Ya pasó un mes. Y así podríamos repetirlo cuando sean dos, un año, diez, cincuenta, siempre: sí, el trágico accidente de tránsito en San Isidro que le costó la vida el 26 de junio de 2026, a sus 54 años, volverá a la memoria una y otra vez -por la eternidad y de manera irremediable- no bien mencionemos su nombre. Porque, aunque ya haya perdido físicamente, Ernestina Pais pasó por este mundo para quedarse y de alguna manera permanecer, convirtiendo cualquier excusa en un tribuno merecido para hacerlo.

Por ello que hoy abrimos nuestro archivo con la intención de rescatar quizá la cobertura más especial que compartimos a su lado, reproduciendo una entrevista de 2017 consumada en el medio de la Cordillera de Los Andes tal cual se publicó en su momento -conservando tiempos verbales, su frescura intacta y ese ida y vuelta tan propio con GENTE-, ya que no encontramos mejor manera de honrar a la querida bonaerense que imaginando escuchar su voz frente al grabador. Un viaje de pura adrenalina desde el que se animó a mirar de frente a sus fantasmas, mostrándose auténtica y sin filtro, es decir: siendo ella misma, Ernest, como la habíamos rebautizado en el medio de las montañas los 309 expedicionarios que -como quien escribe ahora- la acompañábamos... Así arrancaba aquella nota:
"LA CORDILLERA DE LOS ANDES ERA, PARA MÍ, UN TRIPLE DESAFÍO"

Los últimos resquicios de la tarde en Trincheras de Soler (Las Frías, 2.513 metros sobre el nivel del mar, primer y último refugio del Cruce Sanmartiniano del Bicentenario) se entregan a un crepúsculo que pondría de rodillas al director de fotografía italiano Vittorio Storaro. En medio de arrieros, expedicionarios, gendarmes, militares argentinos y chilenos con agotadas caras de "tarea cumplida", mulas, caballos, carpas armadas y por erigir, y bolsos, Ernestina Pais (Buenos Aires, 44 años por esos tiempos -del 12/3/72-) transita el aquelarre general con una cámara en su mano. De repente, atraviesa su mirada con la del enviado de GENTE. Ambos se detienen. Hay algo que saber. La situación reclama un interrogante que no exige más de una letra: “¿Y?”.

Entonces ella, un continuo torbellino implacable de carcajadas y adrenalina, enlentece el andar y, luciendo su legendaria y perfecta dentadura, contesta: “Lo hice, lo logré, tarea cumplida. ¿Puedo sacarte una foto? –lanza sin pausa–. Le vengo pidiendo lo mismo a cada persona de la aventura. No quiero olvidarme nunca de sus caras. Hasta incluí a Paula Kirchner (jefa de Programación de Telefe), una amiga que me encontré acá. Te lo comenté cuando hablamos hace un par de días: la Cordillera de los Andes era para mí un triple desafío... No paré de emocionarme, ni bajé igual que como subí”, confiesa movilizada.

-Ningún triple desafío se acepta al voleo. ¿Qué la indujo?
-Una cuestión personal, relacionada al último viaje que emprendimos a Chile en familia con mis padres (José Miguel y Milka Truol) y mi hermana (Federica), del que se cumplen cuatro décadas. En segundo lugar, transitar los caminos del general José de San Martín, a un par de siglos de su hazaña libertadora. Un ejemplo. Y tres, lógico, el reto de subir bien alto y plantearme: “¿En qué carajo me metí? ¿Por qué cabalgo al costado de cornisas interminables?”.
-El miedo a tener miedo.
-Tal cual. Entré al Bailando por un sueño de ShowMatch en 2016 para hacerme cargo de mis ataques de miedo y superarlos. ¿Qué es un ataque de miedo? Creer que te estás muriendo. En el Cruce también apuntaba a controlarlo. Lloré en privado. Pedía que no me detallaran los riesgos. Tampoco resultaba sencillo, pero me animé. ¿Sabés lo que es trepar el Portezuelo del Espinacito (4.725 metros sobre el nivel del mar) y quedarte cara a cara con el señor Aconcagua? Siento que al cruzar los Andes gané una gran batalla. Sabía que iba a encontrarme con el miedo, y lo enfrenté.

–¿Y con qué no sabía bien que se encontraría?
–Con una experiencia extraordinaria, de más de trescientas personas emulando la gesta de 1817, caminando a la par sobre un territorio lunar o un valle fértil, entre temperaturas frías o cálidas. Solidarizándose ante el que viene atrás. Acostándose y levantándose con la misma ropa, tomando de la misma olla de mate cocido, saboreando el mismo guiso, la misma bebida espirituosa, disfrutando del mismo fogón, la misma música y el mismo canto en la madrugada. La montaña expone lo mejor y lo peor. Es un viaje interno, sin comunicación al exterior. La comunicación es con vos y tus compañeros de expedición.

–¿Se refiere también al muchachito pintón que arribó con usted desde la Capital Federal y la marcó, de cerca y sin pausa, a tiempo completo?
-¡Yo te hablo del corazón y vos me hablás de la carne! (risas). Si vino de la ciudad a la montaña, se trata de un todo terreno. Perfecto, sumemos a mi “amigo todo terreno”.

–¿Nombre, apellido, edad? ¿Cuánto hace que lo conoce?
–Vos admití en GENTE que al inicio de la travesía tu caballito se apunó y debió cargarte un arriero, y yo te cuento...
–¿Su dato, a cambio de una potencial burla general hacia el periodista? Compramos.
–Se llama Franco. Lo conocí en enero.

–¿Profesión, edad?
–Ahora, si mencionás en la revista que te olvidaste el polar en tu casa y él te prestó su campera, te respondo.

–¿Otro golpe a la integridad? Okey, aceptado.
–Es abogado. Y punto.
–Falta la edad.
–No tengo más elementos de extorsión. Te dije: la montaña expone lo mejor y lo peor de uno (carcajadas finales).

UN MES DESPUÉS Y PARA SIEMPRE
Aquella expedición a través de la inmensidad cordillerana terminó convertida en una bisagra personal. Ernestina Pais no solo rindió homenaje a la gesta histórica: libró su propia batalla interna, transformando la incertidumbre en pura fortaleza a fuerza de humor, guisos en la madrugada y caminatas a paso firme.

Lo dicho: a un mes de su triste adiós, rescatar estas páginas de 2017 es celebrar esa chispa indomable que contagiaba a todos a su alrededor. La montaña, con su rigor y su belleza, terminó exponiendo su versión más luminosa. La de una mujer apasionada que jamás le tuvo miedo a los desafíos. Con ese recuerdo vivo y esa sonrisa transparente, en GENTE la despedimos y la celebramos en los días que corren, como la celebraremos con cualquier excusa, desde hoy para siempre.
Fotos: Archivo Atlántida ([email protected])
Cobertura de Archivo: María Luján Novella (113903-8464)
Agradecemos -de manera especial y eterna- a Luis Fernando “Pancho” Márquez
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