La historia de una de las marcas más recordadas de la ciudad comenzó en 1874 con una pequeña panadería de un inmigrante genovés y llegó a convertirse en una gran fábrica frente al Parque Lezama. Hay edificios que forman parte del paisaje de Buenos Aires desde hace tanto tiempo que terminan volviéndose invisibles. Se los mira todos los días, se pasa frente a ellos, se reconoce su silueta, pero pocas veces se conoce la historia que esconden detrás de sus fachadas
La historia comienza en 1874, cuando José Canale, un inmigrante genovés recién llegado a Buenos Aires, abrió una modesta panadería en San Telmo. Con el crecimiento del emprendimiento y junto a su familia, llegó a inaugurar en 1910 la gran fábrica ubicada en la esquina de Martín García y Azara, frente al icónico parque.

En su libro Tan Buenos Aires, la periodista y escritora Mariela Blanco rescata episodios, personajes y detalles poco conocidos de la arquitectura porteña. Su trabajo sobre la historia urbana y el patrimonio fue reconocido este año con una placa de bronce en calle Corrientes. Entre las historias que reúne aparece la del Palacio Lezama, un edificio que durante décadas estuvo ligado a una de las marcas más recordadas por varias generaciones de argentinos.
“El edificio se convirtió en una pieza fundamental de la producción de la empresa y también en parte del paisaje cotidiano de la zona. Desde allí salían galletitas, dulces, bizcochos salados, tostadas y los tradicionales panes dulces de Navidad”, cuenta la autora.


“Para varias generaciones, Canale quedó asociado a escenas domésticas y cotidianas. Los bizcochos aparecían en la merienda, acompañaban el mate y formaban parte de una memoria alimentaria que excedía a la propia marca. Detrás de esos productos había una fábrica de grandes dimensiones, con hornos industriales, cintas transportadoras y cientos de trabajadores”, agrega.

El incendio que casi termina con todo
Pero la historia del Palacio Lezama también tuvo un momento de quiebre. En 1985, un incendio afectó la fábrica y modificó para siempre el destino del edificio. Los hornos se apagaron y las instalaciones quedaron en silencio.v
“Durante años, el antiguo edificio permaneció abandonado. La fábrica que había sido sinónimo de producción y trabajo quedó convertida en una estructura vacía, aunque su presencia frente al Parque Lezama seguía formando parte del paisaje porteño”, resalta Blanco.

Con el tiempo llegó la recuperación del inmueble. El Palacio Lezama fue restaurado y rehabilitado y comenzó una nueva etapa, alejada de aquella actividad industrial que durante décadas había definido su identidad.
Actualmente funciona como sede de distintos ministerios porteños y también como espacio para exposiciones y eventos. Ya no salen de allí los bizcochos que acompañaron tantas meriendas, pero el edificio conserva algo de aquella historia.

Blanco recupera precisamente esa dimensión de la arquitectura porteña. El Palacio Lezama es, en ese sentido, mucho más que la antigua fábrica de Canale. Es también la memoria de una marca que quedó incorporada a la vida cotidiana de Buenos Aires y la historia de un edificio que, después del incendio y del abandono, logró encontrar una nueva función sin desaparecer del paisaje de la ciudad.
























































