A las 6:50 de la mañana, cuando todavía hay veredas medio vacías y el día apenas empieza a acomodarse, León Darío Sipes ya está en movimiento: enciende el bondi estacionado en el barrio porteño de Parque Patricios, lo deja “calentando” unos diez minutos y se prepara para lo que, en su mundo, funciona casi como la rutina de un colegio. Solo que acá no hay mochilas ni guardapolvos: hay colas que se agitan, correas que suenan, y un coro de ladridos que se activa con la misma puntualidad que un timbre.

Su servicio se parece a un jardín de infantes. Pasa a buscar a cerca de 40 perros, los lleva a “clases” —una mezcla de actividades físicas con juegos y socialización animal— y después devuelve a cada uno a su casa.

En una charla con GENTE, León, de 33 años y con diez en este trabajo, cuenta que lo moviliza fuertemente su amor por los animales y la conexión que siente con ellos: "Es importante la salida del perro, porque encerrado se estresa. Imaginate nosotros en la pandemia: un par de días que nos quedamos encerrados y nos volvimos todos locos. Un perro no puede estar todo el día entre cuatro paredes... necesita ir al parque, olfatear, jugar, oler".
Su relación con los perros empezó como la de tantos otros chicos que querían una mascota. Por muchos años no logró su objetivo hasta que de grande y ya con trabajo llegó a su vida Morocha, junto a quien entendió la responsabilidad de sumar un animal a su familia. En aquel momento hizo los primeros cursos de adiestramiento, y al poco tiempo se animó a sacar a pasear, junto a sus mascotas, a los perros de amigos, dando los primeros pasos en la actividad que lo define en la actualidad.

Hoy León no saca a pasear 5 ó 10 perros, maneja una manada. Y esa manada se sube a un colectivo preparado para que viajen cómodos, con una correa que funciona como cinturón, un pasillo libre en el medio y espacio para acostarse. Él camina por ahí como si fuera el preceptor de un curso difícil, mirando señales, anticipando roces, leyendo energías. Y si hay un instante en el que algo se está por salir de control, hay una palabra que corta el aire: “¡Silencio!”. Lo notable es lo que sucede después: los perros obedecen y se callan. No es magia, es una combinación de método, vínculo y repetición.
“Toretto”: el perro “pastor” de la manada
En el medio de toda la manada, hay un perro gigante que no lleva correa, y no solo eso, sino que la organiza, junto a León, como si fuera parte de una coreografía de líderes. Se trata de Toretto —perro de Sipes e hijo de Morocha—. Él lo presenta con orgullo, casi como quien muestra a un compañero de trabajo: “Este es mi perro Toretto, mi socio. Él me da o no el ok sobre si un perro nuevo se puede sumar al grupo. Veo su lenguaje corporal, lo sé leer, y así puedo tomar o no a un nuevo integrante de la manada. La vez que no le hice caso, ¡salió todo mal!".

—¿Qué sucedió esa vez?
—Yo intento ayudar a todos, pero hay perritos que lamentablemente no... como que no pueden formar parte del grupo porque son muy agresivos o desequilibran esta armonía que pude lograr. Capaz que al principio por buscar la plata o el mango contesté 'uh sí, un perro nuevo'. Y mientras su dueño me decía 'mirá que es un bombón', Toretto se daba cuenta de que no debía aceptar. No le hacía caso y quizá después terminaba lastimando a un perrito con el que estaba todo bien. Y así perdí dos perros, el nuevo y el mordido. Y perdí también la armonía del grupo... Yo priorizo eso siempre, que el perro vuelva entero.
De caminar con amigos a hacer un “micro escolar” para mascotas
La historia de León como paseador no nació con el colectivo. “Soy paseador de perros hace 10,12 años. Empecé con los perritos de mis amigos en 2015”. Al principio caminaba. Después lo fueron recomendando. “Veían los resultados en sus perros”, cuenta. Y con ese crecimiento llegaron dos cosas: más trabajo y más necesidad de especializarme. “Fui aprendiendo tomando más cursos de adiestramiento canino y pidiéndoles recomendaciones a diferentes colegas”. La manada empezó a formarse de a poquito, con el boca en boca como motor y la experiencia como principal escuela.

"Se fueron sumando perros de diferentes zonas. Entonces a pie no llegaba y tuve que poner el auto como el cani-móvil —un Volkswagen Gol que vuelve al ruedo cuando el colectivo tiene algún problema—. Lo fui adaptando para perritos. Le saqué las butacas, le puse colchonetas para perros y bueno, y los iba atando al cinturón de seguridad", detalla sobre la primera experiencia con las mascotas sobre ruedas. En el medio de ello surge otro capítulo emocional: León adoptó un San Bernardo —hoy fallecido—, que terminó convirtiéndose en la cara de su pequeña empresa.

Y entonces llegó el punto de no retorno: más y más perros, más familias, más pedidos. “Y en un momento de que aparecían más y más perritos dije, ¿qué hago?, me compro un bondi y bueno, y me compré un colectivo”. No suena impulsivo: suena a respuesta ante un problema real. León cuenta que veía “muchas vueltas con el transporte animal” en servicios públicos y que su objetivo era ayudar a familias que no tienen tiempo de sacar a pasear a sus perros. Ahí entra su servicio: pasar a buscar, llevarlos a jugar y devolverlos cansados y tranquilos.
La adaptación del colectivo también tuvo etapas, prueba y error. “Al principio era un escolar común con sus asientos, y los perritos iban allá arriba. Algunos sobrer los asientos, otros preferían el piso”. Pero esa disposición no terminaba de funcionar para una manada en crecimiento. Entonces León decidió modificando: “Fui enfrentando los asientos. Los hice como unas cuchas, pero terminaban ocupando mucho espacio, así que saqué todo”. Y ahí aparece la versión final: espacio para ir acostados, pasillo del medio libre y perros atados en los extremos con las correas que funcionan como medida de seguridad.

A eso se sumaron accesorios que marcan una diferencia con colegas: pecheras de colores llamativos que abrigan en invierno e identifican a cada perro con su nombre y los datos del paseador (en caso de cualquier inconveniente). También correas del mismo color para evitar confusiones con otros grupos de perros.
En ese interior cada perro también “elige” su lugar. No es un detalle menor: se trata de una manada, forzar posiciones puede generar tensión. León lo cuenta con seguridad de oficio: “Hay algunos que ya van sentados juntos. O se ubican ellos, y donde se sientan cómodos les pongo su correa/cinturón”. Primero la comodidad, después la sujeción. Primero el lenguaje del animal, después la regla del humano.

Aunque en otro momento León llegó a ampliar los recorridos del colectivo de perros a gran parte de la Capital, actualmente concentra su trabajo en los barrios de la zona sur, más precisamente Parque Patricios, Boedo, San Cristóbal y zonas aledañas. El punto central del paseo se encuentra en Parque Ameghino, donde utiliza uno de los caniles de la ciudad para una parte de las actividades, y luego por toda la zona de pastizales, antes de volver cada uno a su hogar.
Hay algo muy urbano y, a la vez, muy íntimo en esa logística: no es solo un trayecto de calles, se trata de una red de casas, llaves y confianza. “Sin exagerar —remarca— me manejo con la llave de casi todos mis clientes… Es confianza. Te confían a un ser muy preciado que tienen en la casa”. Esa frase, en el fondo, define su trabajo tanto como el colectivo: más que pasear perros, administra confianza.
Las técnicas para sumar nuevos perros y que se lleven bien
La convivencia no es “natural” ni se produce por arte de magia: se construye. "Cuando entra un perro nuevo, surge un proceso" cuenta León. “Existen varias formas. Una progresiva y otra que se llama 'inundación'. Yo me sé todas las técnicas, pero hay que ver cuál es más efectiva para cada perro”.

Y después confiesa su preferida, la que llama "inundación": cuando llega un perro nuevo, le abre la puerta, el dueño se queda afuera, y él lo hace caminar alrededor del canil “unas tres-cuatro vueltas” a ritmo rápido. Mientras tanto, los otros perros van detrás, olfatean, reconocen. “El ritual de presentación es ese”, explica. La manada, en movimiento, se presenta sin quedarse fija frente a frente, evitando ese choque directo que puede encender tensiones.
En medio de la entrevista con GENTE pasa algo que vale por mil explicaciones: al iniciar un coro de ladridos por algún estímulo, surge un natural grito de “silencio”, los perros obedecen y León sigue hablando. Esa secuencia muestra lo que él dice que logra: subir la energía para que corran, jueguen con objetos —gomas, cosas para morder— y después bajar la intensidad para volver tranquilos. Exacerbar y regular: dos habilidades igual de necesarias.

Y cuando la “inundación” no corresponde —por ejemplo en cachorros o perros extremadamente miedosos—, León acude a otra forma: la presentación progresiva con los más tranquilos. No hay dogma: hay lectura del caso. La palabra que repite, sin decirla, es criterio.
—¿Cuál es el momento favorito, el más lindo, de tu trabajo? -le consultamos al cierre del reportaje.
—Cuando los perros se encuentran adentro de sus casas y saben que estoy llegando. Conocen los horarios y empiezan a ponerse como locos cuando se avecina el momento y se transforman cuando lo hago. ¡Quieren subirse al bondi! Y no sabés lo que es el coro las últimas dos cuadras antes de llegar al parque... Todos quieren ser el primero en bajar al parque. Es ahí donde hay que mantener la calma. Es hermoso, sí, pero necesitás saber manejar la armonía y laburar fuerte en momentos bien arriba, para que nadie se lastime.
Redes y video: Juan Rostirolla
Edición de video: Rocío Bustos
Fotos: Tomás Bodean.


