El operativo judicial y policial que derivó en el rescate de 9 hermanos, muchos de ellos menores de edad y jóvenes con discapacidades múltiples, en la provincia de Santiago del Estero, conmocionó a todos los vecinos del departamento de Figueroa. Es que de acuerdo a las fuentes, los chicos sufrían a diario explotación sexual y violencia dentro de su propio entorno familiar.
Cuál es el estado de salud actual de los hermanos rescatados
El horror se apoderó de los efectivos de la División Trata de Personas y las fiscales Yésica Lucas y Vanina Aguilera, quienes encontraron a las víctimas al trasponer el umbral de ese rancho precario en el paraje El Cruce.
El estado de salud de los nueve hermanos rescatados, indicaron los investigadores, no es solo un diagnóstico médico; es la prueba viviente de un sadismo que se extendió por años bajo un pacto de silencio familiar que hoy, por fin, se hizo trizas.

Desde el primer contacto, los funcionarios quedaron en estado de shock ante la fragilidad de los cuerpos que tenían enfrente. El dato que más circuló en los pasillos de la justicia santiagueña fue aterrador: rescataron a dos menores que, a pesar de su edad, apenas pesaban 30 kilos.
Esta desnutrición no era producto de la pobreza extrema, sino de un desprecio sistemático por la vida. Mientras en una habitación cerrada con candado se escondían colchones nuevos sin estrenar, los chicos dormían en camas "peladas", con el elástico de metal marcándoles las costillas o directamente sobre el suelo frío, cubiertos apenas por una frazada raída.
La radiografía del abandono se vuelve aún más oscura al analizar a los hermanos con discapacidad. De los nueve rescatados, tres presentan cuadros de salud mental y motriz gravísimos. Uno de ellos, un joven de 26 años, es el símbolo máximo de este calvario: es ciego, mudo y padece un retraso mental severo.
Lejos de recibir el cuidado que su condición exigía, su cuerpo era utilizado como blanco de descargas de odio. Los investigadores confirmaron que los adultos de la casa le propinaban feroces golpizas por todo el cuerpo, aprovechando su absoluta imposibilidad de defenderse o siquiera pedir ayuda a gritos.

El horror no terminaba en la piel. Las marcas físicas encontradas por los peritos médicos en las víctimas incluyen lastimaduras y moretones en ambos extremos de la clavícula, consistentes con castigos físicos perpetrados con cuchillos y palos.. Incluso, se encontraron indicios de esclavitud moderna: "hallaron a una persona discapacitada atada a una cama" al momento de irrumpir en la vivienda.
Eran tratados, según las crudas palabras de los voceros de la causa, "como animalitos", grabados con celulares por pura diversión mientras eran vejados, todo bajo el influjo del alcohol que el jefe de familia exigía como moneda de cambio para "entregar" a sus hijas.
El daño psicológico es, quizás, la herida más profunda y difícil de sanar. Los menores rescatados mostraban un nivel de sometimiento que aterró a los psicólogos de la DINAF. "Los menores miraban siempre a los adultos. Es decir, pedían permiso para responder", relataron los peritos, una señal inequívoca de que el miedo y la obediencia fueron inoculados a base de terror y violencia sexual.
Muchos de los hermanos, además, habían sido retirados de la escuela, privándolos de cualquier contacto con el mundo exterior que pudiera alertar sobre el infierno que vivían.
Apenas terminó el operativo, que duró más de cinco horas, la urgencia mandó. Dos de las víctimas debieron ser internadas de inmediato debido a cuadros críticos de deshidratación y desnutrición severa. El resto fue trasladado a la capital de Santiago del Estero, donde un "enorme engranaje judicial" que incluye ginecólogos, psiquiatras, asistentes sociales y médicos clínicos trabaja sin descanso para estabilizarlos.
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