Así es la vida de la maestra que evitó una tragedia en el aula, se enamoró de la escuela pública y hace 20 años no se saca el guardapolvo: "Me considero legendaria" – Revista GENTE
 

Así es la vida de la maestra que evitó una tragedia en el aula, se enamoró de la escuela pública y hace 20 años no se saca el guardapolvo: "Me considero legendaria"

Andrea Amalfitani lleva dos décadas de entrega a la educación: hoy reparte 44 horas semanales entre el nivel primario y los adultos que terminan el secundario. En charla con GENTE, la docente de Ramos Mejía repasa cuánto cuesta –en tiempo, en plata y en cuerpo– sostener un aula pública en la Argentina y cuenta si, a pesar del esfuerzo y la vulnerabilidad que viven sus alumnos, el Día del Maestro puede considerarse uno feliz.
Actualidad
Google Logo

Seguí a Gente en
Google

En el fondo de un terreno de un barrio trabajador de techos bajos de Ramos Mejía, después de cruzar un jardín poblado de suculentas y un cantero de diversas especies, está la casita de Andrea Amalfitani. En la cocina tiene un pequeño altar con estampitas de la Virgen; en la puerta, imantadas, conviven una foto de su hija Azul y otra del gender reveal de su nieto, Vicco Giovanni; en el mueble del televisor apagado, budas de distintos tamaños. En la heladera, además, está imantada una pizarra que no está rebalsada de fechas. En la casilla del día 11, escrito con marcador, las dos palabras que resumen cada una de sus jornadas desde hace veinte años de vocación, entrega y resistencia: Mi día.

La "seño Andre" –como reza su mate– es maestra de nivel primario en una escuela de Ramos de jornada completa y, los lunes por la noche, da clases en el programa FinES a adultos que no terminaron el secundario. GENTE fue a visitarla por el Día del Maestro para reconstruir cómo es un día en la vida de una enseñante como ella, conocer la realidad que mejora, saber cuánto cuesta –en tiempo, en dinero y en energía vital– sostener un aula pública en Argentina a pesar de la precarización y preguntarle qué la hace hoy un poquito más feliz.

Día del Maestro-Andrea Amalfitani
Día del Maestro. GENTE visitó a Andrea, una docente y psicopedagoga con 20 años de trayectoria, que relata su experiencia en la educación pública y explora la complejidad de su labor.

El mapa diario: de la alarma a las 5.50 a la caminata de regreso a su casa para disfrutar del silencio

–¿Cómo es la vida de una maestra como vos, que tiene doble turno, que trabajá en inicial y también en secundario?

–El día a día arranca supertemprano. Todos los días me levanto a las 5:50 para llegar puntual a la escuela a las 8 –contó Amalfitani–. Soy maestra del nivel primario y trabajo en una escuela de jornada completa. Ahí permanezco 8 horas y los lunes trabajo con adultos que no concluyeron el secundario y desean hacerlo, participando de un programa que se llama FinES. Ahí damos distintas materias conforme a mis títulos pertinentes.

"Soy una seño de 20 años de antigüedad y he pasado por distintas cosas, la actualidad atraviesa distinto y nos ocupamos de cosas que por ahí antes no sucedían. Hacemos un trabajo asistencial, no solo educativo", asegura Andrea Amalfitani.

Sus dos grupos –con los que suma 44 horas semanales de enseñanza–, aclara, no podrían ser más distintos entre sí y a la vez comparten algo esencial: ambos están terminando una etapa. En primaria le da clases a los chicos de sexto grado; en FinES, a los de tercer año. "Tengo estudiantes que tienen 19 años y chicas de 70 que las amo, son un amor. Es un grupo hermoso", describe. Eso sin contar con que lo suyo es el pluriempleo también en ventas: vende zapatos online bajo su propia marca, Andre GM. Ella misma diseña y fabrica las botas que también se hicieron para aguantar horas y horas parada.

–¿Qué es lo primero que hacés al llegar a tu casa después del colegio?

–Camino de la escuela hasta casa, que son 25 cuadras, y busco el silencio, la verdad –dice mirando el verde del jardín, que mantiene religiosamente como pasatiempo, mientras nos ofrece otro mate–. Necesito estar un rato tranquila, conectando un poco con la pausa, porque el trabajo docente es absolutamente intenso.

Esa caminata, explica, funciona como una bisagra entre dos mundos que en su vida nunca terminan de separarse del todo. "Soy una seño de 20 años de antigüedad y he pasado por distintas cosas, la actualidad atraviesa distinto y nos ocupamos de cosas que por ahí antes no sucedían. Hacemos un trabajo asistencial, no solo educativo", resume orgullosa la profe que hoy vive sola y disfruta de la paz que diseñó en su refugio, allí donde tiene todo lo que necesita.

Cuando falta el diagnóstico y sobra la vulnerabilidad: "No podés cruzar la puerta y olvidarte; el guardapolvo está siempre"

La semana, cuenta, había arrancado con una reunión del Equipo de Orientación Escolar, esos encuentros donde directivos, equipo de orientación y docentes ponen en común las trayectorias más complejas de sus estudiantes. "No puedo revelar exactamente de qué se trata, pero por supuesto abordamos las distintas trayectorias, y estas distintas trayectorias están acompañadas por situaciones particulares que hay que atender de cerca", explica.

–¿Qué problemáticas son las que más golpean a los chicos y donde vos tenés que poner el cuerpo?

–Las aulas siempre fueron heterogéneas, pero ahora se visualizan y acompañan distintas cuestiones de vulnerabilidad que pueden ser económicas, de salud o de condiciones muchas veces no diagnosticadas. Y ahí es donde los maestros nos quedamos un poco sin herramientas porque no estamos capacitados para acompañar de la manera adecuada.

Amalfitani es, además de maestra, psicopedagoga, algo que ella misma describe como "un plus" frente al aula. Pero aclara que esa formación extra no es la norma entre sus colegas: "No todas las docentes tienen a lo mejor esa capacitación para poder detectar ciertas cosas. Si sucede, es más de oficio que por la capacitación que se recibe".

"El guardapolvo está siempre", asegura Andrea. Y es literal, cuenta que muchas veces no se lo saca hasta que se acuesta.

La soledad de las familias que tienen que salir a trabajar

"Que los papás o las familias –me gusta hablar de familias– no pueden acompañar porque tienen que trabajar de lo que surja, y a lo mejor todo tiene que resolverse en la escuela", detalla al ser consultada acerca de las coyunturas que impactan en las dinámicas actuales con los chicos. "No está esa posibilidad de decir 'bueno, lo continuamos en casa' o la familia que acompaña, porque realmente tienen que salir a trabajar para obtener lo del día a día. Y a veces estamos muy solos, no contamos con ese apoyo, no por falta de voluntad, sino porque no es posible en la mayoría de los casos", profundiza Andre.

–¿Cómo trabajás, en lo personal, con todo lo que te toca acompañar hace 20 años?

–En realidad es muy difícil. Yo creo que, a diferencia de otro trabajo, vos no podés cruzar la puerta y olvidarte. Te lo llevás a tu casa, están las conversaciones con tus familiares; sobre todo nosotros que somos una familia de docentes. Mi hija es docente, mi yerno es docente… es un tema que siempre está sobre la mesa.

Fuera del horario escolar, comparte, las familias siguen escribiendo y sus estudiantes adultos siguen necesitando una devolución. "No podemos mirar hacia otro lado", plantea, antes de sintetizarlo con una imagen que repite hace años entre colegas. "No es algo que te podés sacar como el guardapolvo y ya. El guardapolvo está siempre, siempre. Y la responsabilidad también", dice sin vueltas.

En números, esa responsabilidad se traduce en 8 horas diarias, 40 horas semanales, más el turno de los lunes en FinES: 44 horas semanales frente al aula, sin contar las que se llevan a upa las tardes de corrección, planificación y trámites que exceden ese horario. "Muchas veces planificamos fuera del horario escolar o nos traemos hojas para corregir o distintas tareas administrativas y sí, muchas veces las traemos a casa, nos acostamos tarde y nos levantamos muy temprano", señala.

Precarización: un sueldo inicial de $800.000 y todo lo que sale de ahí

–¿Cuáles son los números reales que gana un maestro hoy?

Un maestro que recién comienza gana un poco más de 800.000 pesos –precisa Andrea–. También depende de la situación personal, porque para una familia que tiene hijos, o que alquila y paga todo lo que sabemos, realmente no es mucho.

Con 20 años de antigüedad como los suyos, ese número puede llegar a ascender a un millón 600 mil pesos, "un poco más, un poco menos, depende de la situación de cada uno". Pero la precarización, aclara, no se mide solo en el bruto del recibo: "Estamos precarizados, pero no solo en sueldo, sino en recursos, porque además de mantenernos con ese sueldo, de ese salario salen muchas cosas para la escuela: material didáctico, arreglos de aulas, de mobiliario, regalitos para los estudiantes para que tengan momentos especiales en el año, fotocopias, bibliografía…".

Ese porcentaje que se va en sostener el aula, asegura, varía según el momento del año y no siempre entra en la planificación económica de una familia. Las horas de FinES, las clases de los lunes, son un capítulo aparte: "Me sumé por vocación, diría yo ya a esta altura, porque realmente entre viáticos y demás el sueldo no justifica demasiado. Pero me encanta la experiencia, me encanta trabajar con adultos".

Contención en casos límite: colectas, medicación y un abrazo que evitó lo peor

–¿Te tocó acompañar alguna situación particularmente difícil?

–Tenemos un montón de situaciones vividas, abordadas y acompañadas desde lo humano. Es difícil, pero me lo voy a permitir –se anima Amalfitani–. Tuvimos estudiantes con problemas de salud severos en donde hicimos muchas acciones para que puedan acceder a la medicación, o tuvieron situaciones económicas en las que no llegaban a fin de mes e hicimos colectas para que puedan acercarse a la canasta familiar. También tuvimos un estudiante que estuvo a punto de poner en riesgo su vida y lo acompañamos y abrazamos fuerte, y no sucedió. Tenemos estudiantes que sufrieron violencia de género… diversas situaciones muy difíciles y ásperas en las que tuvimos que dejar de lado todo lo aprendido y desplegar redes y sostenes nuevos para acompañar.

Ese desgaste, admite, no es solo físico: "A poco de comenzar el año, ya nos sentimos en diciembre. El cansancio se percibe cada vez más año tras año, porque se nos piden muchísimas cosas, la demanda es altísima. El cuerpo es uno, la cabeza es una, y uno llega a todo, pero llega dejando mucho". Por eso tiene acompañamiento psicológico: "Creo en la terapia porque es algo que elegí hacer hace muchísimos años. Si no creería en eso, no creería en lo que hago".

Evaluaciones estandarizadas y la inteligencia artificial que "no llega a todas las realidades"

Con el país todavía procesando su peor resultado histórico en las pruebas PISA –que mide la capacidad de los jóvenes para usar sus conocimientos para la vida real–, Amalfitani ofrece una lectura que atraviesa su rutina diaria: la del sistema que evalúa parejo a chicos que aprenden distinto. "Las evaluaciones que envían son estandarizadas, y nosotras vivimos haciendo proyectos individuales porque respetamos las trayectorias educativas y los tiempos de aprendizaje de cada uno. No todos aprenden de la misma manera, no todos resuelven de la misma manera y no todos alcanzan los contenidos de la misma manera", sostiene.

Andrea analiza con otras variables el resultado del informe que indica que el 59,6% de los estudiantes argentinos se encuentran en el nivel bajo a nivel lecto comprensión.

En sus aulas conviven estudiantes con proyectos de inclusión y acompañantes terapéuticos –"los más afortunados", aclara– con otros que ni siquiera cuentan con el diagnóstico que necesitarían, porque sus familias no pueden pagar terapias particulares ni gestionar un Certificado Único de Discapacidad. "A nosotros se nos exige un diseño curricular pensado por personas que a lo mejor nunca atravesaron un aula", plantea.

Sobre la inteligencia artificial, es igual de directa: "Es un nuevo paradigma, pero que no llega a todas las realidades. Prioritariamente tenemos que fomentar a estudiantes que puedan comprender lo que leen, básico. Después viene la alfabetización digital, porque no es una obviedad que todos sepan utilizar distintos dispositivos. La realidad es que no".

Sus alumnos manejan el celular con soltura, indica, pero muchos no saben usar una computadora ni el Word. Y reflexiona: "Para llegar a adquirir y después utilizar la inteligencia artificial, tenés que tener un pensamiento crítico que pueda discernir qué es lo que te sirve y lo que no".

Un dibujo y el mejor regalo del Día del Maestro

–Lo primero que se me vino a la cabeza fue un dibujo que me pintaron de color marrón, y le dije: "Sos el primero que me pintó realmente con el color de mi piel". Y eso me encantó, porque en general no sucedía.

En su escuela nadie la llama seño ni profe: le dicen Andre. "No lo tomo como una falta de respeto, es mi forma", subraya. Ese apodo viene siempre acompañado de otra cosa. "Me dicen: 'Andre, gracias porque me escuchaste', 'Andre, gracias por esto'. La reciprocidad en lo afectivo no tiene que ver con lo material en sí, tiene que ver con el 'wow, soy esto para estas personas'", resalta Andrea. Y, consciente de la importancia que tiene en tantos, suelta: "Es impresionante lo que generamos en el otro, para bien o para mal. Es mucha la responsabilidad. Ahí es donde lo disfruto y lo abrazo, esos son los mejores regalos, de verdad".

"Detectamos situaciones más por oficio que por capacitación", reflexiona Andrea en el jardín de su casa en Ramos Mejía, en provincia de Buenos Aires.

De Diseño de Imagen y Sonido al Estado: la vocación que llegó tarde y se quedó para siempre

La docencia, relata, no fue su primera elección. Había empezado a estudiar Diseño de Imagen y Sonido cuando, a los 23 años, fue mamá de Azul. Mientras cuidaba a su hija y acompañaba al papá de la nena, que estaba terminando el profesorado, algo se le reveló: "Yo lo acompañaba haciendo sus trabajos y dije: 'wow, esto me encanta, ¿cómo no se me ocurrió?'". Esperó a que Azul empezara el jardín, estudió, se recibió –fue su propia hija, muy chiquita, quien le entregó el diploma– y después llegó la psicopedagogía. "Un amor tardío, pero llegó para siempre", define.

Crió sola a Azul durante una etapa mientras daba clases en el Instituto French de Ramos Mejía, donde trabajó 15 años hasta que, en plena pandemia, la institución presentó una quiebra fraudulenta y dejó en la calle a todo el personal docente y de maestranza, desde nivel inicial hasta secundario. Allí perdido le quedó ese entrañable dibujo con el color verdadero de su piel.

"Tuve que salir a buscar trabajo inmediatamente porque justamente estaba a cargo de mi hija. Volqué todas mis horas en el Estado y me enamoré del Estado. Dije: '¿por qué no antes?'. Y acá estamos todavía", relata. "Cuesta porque tenemos que trabajar en aspectos que a lo mejor no son inherentes a nuestro rol, sin embargo es sumamente gratificante el vuelto", dice agradecida.

Los institutos terciarios de formación docente cierran carreras por falta de aspirantes, advierte, y cada vez son menos los que eligen este camino. Frente a ese panorama, Andrea Amalfitani no duda en cómo se define: "Me considero de esas maestras legendarias, de las que realmente lo sienten de vocación, porque si no, no podés". ¿Es un día feliz el que se celebra hoy? "Sí, es un día feliz porque el ida y vuelta con los chicos realmente me hace feliz. Todo lo demás lo podemos pensar, pero mi mundo es el aula, y lo que yo dejo ahí y lo que puedo transformar ahí es lo que hace que ese día sea realmente feliz", asegura.

En vísperas a su día, nos hizo llegar uno de los mensajes que recibió en una hoja número 5 decorada con corazones y lunares: "Seño Andrea: gracias por dedicar su vida a tratar de hacernos cada vez mejores. ¡Feliz Día! Te queremos mucho, tus alumnos de 6to".

Apertura: Darío Alvarellos. Edición de video: Candela Casares.


 
 

Más Revista Gente

Vínculo copiado al portapapeles.

3/9

Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipisicing elit.

Ant Sig