Nadie mejor que un padre para revelar los secretos infantiles y los caprichos adolescentes de quien se convertiría en la máxima estrella de nuestro país. En una histórica entrevista que hoy rescata el archivo de la revista GENTE, Augusto Giménez Aubert pintó un retrato íntimo y sin filtros de la verdadera Susana.
Para él, la diva no era inalcanzable. Augusto era un hombre de negocios de porte elegante y circunspecto; se desempeñaba como presidente de Carboquímica S.A. -la única fábrica de bicarbonato de sodio que había en el país-, y ya contaba entre sus antecedentes con la presidencia de Odol y el armado de automóviles Auto Union. Sin embargo, el día de la entrevista, el riguroso ejecutivo le dio una orden clara a su secretaria antes de cerrar la puerta de su despacho: "Voy a hablar de mi hija. No estoy para nadie".

El gen de diva, la muñeca Monona y la guerra de la sopa
Según el relato de su padre, las inclinaciones artísticas de Susana nacieron con ella. De muy chiquita, le encantaba robarle la ropa y los zapatos a su madre, pintarse los labios de colores intensos y esconderse para jugar a ser la mítica actriz Rita Hayworth. Su pasión por la pantalla era tan absoluta que conocía de memoria y a la perfección la mímica de todos los diálogos de los cortos del "Pájaro Loco".
Pero debajo de ese aire soñador y romántico, latía un carácter indomable. Augusto recordaba las épicas batallas a la hora de comer, especialmente cuando a Susana le servían sopa de letras y ella la rechazaba porque el caldo tenía "cositas" flotando, en referencia a los pedacitos de zapallo, perejil y batata. Su obstinación era feroz: a los siete años se negaba a comer otra cosa que no fuera puré de zapallo con aceite y vinagre. Si intentaban obligarla a comer un pedazo de carne, se mordía el dedo, prefería aguantar el hambre y recién a las tres de la tarde se colaba en la cocina para aceptar un sándwich a escondidas.

Incluso los castigos parecían resbalarle. Cuando la mandaban a la cama en penitencia, la pequeña Susana se daba vuelta, sacaba la lengua y exclamaba con picardía: "¡Mejor, mejor y mejor!". Augusto confesó que la niña tenía una estrategia infalible: daba un beso, decía que sí a todo, pero terminaba haciendo exactamente lo que quería.
Susana era una nena extremadamente compradora y dueña de una ternura infinita, sobre todo con los animales. Se volvía loca por los perros, los gatos y los pajaritos, y pasaba horas abrazada a su entrañable muñeca de trapo a la que había bautizado "Monona".
Cuando se enojaba, su insulto máximo era gritar "¡Sos un zapato!", pero a los diez minutos volvía a desarmar a su padre con una frase divertida que patentó a los ocho años: "Papi, sos más lindo que el diablo".

El drama de los mapas y su vida escolar
La etapa escolar de la diva estuvo lejos de ser tormentosa. Su padre definió su paso por los colegios Quilmes High School, La Anunziatta y el San Isidro Labrador como una "experiencia neutra", asegurando que no era ni mala alumna, ni revoltosa, ni "traga". Sin embargo, la geografía fue su verdadero talón de Aquiles. En charla con GENTE, Augusto reveló el "drama de los mapas": durante cuarto, quinto y sexto grado, Susana dibujaba muy mal y sufría terriblemente con la tarea, al punto de que llegó a ingeniárselas para que alguna amiga se los hiciera.
Físicamente, hasta los once años, era una verdadera "gurrumina". En el colegio era siempre la más bajita de la fila y hablaba con una voz tan aguda que su padre describía "como un pito". Todo cambió de la noche a la mañana cuando llegó a la preadolescencia.

El nacimiento de "Langostita"
A los once años, Susana pegó un estirón monumental. Ese crecimiento acelerado transformó su figura, dándole las larguísimas piernas que la harían famosa, pero también le valió un apodo familiar que detestaba. Al verla tan alta y delgada, Augusto empezó a decirle que tenía "cara de grillo" y la bautizó como "langostita". "A veces yo le decía 'langostita'. Se enojaba", rememoró el ejecutivo entre risas.
La adolescencia de Susana fue, en palabras de su padre, "sin tormentas". A pesar de haberse convertido rápidamente en una mujer lindísima, no era "ni histérica ni llorona", sino que gozaba de un humor increíble y muchísima confianza.
También recordó que a sus 15 años la relación entre ambos se afianzó profundamente: dejaron de ser solo padre e hija para convertirse en amigos y confidentes.

Hacia el final de aquella entrañable entrevista, el hombre que la crio con un sentido del deber muy rígido, se encogió de hombros y resumió su vínculo con una frase inmejorable: "Susana y yo somos iguales en el tronco y las raíces. Nos diferenciamos por las ramas".
Con orgullo, destacó que su hija es una mujer honesta, inteligente y desprendida, y no tuvo tapujos en admitir que aún conservaba la esencia de aquella nena terca que rechazaba la sopa: "Es cabeza dura, obstinada y, a veces, un poco egoísta", cerró entre risas.

Fotos: Archivo GENTE ([email protected])
Jefa de Archivo: María Luján Novella (113903-8464)
Idea, búsqueda y retoque digital: Gustavo Ramírez
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