Durante más de una década, Valentín Yankelevich quiso contar públicamente una historia que había permanecido puertas adentro. Hasta que este fin de semana, finalmente lo hizo: habló por primera vez sobre la violencia física y psicológica que asegura haber sufrido de parte de su padre, Darío Giordano, después de la muerte de su mamá, Romina Yan.
La entrevista con Tatiana Schapiro para Infobae fue extensa, dolorosa y por momentos profundamente movilizante. Valentín repasó episodios de su infancia, contó por qué dejó de llamar “papá” a Giordano y recordó la decisión que tomó junto a su hermano Franco de abandonar aquella casa cuando tenía 12 años. También reconstruyó el proceso judicial que, según relató, terminó con Gustavo Yankelevich obteniendo su tenencia.
Pero hubo una escena que quedó fuera de cámara y que ayuda a entender qué significó para él haber hablado finalmente.
Cuando terminó la entrevista y las cámaras dejaron de grabar, Valentín se mostró aliviado. Y así lo hizo saber a quienes en ese momento estaban en el estudio. La sensación era la de haber conseguido, después de tantos años, sacarse de encima parte del peso de una historia que necesitaba hacer pública. De hecho, él mismo había definido al comienzo de la charla su decisión de hablar como la posibilidad de “sacarme una mochila que vengo cargando hace bastante tiempo”.
Ese alivio no resulta menor teniendo en cuenta que Valentín aseguró que había querido contar lo sucedido desde el mismo momento en que dejó la casa de su padre. Explicó que durante años eligieron preservar el tema debido al proceso judicial y también para proteger a su hermana menor, Azul, que continuaba viviendo con Giordano.
Y tampoco estuvo solo en un día de semejante exposición emocional. Lo acompañó su novia, Valentina Pastore, una joven de perfil bajo que se mantiene alejada tanto del mundo del espectáculo como del automovilismo en el que Valentín desarrolla actualmente su carrera, como piloto de TC2000.

Su presencia tuvo un significado especial en una entrevista en la que el joven habló reiteradamente sobre la importancia que tuvieron los afectos en su reconstrucción. Hacia el final de la charla, al mirar su presente y contrastarlo con aquel niño que describió atravesando años muy difíciles, incluyó justamente a sus amigos y a su novia entre las razones por las que hoy puede decir que es feliz.
Qué contó Valentín Yankelevich sobre la violencia que asegura haber sufrido de su padre
Valentín situó el comienzo de los episodios cuando tenía alrededor de 9 o 10 años, después de la muerte de Romina Yan. Según su testimonio, atravesó situaciones de violencia física y psicológica por parte de Darío Giordano y describió aquella convivencia como “un infierno”. Habló de golpes, gritos, encierros y descalificaciones, y contó que llegó a preferir las horas que pasaba en el colegio porque significaban permanecer lejos de su casa.
El joven hizo especial hincapié en el impacto psicológico que asegura haber sufrido. Explicó que, con los años, comprendió que determinadas palabras habían dejado marcas incluso más profundas que los golpes. También contó que él y Franco intentaron pedir ayuda a distintos adultos hasta que comenzaron a hablar, cada uno por separado, con su abuelo Gustavo Yankelevich, quien fue, según sus palabras, la primera persona que realmente los escuchó.
La situación llegó a un punto límite cuando Valentín empezó a atravesar pensamientos vinculados con la muerte. Fue entonces cuando los hermanos decidieron que no podían seguir viviendo allí. Un viernes fueron al colegio sabiendo que no regresarían a su casa, realizaron la denuncia y ese mismo día comenzaron a vivir con su abuelo. Valentín recordó que ese día llevaba apenas algo de ropa dentro de la mochila escolar.

A partir de allí comenzó un proceso judicial que, de acuerdo con su relato, duró varios años y terminó con Gustavo obteniendo la tenencia. Valentín aseguró que durante esa etapa existió también una orden de alejamiento y que durante mucho tiempo sintió miedo ante la posibilidad de volver a cruzarse con su padre.
Hoy, después de años de terapia y reconstrucción personal, decidió hablar con una intención concreta: que otros chicos sepan que, si un adulto no los escucha, deben seguir buscando a alguien que sí lo haga.



















































