Durante años, Valentín Yankelevich sintió que cargaba una historia que necesitaba contar. Hoy tiene 23 años, es piloto de TC2000 y decidió hablar públicamente por primera vez sobre uno de los capítulos más dolorosos de su infancia: la violencia física y psicológica que asegura haber sufrido por parte de su padre, Darío Giordano, después de la muerte de Romina Yan.
Valentín tenía apenas 7 años cuando falleció su mamá, el 28 de septiembre de 2010. Recuerda que estaba jugando en la casa de un vecino cuando lo llamaron para que regresara a su hogar. Allí estaba reunida toda la familia y fue Giordano quien les explicó a él y a sus hermanos que Romina había sufrido un accidente, y que no iba a volver. Según relató Valentín en una entrevista con Infobae, aquel día su padre les prometió que se encargaría de cuidarlos y protegerlos.

Hasta entonces, recuerda su infancia como feliz, marcada por la presencia constante de Romina, a quien describió como una madre dedicada, divertida y capaz de reorganizar su trabajo para pasar más tiempo con sus hijos. Pero, según su testimonio, la vida familiar cambió profundamente después de aquella tragedia.
Valentín asegura entre sus 9 o 10 años comenzaron los episodios de violencia. “Era un infierno vivir en esa casa”, sintetizó al recordar una etapa en la que, según aseguró, hubo golpes, gritos, encierros y descalificaciones constantes. También afirmó que su hermano Franco atravesaba situaciones similares.
El colegio se convirtió en uno de sus pocos espacios de alivio. Valentín explicó que las ocho horas que pasaba allí eran las mejores del día porque significaban estar lejos de su casa. El regreso, en cambio, estaba atravesado por el miedo a no saber qué podía ocurrir. Según recordó, llegó a sufrir agresiones físicas y un maltrato verbal que con el tiempo entendió que le había dejado marcas incluso más profundas.
El joven también explicó por qué hoy se refiere a su padre simplemente como Darío. Para Valentín, Giordano dejó de ocupar ese lugar afectivo durante aquellos años. Recordó especialmente frases que, según afirma, escuchó siendo un niño que acababa de perder a su madre y que lo hicieron crecer convencido de que no tenía valor ni futuro.
La situación se volvió todavía más difícil cuando él y Franco intentaron contar lo que sucedía. Los primeros adultos a quienes recurrieron fueron sus abuelos paternos, pero Valentín asegura que no encontró allí la respuesta que esperaba. Más tarde comenzó a hablar de manera individual durante los almuerzos que compartía semanalmente con su abuelo materno, Gustavo Yankelevich. Fue entonces cuando su historia tomó otro rumbo.
Con el paso del tiempo, el sufrimiento tuvo también consecuencias emocionales profundas. Valentín contó que llegó a atravesar una etapa en la que perdió las ganas de vivir y tuvo pensamientos vinculados con la muerte. Asegura que esa oscuridad terminó siendo uno de los factores que lo llevaron, junto a Franco, a tomar la decisión de abandonar definitivamente la casa donde vivían.
Gustavo Yankelevich, el abuelo que se convirtió en su refugio
Fue Gustavo Yankelevich quien, según Valentín, consiguió escuchar aquello que otros adultos no habían podido o querido ver. Durante los almuerzos que compartía por separado con sus nietos comenzó a advertir que algo grave estaba ocurriendo. Tanto Valentín como Franco le pidieron entonces no seguir viviendo con su padre.
“Mi abuelo Gustavo me salvó la vida. Él me devolvió la vida”, expresó Valentín al describir lo que significó aquella intervención. No solo recuerda que Gustavo los escuchó y creyó en ellos: también los acompañó a hacer la denuncia y abrió las puertas de su casa para que pudieran comenzar otra etapa.

El día en que realizaron la denuncia, Valentín y Franco fueron al colegio sabiendo que no volverían a su casa. Valentín había guardado en la mochila apenas algo de ropa. Después de declarar, pidieron expresamente no tener que regresar. Esa misma jornada comenzaron a vivir con su abuelo.
A partir de allí se inició un proceso judicial que se extendió durante varios años. Según relató Valentín, él y su hermano declararon ante distintos profesionales y autoridades hasta que finalmente Gustavo obtuvo la tenencia definitiva. Durante una parte de ese período también existió una orden de alejamiento, y Valentín recuerda que encontrarse ocasionalmente con Giordano seguía provocándole miedo y pánico.
Para él, la diferencia entre una etapa y la otra estuvo en algo elemental: sentirse querido y seguro. Valentín explicó que su abuelo les dio el amor y la contención que necesitaban después de haber perdido a su madre y de atravesar, según su testimonio, años de violencia. Cris Morena también acompañó de cerca a sus nietos durante aquel proceso y fue, según él, una figura importante en esa reconstrucción familiar.
Hoy, después de años de terapia y de reconstruir su vida, Valentín decidió hablar también con un propósito que trasciende su propia historia: que otros chicos que atraviesan situaciones similares sepan que deben seguir buscando a un adulto capaz de escucharlos. Una decisión que llega después de muchos años de silencio y que convierte su testimonio en la reconstrucción pública de aquello que, durante buena parte de su infancia, asegura haber vivido puertas adentro.




















































