La noticia llegó el viernes a la mañana y recorrió el país en minutos. Carlos Alberto Solari (1949-2026), el Indio para todos, murió en su casa del barrio Parque Leloir, en Ituzaingó. Tenía 77 años. La Unidad Funcional de Instrucción N°2 de ese partido dispuso las actuaciones de rigor y la causa fue caratulada como "averiguación de causales de muerte". No se señalaron causas ajenas al Parkinson, enfermedad que lo había acompañado durante una década.
Su última aparición ante el público no fue en un escenario. Fue un mensaje grabado, enviado desde la distancia, en enero pasado en el Aula Magna de la Facultad de Medicina de la UBA. La universidad le otorgó ese día el Doctorado Honoris Causa –la distinción más alta de esa casa de estudios– en reconocimiento a más de cinco décadas de trayectoria y a su lugar en la cultura popular argentina. Él no pudo estar, pero sí su voz.

"Quería agradecerles, tanto al rectorado como a todos aquellos que han impulsado esta distinción, que a mí me pone muy feliz. Le agradezco a la Universidad de Buenos Aires y a quienes les parece bien que yo merezca esta distinción. Les mando un gran abrazo y muchas gracias", dijo. Eso fue todo. Con la misma economía de palabras con la que siempre habló cuando hablaba.
Afuera del Aula Magna, en Plaza Houssay, cientos de personas siguieron la ceremonia en pantallas gigantes. Gaspar Benegas, guitarrista de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, recibió en su nombre el diploma y la medalla. Luego tocó diez canciones con un octeto de cuerdas. Fue un recital sin el Indio que de todos modos fue suyo.
El diagnóstico y el retiro: "El Indio ya cumplió su tiempo"
En 2016, Solari confirmó públicamente que padecía Parkinson. En 2017 se retiró de los escenarios. Dos años más tarde, en 2023, en una entrevista con la radio española Mariskal Rock, habló de cómo sobrellevaba la enfermedad: "Es lo que hay, hay que darle batalla. Me maltrata menos que a otra gente, porque uno tiene la posibilidad de hacerse tratar de la mejor manera, pero va progresando". Ese mismo año publicó nuevo material y dejó en claro que no volvería a actuar en vivo. "El Indio ya cumplió su tiempo", dijo.
Su último álbum de estudio había sido El ruiseñor, el amor y la muerte (2018), el quinto junto a Los Fundamentalistas. En febrero de este año, sus allegados desmintieron por Instagram que hubiera sufrido un ACV, y aclararon que se estaba sometiendo a chequeos de rutina.
Su última entrevista
La última vez que el Indio habló en profundidad ante una cámara fue en octubre de 2024, en una entrevista de más de una hora con Pedro Rosemblat para el canal de streaming Gelatina. Nadie sabía entonces que esa conversación se convertiría en testamento. Hoy, con su muerte, esa charla es documento histórico.

Habló de la vejez sin eufemismos –"la vejez es una cagada, yo no sirvo para viejo"– y del Parkinson con la misma honestidad con la que había hablado de todo lo demás durante cincuenta años.
Pero también dejó constancia de que la creación no se había detenido: "Hacer canciones es lo que me mantiene vivo. Es casi probable que haga una canción por día". Y cerró con una frase que hoy resuena de otro modo: "Lo único que podría pasar es que esta enfermedad sea muy dañina y de pronto uno decida viajar con el bondi vacío".
También habló de política y con la posición de siempre, sin matices de ocasión –"la gente no se da cuenta de que el diablo se caga en su nariz"– y deslizó que estaba trabajando en una película con el escritor Marcelo Figueras y en un posible streaming grabado "de a poco, sin apuro". Sobre el escenario, el lugar que el Parkinson le había quitado, dijo lo que sus fans ya sabían pero necesitaban escucharle decir: "El lugar más lindo y seguro del mundo que tuve fue el escenario. Es un lugar maravilloso".
El legado: su ética y las misas ricoteras
Nacido el 17 de enero de 1949 en Paraná, Entre Ríos, Solari se mudó de niño a La Plata, ciudad que lo formó y a la que siempre volvió en espíritu. En 1976, junto a Skay Beilinson, fundó Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, banda que se convirtió en fenómeno de masas y en una de las expresiones culturales más singulares del rock argentino.
A principios de los noventa, cuando Patricio Rey empezó a llenar estadios, su público se convirtió en protagonista de encuentros litúrgicos: así nació el concepto de las "misas ricoteras", donde cada quien era parte indispensable de esa comunión. La separación de la banda, en 2001, no hizo menguar el culto del boca en boca: lo multiplicó. Y sí, con su distintiva cultura autogestiva, el Indio hizo historia dentro de la industria como nadie.
El vicerrector de la UBA, Emiliano Yacobitti, lo definió en mayo como "un artista que hizo de la originalidad una ética" y como alguien que construyó "uno de los lazos más intensos entre un músico y su comunidad en la historia cultural del país". Cuando esas palabras se pronunciaron, el Indio ya era Doctor Honoris Causa. Hoy es historia.
