Transcurrió una década desde la edición número 2631 de GENTE en la que él se encaminaba a los 65 años ya convertido en leyenda. Tal cual: si la carrera de Gustavo Alfredo Santaolalla hubiese terminado tras aquella entrevista, hoy, a sus 75 recién cumplidos, estaríamos hablando de una leyenda. Pero no, por fortuna, o porque los dioses de la música siguen queriendo sorprenderse con sus eclécticos acordes y del desestructurado sentido de la inspiración que lo acompaña desde su década de edad, el caballero de Ciudad Jardín, Palomar, zona oeste bonaerense, radicado desde julio de 1978 en Los Ángeles, California, sigue de gira. Ahora con su Roncoco Tour. Una especie de homenaje a lo que fue y es y, acaso, el mejor aperitivo para lo que será, ya que el por ahora barbado artista (¿cuál será su próximo look?) no tiene pensado dejar de sorprender. Tal como lo podremos comprobar en "aquella entrevista" que ahora -respetando pelos y señales- replicamos. Porque, claro, hay historias que merecen seguir contándose una y otra vez...


"SENTÍ QUE SUPERADOS LOS 60 PIRULOS LLEGABA UN BUEN MOMENTO PARA COMENZAR A DESANDAR MI CAMINO"
"Éste es un momento especial de mi vida -señalaba a este periodista en diciembre de 2005, mientras presentaba su álbum Qhapaq Ñan, a partir del cual comenzaba a desandar parte de su largo y fructífero camino recorrido en la música-. Me han pasado un montón de cosas en los últimos quince años. He recibido varios reconocimientos importantes que, como todo, me los sigo tomando con soda, pero bueno, ¡están! Algo fuerte. Y siguen viniendo premios. Acabo de recibir el del Film Fest Ghent, en Bélgica, a la Canción Original, por The Apology Song, de la película El libro de la vida. Yo no me caracterizo por usar mi tiempo mirando lo que hice o logré, pero siento que superados superados los sesenta pirulos llegaba un buen momento para comenzar a desandar mi camino, pensar en lo que hice y enfocarme en lo que deseo hacer a partir de ahora", le confesaba a GENTE el inicio de una etapa que en la actualidad, cuando los flamantes proyectos se lo permiten, sigue honrando.

–¿En cuántas etapas dividiría esos 64 cumplidos el 19 de agosto? ¿Niñez y adolescencia? ¿Arco Iris? ¿La partida a los Estados Unidos? ¿De Ushuaia a La Quiaca? -le consultábamos en los tiempos que corrían.
–Sí, en ésas, resaltando mis comienzos como productor en Norteamérica, si bien ya había hecho en Argentina el primer disco de León (León Gieco, 1973). Me parece relevante la década internacional produciendo entre otros a Molotov, Café Tacvba, Juanes, Maldita Vecindad, Los Prisioneros, Fobia, Bersuit Vergarabat, Caifanes, Julieta Venegas, Jorge Drexler, La Vela Puerca, Arbol, Puya... Un trampolín que antecedió a mi arribo al mundo del cine.

–Quizá el reconocimiento personal menos imaginado...
–Sucede que yo paré un largo tiempo, poniéndome al servicio de otra gente. Me corrí de la luz cenital. Dediqué mi talento a impulsar la carrera de otros. Por eso, humildemente, me siento partícipe del éxito de muchos a quienes nadie conocía y han vendido millones de discos, y también de generar una movida de rock en español y de nuestra música alternativa que no existía en el mundo. Claro, en el medio de la vorágine de trabajar para otros no me quedaba resto para promocionar lo mío. Si bien por aquellos tiempos había editado tres discos propios (Santaolalla, 1982; GAS, 1995, y Ronroco, 1998), no pude salir de gira ni los toqué en vivo. Me faltaba tiempo. Estaba consumido con producciones ajenas. No obstante, en un momento dado, como si se tratara de algo accidental, alguien los escuchó y la luz volvió a caer sobre mí. El director Michael Man puso mi música en El informante (1999), Alejandro González Iñárritu en Amores perros (2000) y 21 gramos (2003), y Walter Salles en Diarios de motocicleta (2004). Y una cosa fue llevando solita a la otra. Lo loco es que he producido más de cien álbumes de artistas pero, ¿vos creés que alguno me ha dicho alguna vez: “Loco, escribamos una canción juntos” o “Me gustaría interpretar un tema tuyo”? No.
Mi primera canción, una chacarera picaresca, la compuse a los 10. Por aquellos tiempos también escribí otra en inglés. Después llegaron los Beatles y ahí nomás supe qué quería hacer el resto de mi vida”
–¡¿No?!
–Nunca. El único artista que grabó una canción mía fue León –No existe fuerza en el mundo– y con los únicos que escribí fue con Divididos, Dame un limón. Nunca. Y yo jamás lo quise, vale admitirlo. Prefería que los artistas fueran otros. Sin embargo la cosa volvió, como un búmeran, señalando: “Bueno, ahora te toca a vos de nuevo”. Así, cuando escribí mi primer tema (A Love That Will Never Grow Old/Un amor que nunca envejecerá) para una película (Secreto en la montaña, 2006), ¡me gané el Globo de Oro! Hice la canción que no escribí en cien álbumes y la clavé en el ángulo. Y la onda expansiva continuó, aunque por ahí igual escuchaba... “pasa que Santaolalla es un tipo con mucha suerte”.

–¿Hay gente que lo dice?
–Algunos lo decían, pero después de uno, cinco, ocho, 14, 17 Grammy, dos Oscar, dos BAFTA, un Golden Globe, ya no pueden repetirlo. Entonces surgió otra frase...
–¿Cuál?
–“Te quedó bien, eh”. Y las cosas no “te quedan” bien, se hacen bien o no. Yo me rompí el culo laburando desde los 13 años en la música, y nada me resultó casual. Sólo faltaba alguno que me mandara: “Vos te tenés que dedicar a esto”.

–Cuenta que se entrega a la música desde los 13. Anímese a ir todavía más atrás, recuérdenos el primer tema que oyó.
–Uff, difícil. En casa se escuchaba bastante y variado. Mis viejos compraban discos. Yo a los tres años ya bailaba desenfrenadamente. Iba al Colegio San Pablo, de Hurlingham, y me encendía con El Club del Clan, Paul Anka, Neil Sedaka. Sí, viene a mi mente la primera canción que compuse, a los 10. Una chacarera picaresca dedicada al cura de mi Ciudad Jardín, El Palomar: “Señores, / en la parroquia / hay un cura muy ladino, / uno pasa por la puerta / y lo convida con vino”. Por aquellos tiempos también escribí otra en inglés, I Don’t Know (No sé). Todavía se la banca. Podría editarla de nuevo. Mejor no te paso la letra (risas). Bueno, después llegaron los Beatles y ahí nomás supe qué quería hacer el resto de mi vida. A los 15 me di cuenta de que no servía lo de cantar en inglés, y me puse a componer de verdad en castellano. Así hice Canción para una mujer y Lo veo en tus ojos, de mi primer single, publicado en 1969 por Arco Iris.

–Antes de avanzar, una pregunta casi obligada: si sus padres (Orfelia y Alfredo) no hubiesen comprado discos ni invadido la casa de música, ¿su actualidad sería otra?
–Papá además cantaba cuando se afeitaba, y mamá delataba un excelente oído. Aunque a los 10, 11, 12 empecé yo a comprar los discos, siento que mi destino en la música era inevitable, inexorable, una predestinación. Ocurre que poseo algo muy marcado, de conexión, entre el sonido y mis oídos. La música era mi sendero.

–Sendero que continuó en Arco Iris, contaba.
–Verdad. Desde 1968.
Yo paré un largo tiempo, poniéndome al servicio de otra gente. Por eso, humildemente, me siento partícipe del éxito de muchos a quienes nadie conocía y han vendido millones de discos, y de generar una movida de nuestra música que en el mundo no existía”

–... Guiados por una hermosa modelo ucraniana radicada en Buenos Aires, llamada Danais Winnycka (Dana). ¿Es cierto que por aquella época, a la vez que presentaban desde Arco iris una fusión con ritmos folclóricos, se abocaron a una especie de misticismo hippie, cumpliendo la inversa del rockero tipo: “Nada de sexo, droga y rock and roll”? Bueno, de rock, un poco.
–Completamente. Entre los 18 y los 24 yo no tuve relaciones sexuales, no tomé alcohol, no comí carne, ayunaba una vez por semana, construí mis propios muebles, como la cama, la mesa... Ya de pibe había querido ser cura, pero a los 11 sufrí una crisis espiritual –ningún episodio raro con un sacerdote, advierto–, y me separé de la Iglesia. Para la época en la que los Beatles se metieron con el Maharishi (seudónimo de Mahesh Prasad Varma, el gurú religioso de la India fundador del movimiento Meditación Trascendental) conocimos a Dana, doce años mayor que yo. Nos enganchamos. Yo mantuve una experiencia alucinante y una relación de pareja sin... De hecho, del tantra aprendí sobre la regeneración de la energía sexual, lo que me serviría bastante en el futuro (lanza su legendaria carcajada disfónica). Lo de Dana, que falleció en 2003, debió ser menos tiempo, pero fue el tiempo que debió ser. No me funciona la cuestión del arrepentimiento. Si hay algo que está mal, se corrige... Sacamos seis discos. Me fui en 1975 y fundé la banda Soluna, en la que cantaba Mónica (Campins), mi ex mujer, la madre de mi hija mayor.

–Desde que resolvió correrse del sendero místico en adelante, ¿se desquitó, experimentó lo contrario?
–Fue pendular. Transité mis momentos de exceso, pero ocurre que yo tengo una consigna: Todo con moderación, incluida la moderación. Algunos a veces se pasan de rosca para uno u otro lado. No soy de esa idea. Mi vieja acaba de cumplir 95 años, y hasta hace poco fumaba su puchito y se tomaba un whiskito. Pretendo llegar a su edad pudiendo imitarla. Tengo amigos que se pasaron tanto que terminaron en Alcohólicos Anónimos y a la fecha no pueden tomar ni aire. Jamás quise llegar a eso con la droga ni con nada. No soy ningún santo, reconozco, aunque sé mis límites y, sobre todo, me considero una persona de gran disciplina. Dado vuelta no puedo hacer tanto como lo que hago. Hay un momento para prender un fuego y pintarse la cara, para ponerse en pelotas, para bailar, para cantar, para coger, para intoxicarse, pero que si convertís los excesos en un hábito, ahí se te complica.
"INCLUSO RADICADO AFUERA, MI TRABAJO DEMUESTRA QUE SIEMPRE SE BASÓ EN MI LIGAZÓN CON MI PAÍS, MI REGIÓN, MI LATINOAMÉRICA"

–¿Y también se le complica cuando le piden que se defina? ¿Músico, compositor, productor? ¿Cómo le gusta que lo llamen?
–“Artista” abarca la variedad en la que me muevo desde la música.
–¿Cuál es el secreto de esa música que tanto lo subyuga?
–El corazón. La música tiene línea directa con el corazón y la cabeza. No sé por dónde pasa primero; lo que sí sé es que tal conexión, en mí, siempre es más fuerte desde el corazón.
Alguna gente decía: ‘Pasa que Santaolalla es un tipo con mucha suerte’. Pero después de uno, cinco, ocho, 14, 17 Grammy, dos Oscar, dos BAFTA, un Globo de Oro, ya no pueden repetirlo. Entonces surgió otra frase: ‘Te quedó bien, eh’”
–¿Cuántos instrumentos toca?
–Más o menos bien, el ronroco y la guitarra (la primera me la regalaron mis padres a los cinco años; atesoro una linda colección). Y me encanta, me genera una excitación increíble tocar los instrumentos que no sé tocar. Yo te hago música con lo que me llegue a las manos.
–Transitadas las primeras etapas de su vida, arribamos a los tiempos que corren -le mencionábamos una década atrás-. La última estación, luego de los EE.UU., ¿será volver a Argentina? -decidimos preguntarle.
–Intento pensar que mi centro de operaciones está en dos lugares. Me sigue siendo útil permanecer en Los Ángeles. Paso bastante tiempo en mi país; regreso tres, cuatro veces por año. Estoy bien involucrado con Argentina, como para sentirla cerca y no extrañarla. No existe en este momento el pensamiento de radicarme en algún lado, porque tampoco me siento radicado en USA. Hace veinte años que vivo en la misma casa de Echo Park, al noroeste, cerca de Silver Lake. Cuando llegamos para habitarla con mi mujer (Alejandra Palacios) y mis hijos (Don Juan, Luna y Ana), pertenecía a un barrio común, que ahora se convirtió en la zona más vanguardista e hipercool de la ciudad. Aparte, sigo teniendo a dos cuadras mi estudio, donde grabé tooooodo lo mío.

–Nos quedamos con la frase: “Me sigue siendo útil permanecer en L.A.”. ¿Por qué?
–Me vino y me viene bien para el tipo de educación disciplinada que recibí. En nuestro país somos más enquilombados. Acá la organización y el profesionalismo resultan notables. Aparte, hay estadounidenses con una concepción global, que entienden a América como un continente, no como su país. Me ha servido instalarme, porque viviendo en Argentina no podía haber hecho lo que hice. Sin embargo nunca corté el cordón umbilical. Mirá Qhapaq Ñan...

–Regresamos al inicio de la nota.
–Desandamos el camino (risas)... Armamos un equipazo dirigido y guionado por Andrés Cuervo, con la dirección de fotografía de Nicolás Richat, secundado por Juan Chillón y Sebastián Pereyra, para recorrer el tramo argentino del Camino del Inca (nace en Cuzco, Perú, y termina en nuestro Cuyo), a lo largo de seis mil kilómetros que incluyen a las siete provincias que lo componen (Mendoza, San Juan, La Rioja, Catamarca, Tucumán, Salta y Jujuy), concluyendo en Bolivia, para sumergirnos en la red caminera del Tahuantinsuyu (en quechua, “Qhapaq Ñan”; en castellano, “camino del rey”, “del poderoso” o “camino del inca”). Se trata de un sistema de enormes distancias que vinculaba a las ciudades importantes de la costa y de la sierra declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO, en junio de 2014.
Trato de pensar que mi centro de operaciones está en dos lugares. Me ha servido instalarme en Los Ángeles, porque viviendo en Argentina no podía haber hecho lo que hice. Sin embargo, nunca corté el cordón umbilical”

–Una tarea inédita a la vez para usted, que si bien interviene con su música, además conduce y produce.
–Seguro que inédito. Y persiguiendo, además, una manera inédita de contar lo que experimentamos: desde la sabiduría de los habitantes y la grandiosidad de los paisajes, hasta la belleza de las hormigas y los escarabajos, recorriendo el legado histórico que dejaron las antiguas civilizaciones del continente, intentando alejarnos del estilo de magazine abundante en datos, y dándole cabida a un estilo sensorial, sensual, que motive al espectador a viajar y conocer cada lugar. Hablamos de una serie de cuatro capítulos de media hora que nos requirió tres meses de preproducción, veinte días de filmación y otros noventa de montaje. Lo trascendente es que además de transmitirlo por TV Pública y Canal Encuentro lo llevaremos a colegios y universidades del país, el continente y el mundo, y se extenderá en un libro de fotos (que sacó Nicolás Pousthomis), en una exposición y en un compacto de Sony que saldrá el 8 de enero... Bueno, yo resido en California, pero mirá por dónde anda mi cabeza. Ya en la época de Arco Iris difundía nuestras raíces e identidad. Mi interés por este mundo me nació de muy chico. Y hoy, incluso radicado afuera –como lo venimos hablando– mi trabajo demuestra que siempre se basó en mi ligazón con mi país, mi región, mi Latinoamérica.

–Parece que le sigue gustando desafiar al sistema.
–Exacto. Vengo haciendo una bocha de cosas que han marcado las estructuras de nuestra música, y me las han financiado desde Norteamérica. O sea que aunque les molesta a ellos, las pagan ellos (se despide Gustavo a pura carcajada disfónica).

Fotos: Archivo Atlántida ([email protected]), redes sociales de G.S.
y cortesía de Telefe
Infografía: Gemini Notebook
Cobertura de Archivo: María Luján Novella (113903-8464)





















































