Mientras su apellido remite a establishment y política, la estética de Florencia Macri, hija del fallecido empresario Franco Macri, insiste en otra narrativa: nocturna, contracultural, deliberadamente incómoda. Su reaparición en el cumpleaños de Gaby Álvarez confirmó algo que ya era evidente desde sus años en Miami: Florencia no “adopta tendencias”; las usa como declaración de independencia.

En la foto del evento –donde aparece junto al propio Álvarez y la modelo Chloé Bello– el look de la directora de cine y hoy diseñadora sintetiza con precisión quirúrgica esa identidad visual que viene construyendo hace años: hoodie negro con capucha levantada (gesto clásico de invisibilidad urbana), remera gráfica con impronta grunge, mini falda intervenida con calaveras y portaligas, y bucaneras con moños que mezclan tendencias del dark coquette, fetish kawaii y goth punk.

Nada está puesto “porque sí”. Ese cruce entre goth, punk y street es exactamente lo que vuelve reconocible su estilo incluso cuando cambia de ciudad, de escena o de década.
No hay glamour aspiracional ni guiños a la elegancia clásica del jet set argentino; hay, en cambio, una construcción deliberada de outsider chic que dialoga más con Berlín o el downtown neoyorquino que con Barrio Parque. Las botas altas con herrajes, las medias con lazo visible y la gráfica rockera no son nostalgia dosmilera: son statement.

Las fotos en Instagram de la hija menor de Mauricio Macri refuerzan esa lectura. Pelo rosa lavado, musculosa blanca mínima, rosario de plástico y mangas de piel sintética en tono pastel: ahí aparece otra capa de su lenguaje estético. Siempre con su postura antiestablishment, además de postulados punk, ensaya sus buenos looks a pleno romanticismo indie.

Hay además un gesto interesante en su styling actual: la renuncia total al mandato del “apellido”. En vez de negociar con la sobriedad esperable de su origen familiar, radicaliza su diferencia con cualquier cosa ajena que puedan asociar al clan familiar. Eso explica por qué su estética funciona como marca personal antes que como simple elección de vestuario.

Desde su etapa en Miami –cuando abrió su tienda conceptual vinculada a la cultura vintage, el diseño alternativo y la curaduría de objetos con identidad– Florencia consolidó una sensibilidad muy específica: la ropa pensada como manifiesto. Ese ADN aparece intacto en su última aparición pública. Lógicamente no hay concesiones ni atisbos de aggiornarse al ritmo social porteño, y mucho menos de encajar con las vidrieras de las revistas.

En un ecosistema donde casi todos buscan parecerse a alguien más –o replicar caras y clonar gestos–, la hermana rebelde de Mauricio sigue pareciéndose únicamente a sí misma.


