A los 88 años y con más de siete décadas de trayectoria, Rodolfo Ranni sigue subiéndose a los escenarios con la misma convicción que lo convirtió en una de las figuras más queridas de la actuación argentina. Actualmente protagoniza junto a Luisa Albinoni la obra Negociemos una historia de amor, una comedia romántica que pone el foco en los sentimientos, los reencuentros y las oportunidades que pueden aparecer cuando menos se esperan.
En diálogo con GENTE, el actor reflexiona sobre el amor sin límites de edad, el paso del tiempo, los cambios en la profesión y la vigencia de una carrera que lo mantiene en permanente actividad. Fiel a su estilo directo y sin filtros, Ranni también revela por qué nunca mira hacia atrás, cuál es el verdadero motor que lo impulsa a seguir trabajando y qué es lo que más disfruta al finalizar cada función.

-Negociemos una historia de amor habla del amor en la madurez. ¿Qué te atrajo de esta historia y qué sentís que tiene para decirle al público de hoy?
-Los mensajes los recibe la gente con lo que ve y nosotros tenemos la prueba con cómo nos aplauden de pie todas las noches. Es una historia muy particular de dos personas que durante 50 años no se ven. Una de ellas está enamorada de la otra y la otra nunca lo supo. Se lo cuenta medio siglo después. La obra no es sobre la madurez, sino que para el amor no hay edad: esa sería la síntesis. A mí me encantó el personaje que hago, me atrajo la historia... y creo que de verdad la hacemos muy bien.
-¿Creés en las segundas oportunidades tanto en el amor como en la vida?
-La vida está llena de sorpresas. Por eso yo siempre miro para adelante, nunca al pasado. Tengo una teoría de que el futuro no existe y lo que existe es el pasado. Una vez que yo termine de contestarte esto, ya forma parte del pasado; por lo tanto, todavía tengo muchos pasados por vivir.

-La obra demuestra que el amor no tiene edad. ¿Sentís que todavía existen prejuicios sobre los vínculos en las personas mayores?
-Sí, prejuicios hay siempre, pero la obra muestra precisamente que en el amor los prejuicios no existen.
-¿Cómo fue el reencuentro artístico con Luisa Albinoni y qué descubriste en ella como compañera de escenario en esta etapa de sus carreras?
-Luisa Albinoni está demostrando lo gran actriz que es y que el señor Ernesto Medela (el director de la obra) no se equivocó en ofrecerle esta obra para que la hiciéramos juntos. Estoy felicísimo. Cada día la veo mejor mejor. Esto no es "Hola, mami" (la incónica frase que repetía en el sketch de La peluquería de Don Mateo), ¡esto es ella, una gran actriz!

-Después de tantos años de trayectoria, ¿qué sigue emocionándote al subirte a un escenario?
-Tengo más nervios ahora que a mis 30. De joven te acompaña cierta inconsciencia sobre lo que estás haciendo. Pero después de 75 años de profesión, antes de salir a escena lo único que quiero es irme a mi casa. Pasa que como después el que entra no soy yo, sino el personaje, durante una hora se van esos nervios porque en el escenario soy el personaje. Es la magia del teatro: si yo, por ejemplo, abajo del escenario tengo 40 de fiebre, me la tomás arriba y va a ser de 36, porque ahí el personaje no tiene fiebre. Y al salir vuelvo a tener 40 grados de fiebre, porque ahí sí soy otra vez Ranni.
-A los 88 años continuás trabajando y recorriendo el país. ¿Cuál es el secreto para mantener intacta esa pasión por el oficio?
-Además de pasión, es mi trabajo. Uno deja de actuar cuando se muere y todavía tengo muchos años por vivir. Mi hija mayor me dijo: "Papá, cumplí 53, te voy a alcanzar", y yo le dije: "No me vas a alcanzar porque yo voy a vivir hasta los 105", y una promesa a un hijo se le cumple. Así que hasta los 105 voy a seguir contestando.
-¿Te preocupa el paso del tiempo?
-No, el paso del tiempo no existe, lo lleva la gente en la cabeza. Cuando tenés bien el bocho, no existe el paso del tiempo. ¿Qué significa el paso del tiempo? Te estoy diciendo que para mí el futuro no existe, ¡mirá si me va a preocupar el paso del tiempo!

-Si tuvieras que hacer un balance de tu carrera, ¿cuál consideras que fue el momento que marcó un antes y un después en ella?
-No hay un momento, todos son momentos. Además, yo nunca creí en la especialización en mi trabajo. Jamás creí en eso de actor de comedia, dramático, de televisión, cine, radio o teatro: un actor tiene que hacer de todo y bien, para eso le pagan. Por criterio propio, si hacía Los pasajeros del jardín con Graciela Borges, que es una película muy romántica, después seguía con una comedia de Hugo Sofovich, o si filmaba Zona de riesgo, continuaba con una película con Susana y Calabró. La gente está acostumbrada a verme en uno y otra género y por eso todavía me siguen convocando, gracias a Dios. Un actor tiene que hacer de todo.
-Trabajaste con varias generaciones de intérpretes y atravesaste distintas épocas de la televisión, el cine y el teatro. ¿Qué cambió y qué permanece igual en la profesión?
-Lo que siempre permanece es el público. Primero que nada, ahora no hay trabajo: muchos actores están empleándose en Uber y el canal que con más éxito en este momento es Volver, porque la gente lo ve muchísimo. Lo único que nos queda es el teatro, donde el público se acercae porque quiere ver a sus actores. Es lo que Luisa y yo tenemos que agradecer, porque todas las noches por suerte llenamos las salas, nos aplauden de pie, nos felicitan y nos esperan.
-¿Hay algún personaje o proyecto que recuerdes con especial cariño porque le dejó una enseñanza personal?
-Ninguna cosa tiene que enseñarle nada al actor. Si una obra o un personaje tuviese algo que ver conmigo, entonces no estaría haciendo teatro. Lo bueno es que no tenga nada que ver con uno, si no ¿cuál sería el placer de interpretar? Te cuento una anécdota... Laurence Olivier rodó Maratón con Dustin Hoffman. Antes de filmar, Hoffman salía a correr todas las mañanas para encarnar al maratonista, y llegaba muerto. Uno de los primeros días, Olivier lo miró y le dijo: "¿Y si probara con actuar?". Si yo tengo que actuar de asesino no salgo a matar gente de la noche para ver cómo se mata. El placer es crear un personaje como uno cree que debe ser, pero que no tenga nada que ver precisamente con uno. Eso es lo bueno.

-Cuando mirás hacia atrás, ¿hay algo que hubieras hecho diferente o sentís que volverías a recorrer el mismo camino?
-Nunca miro para atrás, siempre la zanahoria delante del burro. Siempre.
-En una entrevista reciente señalaste que no te imaginás lejos del escenario. ¿Qué lugar ocupa hoy el trabajo en tu vida cotidiana?
-Es mi trabajo de todos los días. Mis hijas nunca dijeron: "Papá fue al canal o a filmar", sino "papá fue a trabajar". Es mi trabajo, no soy un marciano, voy al mismo chino que vos en la esquina.

-¿Qué te gustaría que dijeran dentro de unos años del Rodolfo Ranni actor, compañero de trabajo y persona?
-Que digan lo que cada uno tiene ganas. Yo sé cómo soy.
-Después de una vida llena de éxitos, reconocimiento y aplausos, ¿qué cosas son las que hoy te hacen verdaderamente feliz cuando baja el telón?
-Los salamines picado grueso que me regalan cuando estoy en gira. ¿Qué querés que te diga? ¿Irme a mi casa? No sé, lo que hace todo el mundo cuando termina de trabajar. La gente te abraza, te besa, te felicita y eso es el premio fundamental que tenemos nosotros cuando terminamos la función.
