Hay algo en Lucía Ramseyer que resulta difícil de explicar con palabras. Tal vez sea su forma de mirar, esa mezcla de curiosidad y seguridad. O su manera de pararse frente a un micrófono, sin importar si se trata de un pequeño auditorio o un escenario imponente. Lo cierto es que, con apenas 10 años, ya transmite algo que muchos artistas tardan décadas en construir. “Yo amo la música y la escucho todos los días”, dice, con simpleza y convicción
Nació en Santa Fe el 9 de enero de 2016 y, desde muy chica, la música apareció como un lenguaje natural. Antes incluso de aprender a leer, ya cantaba. No como un juego pasajero, sino con una memoria asombrosa para las letras y las melodías. “Un día, con menos de tres años, la llevamos a un recital de Abel Pintos y cantó todos los temas”, recuerda su papá, Adrián, todavía sorprendido por aquel momento.
A los tres años recibió una armónica como regalo. Ese objeto pequeño, casi casual, marcó el inicio de algo mucho más profundo. “Ese gesto marcó el inicio de un vínculo profundo de Lucía con el instrumento y con la música como forma de expresión”, cuenta su papá. Desde entonces, el acompañamiento familiar fue clave. Sin presiones, sin exigencias. Sólo dejando que el interés genuino de Lucía marcara el ritmo.

El video que llegó a León Gieco y marcó su rumbo
En mayo de 2021, cuando Lucía tenía cinco años, un video suyo interpretando una canción llegó a manos de León Gieco. Lo que siguió fue tan inesperado como determinante: el artista decidió contactarse con su familia.
Ese primer acercamiento dio lugar a un vínculo que con el tiempo se transformó en padrinazgo artístico. Por sugerencia de Gieco, la niña comenzó a tomar clases con la reconocida armonicista Sandra Vázquez, profundizando así su relación con el instrumento.
Pero incluso antes de ese reconocimiento, Lucía ya estaba creando. Compuso sus primeras canciones. Una de ellas, inspirada en los dinosaurios. La otra, atravesada por una preocupación mucho más actual: el cuidado del medioambiente. “En salita de cinco vimos un video sobre los animales en peligro de extinción. Cuando llegué a casa, le conté a papá y nos pusimos a investigar”, cuenta.

Esa inquietud derivó en “Hábitat libre: no se olviden del carpincho”, una canción que habla sobre la pérdida de hábitats naturales. “Yo sola la compuse, con ayuda de mi papá, que escribía lo que le decía”, agrega la artista con una sonrisa.
Escenarios, viajes y una carrera en crecimiento
Con el tiempo, esas primeras composiciones se transformaron en grabaciones. Sus canciones fueron producidas con participación del propio León Gieco y presentadas en vivo en Santa Fe, en un show que marcó un antes y un después.
A partir de allí, las invitaciones comenzaron a multiplicarse. Festivales, eventos culturales, escenarios en distintas provincias. También participaciones especiales, como su colaboración en “Baguala para la Argentina”, una obra vinculada a la memoria de los excombatientes de Malvinas.
Uno de los momentos más significativos llegó cuando conoció a Lee Oskar, referente mundial de la armónica, quien hoy acompaña su desarrollo artístico. Ese vínculo la llevó incluso a viajar a Estados Unidos para presentarse en el NAMM Show, uno de los eventos musicales más importantes del mundo. Allí interpretó clásicos como Imagine o Let It Be, demostrando una versatilidad poco habitual para su edad.

Sin embargo, más allá de los escenarios y los logros, hay algo que permanece intacto: su forma de vivir la música. Sin urgencias, sin presión. Como una extensión de su infancia. Actualmente, Lucía continúa su formación con clases de canto, piano, danza y comedia musical. Y, al mismo tiempo, trabaja en la producción de su primer single junto a León Gieco y Antonio Druetta. “Estoy trabajando junto a León Gieco y a Antonio Druetta en la producción y grabación de un nuevo single”, cuenta ilusionada.


