay un problema social. Muchas veces tenemos mujeres con comentarios machistas. Me lo han dicho: ‘Mirá cómo se viste’, ‘Mirá lo que hace’. No pasa por eso”, afirma.
Y para desmontar esa lógica, vuelve a Melisa, a la materialidad concreta de aquella noche. “Mi hermana tenía ropa hasta el cuello porque hacía 10 grados. Y te asesinan igual. Los hombres asesinan igual”.
La historia de Melisa Tuffner todavía es una herida abierta en su familia. Según la reconstrucción judicial, la joven fue seguida por Oscar Orlando Sosa cuando se dirigía a una actividad cultural en Glew y murió el 22 de julio de 2015, tres días después del ataque. En 2017, Sosa fue condenado a 24 años de prisión en una causa que estuvo atravesada por la discusión sobre cómo debía ser encuadrado el crimen.
Para Lorena, esa pelea judicial fue y sigue siendo parte del reclamo. “Luchamos también con este tema de que no se lo tomaba como femicidio, se lo tomaba como un homicidio simple”, recuerda. Y enfatiza la importancia de nombrar las cosas por lo que son: “Es femicidio. Un hombre que mata a una mujer es femicidio. No tiene por qué cuestionarse”.
En la marcha de Ni Una Menos, entre carteles, bombos, abrazos y nombres propios, Lorena Tuffner no habló solo por Melisa. Habló por todas. Pero, sobre todo, habló contra el olvido. Porque once años después del primer grito colectivo, su presencia confirma que la lucha no es una consigna vacía ni una efeméride: es una necesidad urgente, viva, atravesada por historias concretas. La de su hermana, la de Agostina, la de tantas otras. Y la de las familias que, aun rotas, siguen saliendo a la calle para pedir lo más básico: que no haya ni una menos.


