"Mamá, todos tienen": cómo nació el movimiento de familias para retrasar el primer celular – Revista GENTE
 

"Mamá, todos tienen": cómo nació el movimiento de familias para retrasar el primer celular

Luciana Schwartz es mamá de cuatro hijos y cofundó Manos Libres, una iniciativa que ya reúne comunidades en más de 100 colegios de Argentina y Uruguay.
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La frase se repite cada vez más temprano en miles de hogares: “Mamá, todos tienen, ¿por qué yo no?”. Para muchas familias, la llegada del primer celular con acceso a internet se convirtió en un desafío que va mucho más allá de comprar un dispositivo. La presión de los compañeros, el temor a que los chicos queden afuera y las dificultades para establecer límites hacen que la decisión sea cada vez más compleja.

En ese contexto nació Manos Libres, un movimiento impulsado por madres y padres que buscan postergar el acceso al primer smartphone y construir acuerdos colectivos para que sus hijos no sientan que son los únicos sin teléfono.

La iniciativa fue creada por Luciana Schwartz, coach ontológica y mamá de cuatro chicos de 12, 10, 8 y 4 años, junto con Elena Griolli. Lo que comenzó como una conversación entre familias de un colegio se transformó en una comunidad con presencia en más de 100 instituciones educativas de Argentina y Uruguay.

Luciana Schwartz, mamá de cuatro hijos y cofundadora de Manos Libres, impulsa una iniciativa que busca retrasar la entrega del primer smartphone hasta los 14 años.

“Cuando una familia decide esperar sola, el chico siente que es el único sin celular y los padres sienten que lo están dejando afuera. Esa presión es casi imposible de sostener”, explicó Luciana. La propuesta, entonces, es que varias familias de un mismo grado tomen la decisión en conjunto para que el clásico argumento de “todos tienen” deje de ser un obstáculo.

Un mensaje en el chat de padres que reunió a 300 familias en apenas dos horas

La historia de Manos Libres comenzó hace poco más de dos años, cuando uno de los hijos de Luciana cursaba tercer grado. En el chat de padres del colegio, un papá compartió información sobre una iniciativa surgida en Inglaterra: un grupo de familias se había organizado para postergar la entrega del primer celular hasta los 14 años, inspirado en parte por el libro La generación ansiosa, de Jonathan Haidt.

Al final del mensaje, el padre preguntó si alguien quería sumarse. Luciana no lo dudó. “Re, juntémonos, te ayudo y lo armamos”, le escribió por privado. Dos horas después, más de 300 familias del mismo colegio ya formaban parte de un grupo de WhatsApp.

“Ahí me di cuenta de que no era una inquietud mía. Era algo que muchísimas familias sentían en silencio y estaban esperando que alguien se animara a decirlo”, recordó.

El movimiento Manos Libres ya tiene comunidades en más de 100 colegios de Argentina y Uruguay, donde las familias se organizan para postergar el acceso de sus hijos al celular.

La preocupación no había surgido de un único episodio, sino de pequeñas situaciones cotidianas. En su casa, las pantallas parecían ganarle a cualquier otro juego. Cuando llegaba el momento de apagar los dispositivos, aparecían los enojos y las discusiones, seguidos de una frase conocida por muchos padres: “Me aburro, no tengo nada para hacer”.

Fuera de casa, la situación tampoco era diferente. Luciana observaba que los recreos dejaban de ser espacios para jugar, que en las pijamadas los chicos podían pasar tiempo juntos mirando sus teléfonos y que, incluso en los restaurantes, las pantallas ocupaban buena parte de la atención de grandes y chicos.

“En algún momento sentí con mucha fuerza ese ‘ahora es así’. Y me pregunté: ¿de verdad no hay nada que yo pueda elegir?”, contó. Esa pregunta se convirtió en el punto de partida de una decisión familiar y, posteriormente, de un movimiento colectivo.

Dos horas sin celular: otra forma de vivir la preadolescencia

Uno de los momentos que más marcaron a Luciana ocurrió cuando varias madres organizaron una salida al shopping para sus hijos, incluido el mayor, que tiene 12 años y cursa primer año de secundaria.

Los chicos fueron sin celulares. Las madres les dieron dinero en efectivo y los dejaron recorrer el lugar durante un par de horas, con la posibilidad de entrar a los locales, probar perfumes, tomar algo y comprar en el kiosco.

La experiencia terminó siendo mucho más significativa de lo que esperaban. Cuando regresaron, los chicos estaban entusiasmados y hablaban todos al mismo tiempo sobre lo que habían hecho. En el camino de vuelta, el hijo de Luciana le dijo una frase que ella todavía recuerda: “La pasé bárbaro, porque todos estaban ahí, presentes”.

Para la mamá, ese comentario resume el espíritu de Manos Libres: recuperar experiencias propias de la infancia y la adolescencia, fomentar la autonomía y permitir que los chicos compartan momentos sin que una pantalla interrumpa constantemente la interacción.

Una salida al shopping sin teléfonos dejó una experiencia inolvidable para los hijos de varias familias: los chicos disfrutaron de recorrer locales, conversar y compartir tiempo juntos sin pantallas.

La propuesta no consiste en rechazar la tecnología, sino en decidir cuándo incorporarla y qué lugar debe ocupar en la vida familiar. Luciana sostiene que un smartphone ofrece herramientas útiles, pero considera importante tener en cuenta la edad y la capacidad de los chicos para manejar sus funciones, sus contenidos y los estímulos permanentes de las aplicaciones.

Por eso, en lugar de plantear una pelea entre tecnología y crianza, propone abrir conversaciones sobre lo que los dispositivos aportan y también sobre las experiencias que pueden desplazar.

El acuerdo de Manos Libres: celular a los 14 y redes sociales a los 16

El movimiento propone un compromiso voluntario entre familias: esperar hasta los 14 años para entregar el primer smartphone y hasta los 16 para habilitar el acceso a las redes sociales. No se trata de una obligación de comprar un teléfono al cumplir determinada edad, sino de un acuerdo para no adelantar esa decisión y atravesar el proceso acompañados por otras familias.

La diferencia es importante. Cuando varios compañeros comparten el mismo límite, disminuye la sensación de exclusión y se vuelve más sencillo sostener la decisión sin que cada hogar tenga que enfrentarse por separado a la presión del grupo.

El acuerdo también busca preparar a los padres para una etapa en la que surgen nuevas preguntas: si el celular puede llevarse al colegio, si se permite durante las pijamadas, dónde debe cargarse por la noche y qué reglas se aplicarán durante las comidas o las reuniones familiares.

Para acompañar esas conversaciones, Manos Libres elaboró una guía destinada a las familias que se acercan a la edad acordada y necesitan definir criterios comunes.

Según la encuesta Kids Online Argentina 2025, realizada por Unicef y Unesco, la edad promedio para recibir el primer celular con acceso a internet se ubica entre los 9 y los 10 años.

La iniciativa también ofrece una respuesta a quienes todavía no se animan a plantear el tema en los chats escolares. Luciana contó que una madre preocupada por la cuestión temía convertirse en “la mamá spam” si proponía discutir el uso de los teléfonos. Desde el movimiento la alentaron a crear un grupo, incluso si al principio estaba sola. Con el tiempo, se sumaron familias de distintos grados y sedes de la misma institución.

“Dicen que para criar a un niño hace falta una aldea. Esa aldea se desarmó, y cada familia quedó sola frente a algo enorme”, reflexionó Luciana. Para ella, reconstruir esa red de acompañamiento es uno de los objetivos centrales de la comunidad.

Qué dicen los datos sobre el uso de celulares y redes sociales en la infancia

La preocupación de las familias también se vincula con los datos sobre el acceso temprano a los dispositivos. Según la encuesta Kids Online Argentina 2025, realizada por Unicef y Unesco, la edad promedio en la que los chicos y las chicas reciben su primer celular con conexión a internet se ubica entre los 9 y los 10 años.

Además, los datos de una encuesta de Unicef y Unesco realizada en 2024, citados por la iniciativa, señalan que el 80% de los chicos utiliza redes sociales todos o casi todos los días. Entre quienes tienen de 9 a 11 años, el porcentaje que las usa diariamente alcanza el 58%.

El acceso temprano también plantea interrogantes sobre la exposición a contenidos inadecuados y los contactos con desconocidos. Según los mismos datos, el 47% de los chicos encuestados había visto contenido sexual en internet, en muchos casos sin haberlo buscado.

Luciana menciona entre sus principales preocupaciones el grooming, las apuestas online, la comparación constante en las redes y las dificultades para interrumpir el uso de videojuegos y aplicaciones.

Sin embargo, la discusión no se limita a contar cuántas horas pasan los chicos frente a una pantalla. También importa cómo utilizan los dispositivos, qué actividades dejan de hacer y si el uso interfiere con el descanso, el movimiento, el juego y los vínculos presenciales.

En las charlas que Manos Libres organiza en los colegios, Luciana observa que algunos adolescentes empiezan defendiendo el uso del celular, pero luego comparten experiencias que muestran sus propias dificultades para desconectarse. Uno de ellos contó que se acostaba con la intención de mirar el teléfono “un ratito” y terminaba descubriendo que eran las cuatro de la mañana.

“Papá, quiero que me escuches con los ojos”: el desafío también es para los adultos

Para Luciana, retrasar el primer celular no alcanza si los adultos no revisan sus propios hábitos. La crianza digital también implica preguntarse cuánto espacio ocupan los teléfonos en la vida de los padres y qué ejemplo reciben los chicos.

“¿Cómo les vamos a pedir que no usen el smartphone mientras comemos, si nosotros no podemos esperar a terminar de comer para mirar un mensaje?”, planteó.

En su casa, la familia comenzó con cambios concretos. Luciana compró un despertador analógico para no depender del teléfono al levantarse, evita revisar mensajes hasta que su marido lleva a los chicos al colegio y establece que los celulares se carguen en la cocina, fuera de los dormitorios. Durante las comidas, los dispositivos quedan apartados.

La intención es que las reglas no recaigan únicamente sobre los menores, sino que formen parte de un acuerdo familiar en el que los adultos también asuman compromisos. Hay una frase que, según contó, resume esa necesidad de estar presentes. Se la dijo un chico a su papá: “Papá, quiero que me escuches con los ojos”.

Para Luciana, el pedido recuerda que la atención es una parte fundamental de los vínculos y que, muchas veces, los pequeños cambios cotidianos pueden recuperar momentos compartidos.


 
 

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