En el corazón del barrio de Retiro, precisamente en la calle Suipacha 1422, se esconde un tesoro de impronta andaluza que desafía el ritmo vertiginoso de la Ciudad de Buenos Aires. Al trasponer el gran pórtico de madera del Palacio Noel, el ruido del tráfico desaparece para dar paso a un oasis secreto donde conviven el arte, la historia y la gastronomía de vanguardia.
En este escenario funciona Los jardines de las Barquin, un restaurante y café que ha logrado transformar el jardín del Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco en un punto de encuentro ineludible para quienes buscan experiencias exclusivas y "ocultas".

El presente de este espacio está marcado por una estructura de diseño contemporáneo: un invernadero de vidrio completamente climatizado que se integra de manera respetuosa con la naturaleza centenaria del lugar. Los chefs Germán Sitz, Pedro Peña y Alejandro Féraud son los cerebros detrás de una propuesta que busca revalorizar el producto local.


La atmósfera es de una calma absoluta, en la que el murmullo de una fuente con cerámicas sevillanas y el aroma de los cítricos transportan al visitante a un retiro europeo sin salir de la capital argentina.

El restaurante opera de 11 a 19 horas, permitiendo desde almuerzos bajo la luz natural hasta meriendas envueltas en la mística de un patio andaluz lleno de olivos, magnolias y jacarandás.
Sabores con identidad: el concepto de "Argentina granero del mundo"
La propuesta gastronómica de Los jardines de las Barquin no es azarosa: está diseñada bajo la premisa de honrar los años en que la Argentina era el granero del mundo. Por ello la carta pone el foco en la revalorización de los cereales y granos de alta calidad, trabajando directamente con pequeños productores de quinoa, cebada, burgol y harinas de fuerza.

La cocina, que funciona como una gran barra abierta dentro del invernadero, utiliza además hierbas y flores comestibles que crecen en el mismo jardín, como el vinagrillo o la Thunbergia grandiflora, que aportan frescura y color a las preparaciones.
Entre las entradas más destacadas, los comensales encuentran la fainá tostada a la plancha con berenjenas, huevo y verdes, y las empanadas de masa de centeno rellenas de ragú de hongos y sarraceno.

Mirá También

Cómo es el "café oculto" dentro del legendario edificio Kavanagh y cuánto sale su moderno "menú argentino"
Para los platos principales, el risotto verde de cebada con espinaca, habas y pecorino se ha convertido en un emblema del lugar, al igual que los linguini cacio e pepe que acompañan a una milanesa de peceto en una versión gourmet del clásico porteño. No faltan las opciones frescas como los tomates reliquia con frutillas y almendras, que rescatan variedades antiguas de este fruto.
La experiencia sensorial se completa con una vajilla de cerámica hecha a mano por la artista Lola Ibarguren, decorada con dibujos botánicos de las especies que habitan el palacio, como la araucaria y los olivos.
Para la hora del té, la oferta se vuelve irresistible con scons recién horneados, croissants rellenos de queso brie y palta, y una selección de pastelería firmada por Alo’s, que incluye crème brûlée cítrica y marquesa de chocolate tibia. Las mesas se disponen frente a los ventanales para no perder de vista el entorno botánico.

El legado de las Barquin: tertulias y elegancia virreinal
El nombre de este café oculto es un homenaje directo a la historia del predio, mucho antes de que se convirtiera en museo. El término remite a las seis hermanas Barquin (Bárbara, Manuela, Carlota, María Luisa, Mercedes y Genara), figuras centrales de la vida social porteña a finales del siglo XVIII. Su tía, la Condesa María Ignacia de Velasco Tagle Bracho, compró la propiedad en 1804 y plantó los primeros olivos y frutales que hoy, más de dos siglos después, siguen en pie custodiando el jardín.


Durante los veranos de la época colonial estos jardines eran el escenario de magníficas tertulias, en las que se tocaba el clavicordio y bailaban danzas como el minué o el paspié. Las jóvenes Barquin, famosas por su belleza, recibían a los pretendientes más distinguidos de la sociedad en lo que era uno de los retiros más seductores de la ciudad virreinal. Aquel pasado de aristocracia y encuentros sociales quedó impregnado en la tierra que hoy pisan los visitantes del restaurante.
Décadas más tarde, entre 1920 y 1924, el arquitecto Martín Noel construyó el palacio actual para él y su hermano. A diferencia de la tendencia francesa dominante en la época, Noel se inclinó por el estilo neocolonial, inspirándose en la arquitectura barroca española y las tradiciones de Lima y Cusco.

El diseño del jardín, aunque integra especies americanas como el ombú y el palo borracho, mantiene la esencia del "hortus conclusus" andaluz con sus senderos de ligustrinas, bancos de mayólicas y cerámicas de Talavera de la Reina. Hoy, esa mezcla de pasado virreinal y arquitectura americanista del siglo XX ofrece el marco perfecto para este café que permite, por unas horas, habitar la historia más elegante de Buenos Aires.







