A los 65 años, Julia Calvo tiene esa luz particular de la gente que camina por la vida sin escudos ni divismos. Viste una remera de la mítica banda de rock Sumo, sonríe con los ojos y reparte saludos con una cercanía que imanta. Su calidez y su transparencia generan un efecto inmediato: a los cinco minutos de escucharla hablar, te dan unas ganas irremediables de ser su amigo.
El contraste es abismal, casi poético. Esa misma mujer entrañable, que en plena producción de fotos se emociona hasta las lágrimas al escuchar de fondo los acordes de My Way de Frank Sinatra, es la que cada noche le hiela la sangre a los espectadores en el Teatro Metropolitan al ponerle el cuerpo a la perturbadora Annie Wilkes en Misery, la célebre obra basada en la novela de Stephen King.

De cómo logra despegarse de esa profunda oscuridad, y de mucho más, nos sentamos a charlar con ella. Y así, de forma natural y sin preámbulos, comienza un viaje por su vida, sus pasiones y sus miedos.
Del VHS a la IA
–En este mundo que cada vez está más tomado por la Inteligencia Artificial, el teatro sigue estando invicto, ¿no?
–Gracias a Dios, sí. El teatro es tracción a sangre, y creo que es lo que lo hace eterno (Eleva la mirada al cielo). Pensar que cuando yo empecé la gente no iba al teatro, porque había salido el videocasete. Entonces la gente alquilaba un casete y se quedaba en su casa mirando...
–No te puedo creer.
–Era así, y mi papá me decía: "¿Para qué, Julia?, ¿para qué?".
–¿Cuántos años tenías en ese momento?
–21, 22 años. ¿Y sabés qué hicimos? Empezamos a ir a las casas nosotros. Con mis compañeros del Conservatorio arrancamos a hacer teatro en los livings, en los garajes... Y después se empezaron a abrir galpones, y empezó el Off, y la gente reconoció que el Off -que no era la calle Corrientes- tenía mucho material y empezó a curtirlo. Y a mi grupo, que era el grupo del Teatrito, nos llamaban "el grupo de actores de carácter", porque hacíamos clásicos... Esa fue mi formación. Y una vez que te formás ahí, todo lo demás, es más fácil de abordar. Le tenés menos miedo (Risas).

–¿Cuál fue la propuesta más difícil en la que te metiste?
–Lo primero que se me viene a la mente es la primera vez que salimos del Off, en el año 91, con Otelo. Estaba con mi mejor amigo, con Jorge Suárez, y mostramos un ensayo en un sótano requete húmedo, y -ante nuestra sorpresa- nos dieron los martes y miércoles en el Teatro Cervantes. Pasamos al oficial con una puesta con gente en el escenario y nosotros en el medio de la arena, y un piano de cola. ¡Nos fue genial!, y nos pasaron a viernes, sábado y domingo.
–¿Qué personaje tenías?
–El de Desdémona, y Jorgito Suárez era Otelo. Y yo a veces tenía un tiempo entre el tercer acto y el cuarto, y me iba a la platea, que estaba vacía porque la gente estaba en el escenario, y miraba las escenas con la gente en el escenario y decía: "¡Ay, gracias, gracias!". Estábamos apostando, y fuimos muy bien reconocidos.
–Se te ve en la mirada que te emociona hasta el día de hoy.
–Es que son recuerdos muy amables, muy gratos. Muy gratos. Ojo... el Everest era enorme. Pero sentíamos que íbamos por buen camino.

"Ahora sé que me miran y me buscan los hilos"
–¿Seguís viendo la actuación como una subida al Everest?
–No. Bah, cuando me propusieron Misery, se me hizo agua la boca y vi el Everest. Porque pensé: "Este es un trabajo muy difícil, de composición". Pero después me dijeron que Juan Gil Navarro iba a estar conmigo y me quedé tranquila porque sé que con él puedo jugar y componer. Más que nada los fantasmas son el Everest: "Lo hizo Kathy Bates -que no vi la película-, lo hizo Alicia Bruzzo -una de las mejores actrices que hemos tenido-". Y ya no es como cuando era joven que no era tan consciente. Ahora sé que me miran más y me buscan los hilos.
–¿Sentís que te buscan los hilos cuando actúas?
–Sí. Sin dudas. Y está bien, porque tengo cuarenta y pico de años de carrera y ven adónde metés la pata -con la mejor, pero pasa-, dije: "¡Ay, esto va a ser muy difícil!". Pero lo disfruté mucho. Aunque (Ríe por anticipado) terminábamos los ensayos y yo a veces me largaba a llorar. Y me decían: "¿Pero qué te pasa, Julia?". Y yo les respondía: "Es que siento que estamos contando algo muy fuerte. Siento que esto que estamos contando sucede, y me preocupa".
–Y vos no podés hacer nada por cambiarlo, más que recrearlo.
–Exacto. Pero creo que en el momento de poder recrearlo, puedo significarlo para que se modifique, o para que se tome como algo de lo que hay que hacerse cargo.
–¿Tuviste alguna vez algún fan que se haya obsesionado con vos?
–No sé si obsesión es la palabra, pero era tal el cariño y el acercamiento... que estos fans de la tele -de Padre Coraje y Casi Ángeles- empezaron a ser asiduos de ir al teatro, y eso me pareció espectacular. Un gran logro, que va más allá del fanatismo por el personaje que uno hizo.

–Y con los personajes que tuviste junto a Cris Morena cosechaste muchísimos fans.
–Sí, pero yo creo que a mí me han escrito maravillosamente desde que empecé la tele. Me han tocado personajes preciosos, y eso también genera una afinidad con el espectador. Y eso lo agradezco.
–Me quedé curiosa: ¿por qué no querés ver la famosa película de Misery?
–¡No! Porque no la vi. Cuando empezamos a ensayar le pregunté a Manuel González Gil: "¿Te parece que vea la película?". Y él me dijo: "No es necesario. Si querés verla, vela, pero no es necesario para el trabajo que estamos haciendo". Y no la vi. Sí es verdad que en las redes salió que íbamos a hacer Misery y me empezaron a aparecer capturas de la película.
–Y sí, el algoritmo te lleva.
–Ay, ¡sí! Bueno, cuando hacía MasterChef me llegaban recetas a morir. Decía: "¡Wow, qué maravilla cómo escucha el teléfono!".
La herencia de su paso por las cocinas de Masterchef Celebrity
–¿Quedaste hastiada o estás cocinando algo?
–Cocino, cocino. Me gusta.

–¿Mejoraste?
–¡Un montón! En los detalles de los ingredientes...
–¿Cómo qué? ¿Qué cosa nueva incorporaste a tu vida cotidiana?
–Los fideos con manteca... ahora son "con manteca y salvia". Ponele. Y como yo no como mucho con sal, me vino bárbaro esto de los condimentos para dar gustito.
–¿Lo de no consumir sal es por elección o por salud?
–Y... (Tensa la boca) A partir de que se me retiró la menstruación, la presión empezó a cambiar y tomo mi pastillita de todos los días. Pero bueno, me dijo mi cardióloga que de todas las cosas del corazón es la más simple, así que me quedé tranquila. Igual, además de la pastillita de la presión, me hago un cóctel a la mañana...
–¿Un cóctel?
–Sí. Mezclo jugo de naranja con jugo de arándanos, más cúrcuma, más pimienta negra, más aceite de orégano, más equinácea, más ácido ascórbico, más melena de león, más espirulina... (Mueve la mano rápido en el aire como si estuviese en una barra sacudiendo un trago) Con todo eso me hago un shot a la mañana, y dicen que está bueno hacerlo.
–¿Lo hacés hace mucho?
–Mirá, algunos tips me los pasó Elena Roger, como la equinácea, el ácido ascórbico -que es vitamina C pura-, para prevenir. Y después todo lo demás fue surgiendo en charlas.
–Te imagino con una caja con todas las cositas que vas poniendo.
–Sí, pero después me hago un shot así (Hace el gesto de tomar el trago de un saque) y ¡plaf! Mi viejo era igual. Me acuerdo de él levantándose a la mañana y haciéndose sus menjunjes.

–Heredaste su costumbre.
–La heredé. Pero aparte lo hago dormida. O sea, me levanto y es ir directamente a eso, y después recién desayuno.
De 1961 pero con la filosofía de una película del 2017
–¿Sentís el cambio en el cuerpo desde que lo hacés?
–Sí, porque tengo 65 y no puedo hacer un montón de cosas que hacía hace 30 años, pero no siento la baja de energía y puedo estudiar. La letra me entra... Igual hay días...
–Igual creo que los 65 de hoy ya no son los 65 de antes.
–No, pero hay un momento en la vida donde los aniversarios y los días más oscuros te ponen diferente. En otra época me chupaba un h... Ahora no. Esas fechas inmediatamente me modifican y les doy cabida. Digo: "Bueno, hoy es un día más depre". Y así es.
–¿Tienen que ver con aniversarios de fallecimientos?
–Muchas veces tienen que ver con cumpleaños de gente que no está. Por otro lado, a mi edad, hay muchos colegas que van partiendo y vos decís: "¡Ay, Dios mío!".
–¿Te pegó fuerte alguno últimamente?, porque es un año medio particular.
–Sí. La semana pasada falleció Virginia Lombardo, una gran colega que conozco desde hace muchos años... Y me dio una lástima. Igual yo a veces me descubro diciendo: "Ay, cómo extraño a mis viejos... (Apunta al cielo con el dedo) ¡Pero todavía no voy, eh! Tengo un montón de cosas todavía para hacer". Los extraño, pero todavía no.
–¿Pensás en cómo te gustaría que la gente te recuerde algún día?
–La maravilla de la tecnología va a hacer que no me olviden tan rápido, porque pueden levantar material mío todo el tiempo. Pero pensando en la película Coco... Espero estar en los pensamientos. O por ahí me encantaría que un colega joven, ante un material, dijera: "¿Cómo lo haría Julia esto?" (Sonríe). Iluminar al que necesite estar iluminado sería genial.

"Mi Instagram me lo hizo Yoyi Francella"
–¿Vos pensás en alguien cuando te planteás cómo componer un personaje?
–No, ¿sabés qué pienso? Pienso en "¿cómo lo haría en la cocina de mi casa?", porque yo en mi casa hacía un montón de personajes con la tranquilidad de saber que no me estaba viendo nadie y de que estaba en mi mundo. Y a veces me veo actuando como si estuviera en la cocina de mi casa de cuando era niña (Sonríe con el alma) Cuando eso sucede, le doy cabida a algún pensamiento espontáneo, lo dejo ser... Y me encanta cuando surgen cosas nuevas. Ahora ya estamos con la función número 25, ponele, y seguimos descubriendo cosas con Juan. Eso es porque uno sigue en el mood de jugar. Y entonces te sorprendés.
–Es entretenido ver cómo mezclás esto del pensamiento lúdico cuando tu personaje es tan pesado y oscuro.
–Es que es la única forma en que puedo abordar el maltrato que tiene este personaje con el personaje de Juan. Si no lo hiciera jugando, estaríamos en peligro.
–¿Quedás cargada por las noches?
–¡No! Termino y terminó. ¡Ya está! (Risas).
–Por todas partes sale tu nombre como "Julia Calvo", pero tu Instagram es @JulitaCalvo. ¿Cómo te gusta que te digan?
–Es que ese Instagram me lo hizo Yoyi Francella cuando yo hacía de su mamá en una obra. Y como todo el mundo me dice Julita, pusimos Julita Calvo, porque yo vengo siendo Julita desde los 20. Julita, Julita, Julita.

–¿Te gustaría que en la cartelera figure "Julita"?
–No, a mí me encanta que figure "Julia Calvo". Me gusta. Y siento... "¡Ay, ojalá mis viejos estén orgullosos!".
Cuestión de sangre... ¡y rock!
–Imagino que llegaron a ver bastante de tu carrera, ¿no?
–Sí, un montón. Eran grandes fans. Yo hacía en el San Martín La tempestad y cada dos por tres, en el saludo, la veía a mi vieja (Se muerde los labios aún incrédula). Y mi papá, que era cinéfilo pero el teatro lo ponía nervioso, me decía después de la función: "No miré el reloj", y eso para mí era: "¡Wow!". Igual siempre me decía: "Buscate un kiosquito".
–Ah, no estaba convencido.
–Porque tenía miedo. Hasta que un día, que yo estaba dando clases, dirigiendo una obra, actuando en el San Martín y cantando en el final de un programa que hacía Gerardo Romano en el Nueve, mi viejo me vio que ya tenía como varios flancos cubiertos y me dijo: "Estás en camino".
–¡En camino!
–(Risas) Sí. Y ahí es donde digo que esto del tránsito me hace feliz, porque estoy en la ruta y disfruto un montón el paisaje. Porque el 'ya llegué', ¿es a dónde 'ya llegué'? En mi caso, mientras yo siga activa y siga aprendiendo -porque sigo aprendiendo de cada espectáculo que se me va presentando-, yo no puedo decir que ya llegué a ningún lado. Lo único que deseo es que mis papás estén orgullosos.
–¿A qué se dedicaban ellos?
–Mi papá, Germán, estaba en la industria del papel, y mi mamá, Etel, era profesora en la Facultad de Filosofía y Letras. Una linda mezcolanza.

–Sí. No sé de cuál de los dos sacaste el lado artístico...
–De los dos, mi papá, siendo cinéfilo, era muy estudioso de la historia del arte, y mi mamá me hizo leer mucho, y ella cantaba en el coro de la Facultad porque le hacía bien. Y yo siento que el canto en mi profesión- aunque no voy a ser cantante-, es un aditamento que me hace bien.
–Lo tenés en tu descripción. Pusiste "cantora".
– Sí, no puedo decir que soy cantante porque no estudié. No.
–Pero tenés una remera rockera
–(Se mira la estampa colorada) Ya es mi marca registrada, y gracias a que me gusta el rock and roll, canto tango.
–¿Y sos buena bailando?
–Soy buena bailando tango. Me gusta mucho. Tuve una milonga con uno de mis hermanos durante 15 años, que se llamaba Niño Bien, y era un éxito. Nos fue muy bien.
–¿Y qué pasó? ¿Por qué ya no tenés una milonga?
–Fue una decisión de mi hermano, y fue muy acertada. A nosotros nos gustaba porque venían los viejos milongueros, y ellos se fueron muriendo. Y un día mi hermano me dijo: "Para mí esto no es un negocio. Ya la mística no está. Voy a cerrar". Y lo apoyé. Mirá, yo hoy en día gracias a Dios vivo de mi trabajo, pero cuando era más jovencita, yo llegué a pagar por hacer función. Es muy gratificante.
Así está hoy el corazón de Julia Calvo
–A nivel romance, ¿hay algo en tu vida?
–No, no (Niega con la cabeza fervientemente). Me dijeron: "No lo busques, llega". Y acá estoy.

–¿Pero hace cuánto de eso? Quizás hubo alguien importante hace algunos años que duró mucho tiempo...
–No, porque con el último me asusté. Dije: "No, esto no... no quiero así la vida". Y además yo tuve el error de irme a vivir con cada novio.
–No te gusta la convivencia, veo.
–No, porque aparte me descubrí viviendo sola y me llevo muy bien con mi desorden, con mi estilo. A la única que tengo que bancar es a mí.
–¿Mascotas tenés?
–Extraño mucho. El último lo rescaté en el año 2000 porque lo estaban tirando, literalmente, y lo crié con mucho amor y falleció a sus 16 años... y me dolió mucho. No sé si podría soportar otra pérdida. Me parece que no.
–Pero quizás todo lo bueno que te da compensa lo que pueda llegar a pasar en otros 16 años.
–Sí... Por ahí me tendría que mudar a un lugar grande, porque ahora estoy en un departamento. En eso yo lo cuidé mucho al Negro, a mi perro. Es más, cuando empezó la tele, que yo estaba realmente casi todo el día afuera, Damián, un adiestrador que lo quería mucho, venía a buscarlo a las 6 o 7 de la mañana y me lo traía a las 11 de la noche. Durante el día hasta dormía en la cama de los padres de él... (Se le enternece la mirada). Y quizás nunca se lo dije, pero yo se lo re agradezco.
–Estás a tiempo.
–Sí, siempre se está a tiempo (Se le nubla la mirada). Como ves, soy una llorona.
–Una persona conectada con sus emociones, lo cual está muy bien.
–Sí, yo creo que sí. Siempre y cuando dejemos que eso se transforme en algo, porque llorar por llorar... (Tambalea dubitativamente la cabeza) Pero cuando se transforma, está bueno. Y que se transforme en una sonrisa ya para mí es importante. Súper importante.

Fotos: Candela Petech
Retoque digital: Roshi Solano
Agradecemos a Anto Cores de Agencia Coral


