En una esquina tranquila de Belgrano R, donde los edificios altos todavía no ganaron la batalla, hay una casona de estilo inglés que data de 1930 y que hasta hace no mucho estaba completamente abandonada. La vegetación crecía sin control hacia la vereda y nadie veía ahí un proyecto gastronómico. Hasta que apareció Belén Zanchetti.
Zanchetti tenía 28 años cuando volvió a Buenos Aires en 2023, después de ocho años de cocinar en Europa. Su recorrido incluyó restaurantes de fine dining en París y Londres, donde empezó a entender que lo que le interesaba no era la alta cocina sino la cocina de producto, la de estacionalidad, "la de platos para todos los días", como ella misma contó. Después se instaló en Barcelona específicamente para formarse como sommelier, y ahí descubrió el universo del vino natural. Volvió al país con dos convicciones claras y la intención de abrir su propio lugar.

La casona que nadie quería y el flechazo instantáneo
La búsqueda del espacio duró varios meses. En febrero de 2024, junto a su madre, encontró la casona de Olazábal 3301 en alquiler. "Estaba totalmente abandonada y en ruinas", recordó Zanchetti en diálogo con La Nación. "La vegetación salía para afuera y a los vecinos no les gustaba pasar por la esquina". Pero para ella, que de chica la llevaban a tomar el té a casonas antiguas, el flechazo fue inmediato. "Cuando vimos esta nos enamoramos", contó.
El nombre del restaurante es acrónimo de su apellido: Casa Beza, de Belén Zanchetti. El proyecto es familiar. La remodelación quedó en manos de su madre, Cecilia Lisboa, que había estudiado arquitectura y respetó la esencia original del inmueble. Con la idea de preservar su esencia para honrar la historia del barrio, mantuvo las aperturas antiguas, así como los pisos originales. Una manera de garantizar que el espíritu de casa habitada fuera condición.
Un espacio con varios climas y un patio que es el corazón
La casona de dos plantas se organiza en distintos ambientes que conviven sin competir. En la planta baja hay un jardín delantero con vegetación autóctona, un patio interior con mesitas de hierro, sillones bajos y la parrilla encendida y visible desde la vereda, y pequeños salones interiores decorados con mobiliario de madera, plantas colgantes y luces cálidas.
En el primer piso, un living-comedor y un balcón aterrazado se reservan para reuniones privadas y eventos especiales. Según fue idea de sus creadoras, el patio es la verdadera magia de Beza. Estar al aire libre rodeado de plantas cambia por completo la experiencia, haciéndote sentir como en el jardín de una casa. La decoración, que incluye botellas de vino repartidas por los distintos ambientes como parte del paisaje, refuerza perfectamente esa sensación.

Los fuertes: los vinos, las especialidades de la carta y los pequeños gestos
Cerca del 90 por ciento de las etiquetas de la carta de vinos corresponden a vinos naturales, curados y seleccionados por la propia Zanchetti. La selección incluye desde proyectos emergentes de producción limitada –como Batallero, creado por tres sommeliers– hasta etiquetas más clásicas pensadas para acercar este estilo a paladares menos familiarizados. Beza tiene también un vino elaborado especialmente para el restaurante: un corte de Malbec y Bonarda pensado como el vino de la casa.
La carta de comida es acotada por decisión y estacional por convicción. Se divide en pequeños platos para tapear, pastas caseras y las preparaciones a la parrilla como eje. El fuego es visible desde casi cualquier punto del patio: no es una cocina oculta sino una declaración de principios sobre la transparencia del proceso. La carta es casi completamente libre de gluten y fue diseñada para que cada mesa comparta.

Pequeños gestos, como ofrecer un vasito de gazpacho de cortesía en verano y una sopa caliente en invierno o no cobrar el agua filtrada, son detalles que los comensales señalan de manera consistente en las reseñas. La atención, descripta como cercana y profesional, es parte del concepto: Zanchetti suele recibir personalmente a los comensales y acompañarlos a ubicarse.
Los platos que hay que pedir
Matambrito a la parrilla con ananá y ají amarillo. El corte más celebrado de la carta. Elogiado por su punto de cocción preciso: interior tierno, exterior crocante. La combinación con ananá y ají amarillo es el toque de cocina europea que Zanchetti trajo de sus años en Europa.
Coliflor a las brasas con ajo blanco, kale y almendras. El plato vegetariano que convence también a los carnívoros. La brasa le da a la coliflor una textura que ninguna otra técnica logra, y el ajo blanco –la crema fría de ajo de origen andaluz– equilibra el ahumado.
Langostinos a las brasas. Producto fresco al fuego. Una de las opciones de mar imprescindibles.
Plato de hongos con papas asadas y huevo mollet. Lleva crema de cajú, pesto de frutos secos y cebolla crocante. Uno de los platos de tapeo más pedidos, ideal para abrir la mesa antes de llegar a las brasas.
Paté casero con chutney de estación y focaccia. El chutney cambia según lo que el mercado ofrece cada semana. Es la mejor forma de entender qué entiende Zanchetti por estacionalidad.
Trifle con helado de americana, frutos rojos y praliné. Clásico inglés reformulado con ingredientes locales, coherente con la lógica de una casona que fue inglesa en la forma pero porteña en el espíritu.
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