Dos años y medio atrás, en una sala de ingenieros del Autódromo de Buenos Aires, Valentín Yankelevich todavía estaba intentando transformar un sueño en profesión. Había probado un auto de TC2000, entrenaba, aprendía y hablaba con la prudencia de quien sabía que el camino recién empezaba. Ni siquiera había debutado en la categoría cuando GENTE le planteó una situación imaginaria: qué sentiría si algún día fuera el primero en recibir la bandera a cuadros.
“Seguramente estaría emocionado y con lágrimas en los ojos”, respondió entonces. Este domingo, en General Roca, ya no hizo falta imaginarlo.

En su décima presentación en el TC2000, durante su temporada debut, Valentín consiguió la primera victoria de su carrera en la categoría que siempre soñó correr. Lo hizo en uno de los escenarios más tradicionales del automovilismo argentino, al volante del Toyota Corolla Cross GR-S del Toyota Gazoo Racing y rodeado en el podio por sus compañeros Matías Rossi y Emiliano Stang.
Pero reducir lo ocurrido a un resultado sería quedarse apenas con la superficie. Porque antes de largar, cuando todavía faltaban motores, semáforos y vueltas, Valentín ya estaba corriendo acompañado. Hablaba con su mamá. “En la vuelta previa le hablé, le decía: ‘Por favor, vamos, es nuestro momento’”, contó después el hijo de la recordada Romina Yan.
Y cuando faltaban tres vueltas para alcanzar aquello que había imaginado durante años, volvió a buscarla. “Por favor, no me abandones, vamos que llegamos”, recordó haberle dicho desde el auto. Llegaron.
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La historia tiene una simetría difícil de fabricar. En abril de 2024, cuando GENTE lo entrevistó por primera vez, Valentín estaba dando sus primeros pasos serios dentro del automovilismo. Venía del karting y había iniciado un programa de pruebas con autos de TC2000. Mientras su apellido remitía inmediatamente a una de las familias más conocidas de la televisión argentina, él buscaba construir una identidad en un ambiente completamente diferente.
Su mundo no tenía estudios de televisión ni escenarios. Tenía boxes, neumáticos, telemetría, frenos calientes y cronómetros. Y tenía un objetivo que expresaba sin demasiados rodeos: quería convertirse en piloto profesional y llegar al TC2000. No correr alguna vez para sacarse las ganas. Llegar. Pertenecer. Competir contra los mejores.

Dos temporadas después, ese muchacho que observaba el funcionamiento de los equipos desde adentro ya es piloto oficial de Toyota. Debutó este año en el Callejero de Buenos Aires y terminó tercero. Fue un comienzo casi perfecto, aunque después aparecieron carreras difíciles, errores, resultados que no llegaron y esa ansiedad inevitable que empieza a crecer cuando alguien siente que tiene la velocidad necesaria, pero la victoria continúa escapándose.
Por eso General Roca significó bastante más que subir al escalón más alto. “Se empezó a pegar en el palo este año en algunas carreras. Pensé que no llegaba más”, reconoció después del triunfo. Y entonces apareció otra frase que explica una batalla mucho más íntima: “Era importante para mí demostrarme a mí que me merezco estar donde estoy, que me merezco el lugar, que no tengo solo un apellido”.
No es una declaración casual. Valentín creció rodeado por un apellido inseparable de la historia de la televisión argentina. Un apellido que abre recuerdos, genera atención y, como él mismo acaba de admitir, también puede transformarse en una sospecha automática para quienes creen que determinados caminos resultan más sencillos cuando se nace dentro de una familia conocida.
El automovilismo tiene una manera bastante cruda de responder a eso. El cronómetro no sabe quién es el abuelo de nadie. Y la bandera a cuadros tampoco.

De la carrera alcanza con contar lo imprescindible. Valentín largó tercero. Hizo una gran partida, atacó durante la primera vuelta y llegó a la punta. Después hizo aquello que parecía mucho más difícil: quedarse ahí. Detrás quedaron Rossi, uno de los pilotos más exitosos de la historia moderna de la categoría, y Stang, otro de los referentes del Toyota Gazoo Racing. El resultado fue un contundente 1-2-3 para el equipo dirigido por Darío Ramonda. Para Yankelevich fue el final de una espera.
“Todo es un sueño”, resumió después. Probablemente esa frase sea más precisa que cualquier análisis deportivo. Porque el TC2000 no fue una categoría que apareció circunstancialmente en su carrera. Era el lugar al que quería llegar cuando todavía ni siquiera sabía si realmente podría dedicarse profesionalmente a correr.
Su recorrido fue acelerado, pero no instantáneo. Karting, ensayos, kilómetros de pruebas, aprendizaje y finalmente el salto a la categoría que había señalado como objetivo desde el comienzo.

En 2024 también había dicho algo que hoy adquiere otra dimensión: no quería hacer las cosas a medias. Y la victoria de General Roca empieza a darle argumentos.
Hay, sin embargo, una parte de esta historia que ningún cronómetro puede medir. Cuando GENTE le preguntó en aquella entrevista qué habría pensado su mamá al verlo vestido de piloto, Valentín se quedó unos segundos procesando la pregunta. Nunca se la habían hecho.
Imaginó que Romina habría tenido miedo. Muchísimo. Pero también estaba convencido de que jamás se lo habría transmitido. Pensaba que probablemente le habría dicho algo simple: “Vos podés. Tranquilo. Hacelo a tu manera”.
Valentín perdió a su mamá cuando era chico, en septiembre de 2010. Con los años desarrolló una manera muy personal de sentirla cerca. A veces es una canción que aparece en un momento determinado. Otras, algo todavía más pequeño. Contó que a Romina le gustaba jugar y dibujar con las gotas de agua y que, cuando durante una lluvia descubre alguna con una forma particular, siente una señal. “Sé que estás acá conmigo”, piensa entonces.

No necesita algo extraordinario. Tal vez por eso resulte tan fuerte lo ocurrido en General Roca. Esta vez no hubo una canción inesperada ni una gota distinta sobre un vidrio. Fue él quien la llamó. Primero antes de largar. Después, cuando faltaban tres vueltas. Y finalmente cruzó la meta. “No tengo duda de que ella fue gran artífice de esto también”, dijo ya fuera del auto. “Pienso en la vuelta y me emociono porque no lo podía creer”.
La victoria quedó registrada oficialmente a nombre de Valentín Yankelevich. Para él, evidentemente, en ese auto no estaba solo…
La emoción tampoco borra otra parte importante de lo ocurrido. Yankelevich quería ganar porque todo piloto quiere ganar, pero también necesitaba comprobar algo consigo mismo. “Me merezco estar donde estoy”, dijo. Es difícil encontrar una frase que explique mejor lo que significa para alguien joven correr cargando un apellido que buena parte del país conoce desde antes de que él naciera. Valentín jamás renegó de eso. Al contrario.
Reconoce permanentemente el apoyo de su familia. Gustavo Yankelevich fue fundamental para que comenzara a correr y recientemente incluso le reveló algo que Valentín desconocía: verlo competir también significaba cumplir un viejo sueño suyo, porque alguna vez había querido ser piloto.

Después de ganar en General Roca agradeció a su abuelo, a su abuela, a su familia, al equipo, a Toyota y especialmente a Darío Ramonda por darle la oportunidad de correr en su equipo. Pero una cosa es agradecer las oportunidades y otra muy diferente es aceptar que ellas expliquen el resultado.
La primera victoria establece una frontera. El apellido puede acompañar. No puede acelerar. No frena el auto al límite, no encuentra una décima en una curva y tampoco mantiene la concentración cuando quedan tres vueltas y la primera victoria parece acercarse mientras cualquier ruido extraño empieza a sonar como una amenaza. Eso lo hace el piloto. Y el domingo, ese piloto ganó.
Hay una última vuelta en esta historia que ocurrió mucho antes de General Roca. En aquella entrevista de 2024, después de pedirle que imaginara su primera victoria en TC2000, Valentín dijo que creía que lloraría. También imaginó los días siguientes.
Pensaba que se despertaría todavía sonriendo, recordándose a sí mismo que había ganado una carrera. En aquel momento parecía una fantasía lejana. Ni siquiera había debutado. Ahora el podio ya existe. También la copa, las fotos, el festejo y esa primera línea en una estadística que nadie podrá quitarle: 1 de noviembre de 2026, General Roca, primera victoria de Valentín Yankelevich en TC2000. Quizás este lunes, cuando abra los ojos, recuerde aquella frase. Ya no tendrá que imaginar cómo sería. Podrá decir de verdad que ganó.
Llegó al TC2000, el lugar donde siempre quiso estar. Demostró que podía hacerlo y cruzó primero la meta que había perseguido durante años. Después llegaron los abrazos, el equipo, la familia y los agradecimientos. Pero cuando hubo que ponerle un nombre a esa victoria, no necesitó pensarlo. Porque durante toda la carrera había sentido que no estaba solo. Había alguien más empujando con él, desde ese lugar invisible donde viven las personas que nunca terminan de irse. Por eso, entre lágrimas, la dedicatoria fue tan simple como inevitable: “A mi mamá”.






















































