“Somos compañeritos de pieza”, dicen entre risas mientras se presentan a cámara, mirándose con una complicidad que no necesita explicación. Julio Medina (86) y Lindaura "Lila" Angulo (89), no solo comparten 64 años de matrimonio: comparten una vida entera atravesada por el amor, el esfuerzo y una pasión que todavía hoy los mantiene de pie detrás del mostrador de su fábrica de Pastas Conde, en Colegiales.
La escena es tan real como conmovedora. No hay poses ni preparación previa: cuando GENTE llega al local en una tarde de otoño, ellos están en plena jornada laboral. La harina cubre cada rincón, los estantes están llenos de cajas, las máquinas lengendarias, algunas con más de un siglo, siguen en movimiento, y el aroma de los rellenos invade el ambiente. Lila arma capeletis sin detenerse, con una técnica manual impresionante que construyó con los años, mientras Julio guía el recorrido con orgullo.
"¡Prueben, prueben!", insiste, con un tenedor en su mano con carne, tierna, jugosa, y con una receta secreta que ahora prepara su hijo Luis, quien se incorporó al negocio hace unos diez años. Y a la par, corta trozos del mejor queso, porque insiste en la importancia de darle productos de calidad a sus clientes. Todo sucede al mismo tiempo: producción, historia, emoción y carcajadas.

De ese pequeño espacio salen cada día más de 150 cajas de pastas. Pero más allá del volumen, lo que impacta es la energía que mantienen después de tantos años, pero también el amor. "No todo fue color de rosas", advierte él. Construyeron todo desde cero. Hubo tiempos difíciles, de cajones de verdulería usados como muebles y comidas al "fiado". Pero también hubo una certeza que nunca cambió: “El trabajo es mi religión. No puedo estar sin hacer nada. ¡Jamás!”, dice, con una convicción que atraviesa generaciones.
Mientras hablan, el negocio sigue funcionando. Su hijo Luis arma cajas, los clientes esperan que sean las 17 horas para ir a comprar, y en las paredes conviven reconocimientos con fotos familiares. Los nietos -mellizos- también están presentes en cada relato: uno sueña con ser ingeniero, otro combina música y boxeo. Y para Lila, hay un elogio que lo resume todo: “Abuela, sos la mejor cocinera del mundo”, lo que le dibuja una sonrisa enorme en su rostro.
En su fábrica, la variedad es tan amplia como la tradición que los respalda. Los ravioles, especialmente los de pollo y verdura, junto con los de ricota y carne, son de los más elegidos, mientras que los fideos al huevo en todas sus formas acompañan el ritmo diario del mostrador. También preparan especialidades más elaboradas como capeletis y sorrentinos, estos últimos hechos con molde de hierro y una dedicación casi artesanal, además de canelones, agnolotis y lasañas.

Pero si hay un día clave, es el 29: los ñoquis de papa, más pequeños que los tradicionales, se convierten en protagonistas absolutos y se agotan sin excepción. El local abre de martes a sábado de 9 a 13 y de 17 a 20, y los domingos de 9 a 13, manteniendo intacta la esencia de un negocio de barrio donde cada cliente cuenta.
Una historia de amor que nació casi de casualidad y se consolidó con los años
Se conocieron cuando tenían 21 y 23 años, en una salida casi casual. Pero para Julio fue inmediato el flechazo: “Me vio, me agarró la mano y nunca más me soltó”, recuerda Lila. Y no es metáfora. Aún hoy caminan tomados de la mano, duermen así, y él recuerda con precisión el vestido que ella llevaba aquel día: “Uno negro con florcitas chiquititas rojas”, dice muy seguro, como si solo hubiesen pasado días. Y ella le responde con una sonrisa cómplice.
Nacido en la provincia de Santiago del Estero, él trabaja desde sus 9 años. A los 14 llegó a Buenos Aires, dispuesto a comenzar una nueva vida, llena de responsabilidades y sacrificios a su corta edad, pero que hoy, al mirar atrás, le genera satisfacción. Ella es de Tucumán. Trabajó durante años en el sector de la costura y confección.

Pero fue en Luján que los presentaron. "Yo trabajaba con una chica en un lugar donde hacían cinturones y un día me dice: '¡Vamos a Luján y vamos a vernos con un amigo!'", y ese amigo era él. "En cuanto me vio me agarró la mano, y resulta que lo habían llevado para esa chica y yo no sabía nada", agrega Lila sin poder evitar las risas.
-¿Qué encontraste en Lila que nunca más la soltaste?
-Julio: El compañerismo y que se las bancó todas conmigo, en las buenas y en las malas.
No todo fue color de rosas, así lo afirman mientras se explayan a contar cómo se convirtieron en el equipo perfecto dentro y fuera de casa, cuando no todo salía tan bien en lo económico. Aunque hoy, fiel a su humor, recuerdan todo con una carcajada de por medio. En un momento Julio estaba atravesando un mal momento laboral, y Lila fue su sostén. "Yo trabajaba y ganaba bien. Entonces yo mantenía la casa. Aparte éramos muy unidos uno para el otro. No había distancia de nada", expresa.
De inmediato a él se le viene a la mente un instante, que aún lo moviliza: "Un día llego al mediodía, trabajaba horario cortado y me encuentro con un mueble de carpintería. Eran dos cajones de manzana, uno puesto arriba del otro, con un platón, un tenedor y una cuchara". Y ella dice orgullosa: "Era para sacarle fotos al placard que me hice (risas). Ahí tenía la pava, los platos, los cubiertos... Fui a la verdulería y pregunté si los tiraban y si me los podía llevar, y me dijeron: 'Sí señora, llévelos'".

-Tuvieron épocas difíciles, pero por lo que cuentan, supieron sortear todos esos obstáculos y mantener su humor.
-Julio: Sí. Por ejemplo, a veces no nos alcanzaba a los dos trabajando para poder comer bien. Y entonces ella había conocido a un señor que tenía un kiosco ahí y le pidió al fiado un picadillo. La fiesta que nos hicimos con ese picadillo (risas). Por eso le digo, no es que todo fue color de rosa, pero gracias a Dios hoy vivimos re bien.
-¿Después de tantos años juntos, qué se dirían mirándose a los ojos?
-Lila: yo le voy a decir que es un negro fiero (risas) y que lo quiero con toda el alma. Yo siempre le digo que es un negro. "Mi negro" le digo. Y él me dice: "¿Por qué elegiste un negro si sos blanca?". (Risas)
-Julio: Siempre se lo digo: "Sos la más linda de todas". Desde que la conocí se lo digo. Ese es el respeto que tengo con ella, que para mí es fundamental.
-Lila: Yo fui el regalo de cumpleaños cuando nos casamos. Él cumplió el 3 de mayo y me casé el 5 de mayo. Así que mirá los años, el regalo. Para toda la vida.

-Julio: Cuando mis hijos hicieron la primera comunión eran 37 familias. ¿Sabés cuántos vivían juntos? solo tres, el resto, eran todos separados. Cuando nosotros recién empezamos, dormíamos en tablas, en esa tarima que está en el mostrador, porque vivíamos lejos y no podíamos ir y volver. Hacíamos una linda siesta, buscábamos lo mejor de todo, para seguir adelante.
-Lila: Hoy en día, las parejas no hacen este sacrificio. Muy difícil.
-¿Y cómo se sostiene ese sacrificio?
-Lila: Respeto. Respeto antes que nada.
Trabajar desde los 9 años, mudarse a Buenos Aires y construir el negocio familiar
A pesar de la edad, ninguno de los dos piensa en retirarse. Los intentaron convencer, pero la respuesta siempre fue la misma. Trabajar no es una obligación: es su motor, su rutina, su identidad. No necesitan alarmas para despertarse bien temprano y abrir el local a diario, como hace más de 45 años, a las 9 horas -aunque llegan mucho antes para preparar todo, en especial, los días festivos-. Incluso se niegan a implementar servicio delivery: el cara a cara con el cliente es parte esencial de su historia ¡y no falta la sonrisa al recibirlos!
El trabajo nunca fue una opción para Julio: fue, desde siempre, una forma de vida. De chico ayudaba a su familia en todo lo que podía, quedó huérfano de padre a los 9 años, y a los 14 años tomó una decisión que marcaría su destino: dejar su tierra natal para probar suerte en Buenos Aires. La ciudad lo recibió con oficios duros y jornadas largas. Puso piedras bajo los durmientes del ferrocarril, fue lavacopas, hizo el servicio militar y hasta incursionó en el rubro metalúrgico, siempre con la misma convicción de salir adelante con esfuerzo.

El camino no fue lineal, pero sí constante. Su llegada al mundo de las pastas se dio cuando consiguió trabajo como cadete en una fábrica. Sin embargo, la suerte parecía jugarle una mala pasada: al poco tiempo, el lugar cambió de dueños y su puesto quedó en riesgo. Lejos de quedarse sin trabajo, alguien decidió tenderle una mano y lo recomendó para trabajar en una cocina donde duró 9 años. "Ahí aprendí todo el oficio. Primero en la cocina, el mostrador y las máquinas. Las máquinas fue lo más bravo, hasta que le agarré la mano", se sincera.
Sin saberlo, ese giro inesperado sería el comienzo de una historia que, años después, lo encontraría al frente de su propia fábrica. Primero, hizo un alianza con un compañero para comprar un fondo de comercio, y con el tiempo, cada uno tomó su camino y llegó su templo familiar.
El 2 de abril de 1982 abrió Pastas Conde, junto a su mujer. Hoy están en Conde al 730, y los acompaña su hijo Luis, que dejó su carrera como ingeniero en sistemas para sumarse al negocio. “Fue la mejor decisión”, aseguran. Él es hoy un pilar, pero también el testigo de una pasión que sus padres se niegan a abandonar.
Ni siquiera los golpes de la vida lograron frenarlos. Hace unos años, Julio sufrió un accidente trabajando y perdió parte de un dedo. Lila, por su parte, fue operada de ambos hombros. Sin embargo, hoy se sienten plenos. Cuando se les pregunta por el secreto de su vitalidad, no dudan: “Estamos así gracias a las pastas (risas) y a la vida sana. Nunca fumamos ni bebimos alcohol”.

-¿Se toman vacaciones?
-Julio: Durante todo enero cerramos, pero ya no nos vamos a ningún lado. Ya estamos grandes. Antes nos íbamos en verano a Santa Teresita, todos los años.
-¿Y qué hacen ese enero sin estar trabajando?
-Lila: Estamos en la casa, tomamos un mate, nos levantamos a cualquier hora (risas).
-Julio: Sí, nosotros tenemos la ventana del comedor a la calle y del dormitorio, así que no hace falta espiar para afuera. Ahí sentados vemos todo y tomamos mate.
-Trabajan desde muy chicos, ¿Por qué seguir haciéndolo aún hoy con su edad?
-Julio: Porque el trabajo para mí es una religión. Yo no puedo estar sin hacer nada. Que lo digan ellos. Yo cuando recién vine a Buenos Aires le pedí trabajo a un español y me dijo: "Yo no te puedo tener acá porque sos menor de edad." Pero si vos querés, yo salgo de tutor. Me llevó a la comisaría que estaba cerca ahí y me tuvo de tutor. Y el día que me tocaba el servicio militar me dijo: "Medina, cuando usted quiera volver tiene la puerta abierta”. Siempre trabajé y lo seguiré haciendo hasta que no pueda más.

-¿A qué hora arrancan a diario?
-Lila: Ellos vienen más temprano, a las seis, seis y media. Y días festivos por ahí mucho antes. Yo vengo un poquito más tarde, a veces siete y media, o a las ocho.
-¿Y se toman una pausa durante la jornada?
-Lila: No, no. Seguimos trabajando, hasta cortar e ir a casa a hacer la comida y comer. No dormimos ni siesta, porque no hay tiempo.
-Julio: Los días lunes si, que no trabajamos y descansamos.
-¿En algún momento durante todos estos años pensaron en cerrar?
-Julio: Por voluntad propia no. Pero, en algún momento un señor tenía interés en el negocio y se ofreció a comprarlo. Nosotros ya estábamos grandes y no podíamos seguir solos, él me ofreció una sociedad. Entonces le dije a Luis (su hijo): "Te doy la última oportunidad. Tomate un mes y si te gusta, te quedás". Aceptó y el primer mes el negocio le dejaba mucha más ganancia que su trabajo en relación de dependencia en sistemas y hace 12 años que está en el negocio.
-Han contado que en sus comienzos vendían poco, que fue un proceso, ¿Qué sienten hoy al ver que salen más de 150 cajas por día?
-Julio: Todos los días hacemos ravioles, arriba de 150, todos los días, de martes a domingo. El domingo hacemos más o menos unas 200 o 300 cajas y cuando nos vamos ya no queda nada.
-Lila: Es una satisfacción estar en la puerta cuando nos vamos, me doy vuelta y miro la heladera vacía. ¿Sabés qué bien, no?

-¿Cuál creen que ha sido el ingrediente secreto para tener tanto éxito en la fábrica?
-Lila: Lo que vos dijiste: secreto (risas). Y la sonrisa siempre, claro. Esté enojada o no, una sonrisa al cliente.
-Julio: Hacer buena mercadería, todo el secreto es ese, buena mercadería y buena atención al público. Cuando veo que viene una persona medio seria ¿sabés lo que hacemos?, vamos, cortamos un pedacito de queso para que pruebe. Hay un cambio total (risas). Esa no falla. Y siempre les digo: "Señor o señora", pero no de "vos", eso no.
-Lila: Yo tampoco tuteo a ninguno. A los pibes sí, pero a las personas mayores no, siempre "usted", "usted señora", "usted señor".
-Y los 29, el día de los ñoquis, supongo hay mucha fila.
-Julio: ¡Sí!, es una locura. Hacemos 150 kilos para que tengas una idea.
-Lila: Un día 29 me acuerdo que venía la gente y un señor dijo: "¿A qué hora voy a salir de acá?", porque estaba hasta la esquina la cola. En serio, daba vuelta hasta la esquina, todos esperando por sus ñoquis, que yo ni enterada estaba de la cola porque atendía, atendía, atendía… Él haciendo ñoquis y yo ahí, gasté a la tarima caminando de un lado a otro, vendiendo (risas). Viene gente de lejos, hasta de Luján han venido.

Domingos de mesa larga, mucha pasta y risas en familia
Los domingos son otro ritual sagrado. La familia se reúne alrededor de una mesa larga donde nunca faltan las pastas. Su otro hijo vive en Canadá desde hace mucho, aunque lo tienen muy presente, pero con Luis y sus hijos, disfrutan cada cierre de semana.
“Hay una mesa larga siempre con tres ollas de pastas, pero disfruto de hacerlo. Y hago dos tipos de salsa: de carne y de pollo”, cuenta Lila. Los nietos, protagonistas de cada encuentro, tienen sus favoritos: “A mis nietos les encanta que les haga empanadas. Me dicen: ‘Abuela, sos la mejor cocinera del mundo’”.
Cada uno tiene su preferencia. “Yo prefiero los fideos con salsa de carne. A él le gustan los canelones y las lasañas. Le gustan los sorrentinos, para él los sorrentinos son sagrados. Se come hasta ocho sorrentinos”, dice ella. Julio no duda: “Yo prefiero la pasta rellena… y me llevo canelones los domingos con salsa blanca sola”.
-¿Qué sienten al ver a su hijo Luis también involucrado en el negocio y que lo que construyeron con tanto esfuerzo seguirá como legado familiar?
-Julio: Tenerlo aquí es una compañía bárbara. Siempre todo es: "Luisito, Luisito". Hasta los clientes, le gastamos el nombre. (Risas)

Entre risas, recuerdos y trabajo, la vida de Julio y Lila sigue escribiéndose día a día. No hay planes de retiro, ni ganas de parar. Porque para ellos la edad no es un límite, y el amor y el trabajo son lo mismo: una rutina compartida, un compromiso familiar y una forma de seguir alimentando la pasión por lo que hacen.
Video: Luna Figliuolo.