Frente nuestro tenemos a Miguel Ángel Solá, sin lugar a dudas uno de los actores más inmensos y respetados de nuestra escena. Es que con el correr de las décadas, su capacidad para transmitir emociones lo convirtió en un pilar indiscutido del teatro. Sin embargo, hoy, ese mismo artista que forjó su carrera a base de textos y actuaciones magistrales, se enfrenta al desafío más grande de su vida: volver a subirse a las tablas tras haber sufrido un ACV en octubre de 2025. Es decir, hace tan sólo seis meses.
Lejos de achicarse frente al diagnóstico y sus secuelas, Miguel nos da la bienvenida con calidez y nos invita a sentarnos a su lado. Entre nosotros sólo quedarán el grabador y su bastón color cobre, de empuñadura lila.
El motivo de la inminente charla es claro: acaba de estrenar Por el placer de volver a verla, la pieza teatral en la que Miguel Ángel habita la piel de un famoso autor y director que, como un cauteloso cirujano de recuerdos, se sumerge en su pasado para reencontrarse con su madre (interpretada cálidamente por Mercedes Funes). Pero esta entrevista va mucho más allá del debut de una obra: es testimonio de la entereza de un hombre que en lugar de rendirse decidió arremangarse, dar pelea y volver exactamente al lugar que más ama: al escenario.

Así fue el entrañable mano a mano con GENTE
–¿Cómo está Miguel?
–Bien (suena dudoso).
–¿Bien?
–Y, bien... como se está después de un ACV.
–¿Cómo es vivir con un ACV?
–Es tener un inquilino en tu casa que no te paga, que te consume todas las cosas que tenés en la heladera, en la alacena, en lo que estás cocinándote para comer ahora en el horno... y no te paga por nada de eso. Además, te transforma los pensamientos, y cuando querés encontrar una palabra te la esconde.
–Es un inquilino travieso.
–Bueno, si lo mirás con cierto optimismo...
–Lo importante es cómo lo ve usted.
–A mí me hincha mucho los quinotos. Hace todas las cosas que yo no aprendí a hacer: a vivir de otro, a molestar a otra persona para que le vaya mal en su vida. Es un intruso.
–Un intruso. Es una forma amable de verlo también.
–Sí, podría utilizar otras palabras pero estaría hablando mal de mí también. ¿Ves?

–Igual, es superador que usted ande en este momento presentando una obra de teatro. No sé si mucha gente con "un intruso" adentro hace o haría lo mismo.
–El responsable de esto es Manuel González Gil, que insiste en que yo soy un gran actor.
–¿Será que tiene razón?
–No lo sé. Tengo que demostrarlo. Tengo que estar ante el público y convencerlos de que yo soy eso que estoy haciendo y que eso que estoy haciendo es lo mejor que puedo brindarles.
–¿Estuvo trabajando mucho para lograrlo?
–Sí, aunque ahora que me lo preguntás, quizá no es suficiente. Quizás tengo que despreocuparme y trabajar menos (toma impulso y comienza hablar con una llama en la mirada). Antes me despreocupaba y trabajaba menos. Dejaba que el personaje entrara por los ojos, los oídos de la calle, por las conversaciones, las miradas de la gente. Era cómo que sostenía una idea en el aire y esperaba para hacerla bajar y asimilarla y hacerla llegar al otro. Antes era así, ahora... (la energía se le escapa).

–Dicen que el cuerpo tiene memoria. Bueno, usted se transformó recién mientras hablaba de lo que le sucedía antes...
–¡Ah! Puede ser, pero porque tengo recuerdos de un antes, pero son recuerdos muy difusos, ¿eh? Esto te borronea todo, es rarísimo. Y cuando vos sabés que vas a decir una palabra y te sale otra, es horrible porque para mí las palabras significan, y cuando yo digo una palabra que no es la palabra que quiero decir, no me significa. Y si además la altero en su orden, ¡uff!, me hace un lío en la cabeza: es como si rebotara una pelota en una cancha de pádel, "pum, pum, pum", y no sabés por dónde agarrarla si no jugaste nunca al pádel.
–Las palabras, claro. Tan importantes para alguien como usted, que a lo largo de su trayectoria siempre trabajó con ellas, y aún sigue haciéndolo.
–Es que trabajar significa comer. Y comer significa saberse útil. Pero sí, la palabra es un ancla. Y muchas veces terminás siendo esclavo de palabras tuyas o de actitudes tuyas, o de sentimientos o pensamientos. Pero... ¿ves?, ahí me perdí en el campo de golf (se tienta mientras sacude la cabeza). Nunca en la vida jugué al golf tampoco.
–Pero se imagina que sería así estar en un campo de golf.
–Sí, sí. "¿Y ahora a dónde voy?". Y viene un señor y te dice: "Allá". Entonces vos te preparás para ir para allá y te ordena: "No. Saque eso. Agarre este palo. Tire con esto".
–En el día a día, ¿tiene a sus hijas? ¿Quién lo acompaña?
–Mi novia, mi mujer.
–¿La mujer que le conocemos o una nueva?
–No, no. No es nueva, es el amor de mi vida.
–Paula, ¿no?
–No, Paula es la madre de mi hija anterior, la de 12 años, que se llama Adriana. Yo hablo de Fátima (señala a una mujer castaña de mediana estatura que se encuentra del otro lado de la sala, a una distancia en la que puede vernos pero no escucharnos).
–Cuénteme de Fátima.
–(Se emociona) Es hermosa. Es un ser hermoso e increíble. ¡Y además me cuida! Hace más de un año que estamos juntos, y de a poquito la he ido conquistando. Además, en el medio me agarró esto (N. de la R.: por el Accidente Cerebrovascular) y no se fue. No se escapó. Se quedó. Hay que tener valor para quedarse con alguien así, y además con 75 años, ¿eh?
–¿Cuánto tiempo llevaban juntos cuando lo sorprendió ACV?
–Ocho meses.

–¿Ya estaban conviviendo?
–Sí, ya compartíamos todos los días. Y te digo algo, no sólo es hermosa, es un ser bueno.
–La bondad no es tan fácil de encontrar. ¿A qué se dedica ella?
–Es pintora, y una pintora extraordinaria, además. Me enamoró su pintura y su dibujo. Y es estudiante, pero resulta que pinta y dibuja desde antes de que se lo enseñaran. Tiene el don. Cuando la veo pintar o dibujar me digo "con razón me enamoré tan fuerte de ella". Yo pensé que ya nunca más iba a tener pareja, que ya había llegado a la edad del reposo. Como Borges, que dijo "ya estoy libre de las tentaciones carnales", y treinta años después le dijo a María Kodama: "¿Sabe cuándo me enamoré de usted? Cuando estudiábamos inglés antiguo".
–¿El suyo fue amor a primera vista?
–No. Fue entrando de a poco de una manera rarísima. Y todavía está... ¡es maravilloso!
–Y no sólo está, sino que usted la describe a ella como "el amor de su vida".
–Sí, porque... ¿cómo se dice cuando ya sabés que no hay más, que ya está?
–¿Usted quiere estar con ella por el resto de su vida?
–Uy, qué feo ponerse a pensar en el último día, ¡madre mía! No, sí, a mí me gusta estar con ella, y quiero que el hoy sea un mañana también. Sí, claro que sí.
–Linda frase. Charlemos de Por el placer de volver a verla. ¿Qué me puede decir de su nueva obra?
–Que es extraordinaria. El público se la merece. Aunque me da una sensación rarísima porque trata sobre un escritor canadiense consagrado que decidió escribir esta obra para agradecerle a su madre todo lo que hizo para que él fuera ese escritor consagrado. Es una belleza de obra porque nos toca a todos, porque todos somos hijos. Y al público le va a encantar, vas a ver.

–Y seguro usted va a estar muy bien en cada función.
–Muchas gracias, ojalá. A veces se me olvidan las cosas....
–La gente no lo sabe.
–Ya lo sé. Pero esa era mi consigna cuando yo tenía la autonomía de elegir todo lo que quería decir. Bueno, el mismo Manuel (González Gil, el director) me viene diciendo: "Nunca estudiaste de memoria, Miguel, ¿qué querés hacer ahora?, si siempre inventaste las palabras ahí arriba del escenario y la gente quería vibrar con eso que te pasaba". "Sí", le respondo, "pero ahora no soy yo el dueño, tengo un intermediario que dice lo que quiere y me trastoca y altera las palabras". A lo que él siempre me responde: "No te preocupes".
–¿Y será eso, que usted no debe preocuparse, nomás, sino disfrutar de su escenario y de su público?
–(Su mirada centella al escuchar "su escenario", y él sonríe) Quizás. Quizás es eso.
Agradecemos a Martina Valía y Javier Faroni


