Detrás de la mujer que cada mañana acompaña a miles de personas desde la pantalla de Telefe, hay una historia de pérdida, lucha y reconstrucción. Georgina Barbarossa atravesó uno de los dolores más grandes de su vida cuando en 2001 asesinaron a su marido, Miguel El Vasco Lecuna, y durante años tuvo que aprender a convivir con esa ausencia mientras criaba a sus dos hijos y buscaba volver a encontrar la alegría.
Hoy, la actriz y conductora mira hacia atrás y recuerda el camino recorrido: el impacto del crimen de su esposo, el difícil proceso del duelo, la fuerza que encontró en Juan y Tomás -sus gemelos- y la nueva etapa que disfruta junto a su nieta Julia.
Pero este presente también está marcado por un gran reconocimiento del público. Georgina es la elegida de cada mañana y su programa se mantiene como líder en todas sus emisiones. Según los datos registrados hasta el 20 de julio, A la Barbarossa supera a su principal competidor, El Trece, con un promedio anual de 4,57 puntos de rating y 47,28% de share.

"En este momento donde hay tan poco trabajo y es tan difícil meter un éxito, porque es todo tan inmediato y efímero. Permanecer no es fácil; estoy muy agradecida con el canal, con todo mi equipo y, sobre todo, con la gente. Porque no siempre decimos cosas lindas, las noticias no todas son divinas. Hacer este programa a veces es duro, porque tenés que hablar de cosas de la realidad, donde la gente no lo está pasando bien", resume sobre el éxito del ciclo en vivo que hace día a día desde las 9.30.
En una charla íntima con GENTE, con más de mil programas, una carrera llena de éxitos y una familia que define como su mayor legado, Barbarossa disfruta de un presente que la encuentra plena. "Lo que me queda hacer en la vida es viajar y disfrutar con mis hijos, mi nieta y familia", confiesa mientras atraviesa una etapa en la que celebra todo lo construido y los sueños que todavía conserva intactos.
Cómo aprendió a convivir con las noticias más duras: "Hice mucha terapia para poder hacer el programa"
—Con A la Barbarossa (Telefe) despertás un instinto familiar en la gente, una voz que de alguna manera los representa. ¿Cómo se logra eso?
—Gracias. Creo que sí, que la gente sabe que nosotros no le mentimos, que somos espontáneos y auténticos. La gente se siente reflejada porque a todos nos pasan cosas y uno ve que el que está del otro lado podés ser vos. A mí también me pasaron cosas en la vida, y eso hace que la gente se abra, nos cuente sus problemas y abra su corazón, lo cual es fantástico.
—¿En algún momento te costó llevar esa actualidad día a día? ¿Te pesan esos casos al salir del estudio?
—Al principio sí, muchísimo. Hubo temas, como la muerte del nene Angelito, que si por mí hubiese sido no lo hacía, pero lo tenemos que hacer. Hice mucha terapia para poder hacer el programa, porque volvía destrozada a casa. Pero después te empezás a sentir útil al ver la parte del vaso lleno; a veces la gente no tiene posibilidades de ir a un abogado, que un fiscal los atienda o que venga la policía. Visibilizar los problemas te hace sentir muy útil; la gente llega a la televisión buscando a alguien que finalmente los escuche.

—Igual también hay que tener carácter para llevar un programa así, con panelistas de opiniones distintas.
—Son geniales. Tengo un panelismo fantástico y una producción increíble; Telefe es una gran familia de verdad. Hay técnicos que conozco desde que empezaron a los 20 años, como un sonidista, Juan, que lo vi chiquitito cuando empezó. Los cámaras son de toda la vida y la producción trabaja 24/7, siempre. Estamos en contacto permanentemente. Aunque el programa dura dos horas y media, son muchas horas buscando la noticia, viendo qué se puede hacer, qué le interesa a la gente y cómo podemos ayudar.
—¿Qué considerás que es lo más retador de hacer un programa de este tipo y a diario en vivo?
—Primero tenés que estar muy informado; estoy todos los días leyendo y viendo todo lo que pasa acá y en el mundo, no podés improvisar. No lo veo como un reto, sino como un encuentro con la gente y eso me hace sentir feliz. La televisión cambió; a la gente le interesa la inmediatez y es increíble que la gente se siente más identificada con los problemas que con las noticias alegres. Me siento plena, porque, a lo mejor, tras salir en TV contando sus problemas, les volvió la luz, el gas o el agua después de una semana, y eso me da mucha alegría a pesar de las noticias tristes.
Georgina Barbarossa, entre su pasión por la actuación y los recuerdos de una infancia marcada por el arte
Georgina lleva más de cinco décadas vinculada al espectáculo argentino. Formada como actriz, construyó una carrera que atravesó teatro, cine y televisión, trabajando junto a figuras como Antonio Gasalla, Pepe Cibrián Campoy, Gerardo Sofovich, Hugo Moser y Norman Briski. Con el paso de los años, sumó la conducción a su recorrido profesional y logró consolidarse como una de las personalidades más queridas de la pantalla chica, gracias a un estilo espontáneo, cercano y profundamente empático con el público.

Su presente al frente de A la Barbarossa es el resultado de un camino construido a fuerza de versatilidad. Sin embargo, mucho antes de convertirse en una figura popular de la televisión, ya había descubierto cuál era su verdadera vocación.
—Viviste todas las épocas de la televisión. ¿En qué rol sentís que disfrutás más, en la conducción o en la actuación?
—Estoy bien en los dos, me encantan. Son lenguajes distintos: la tele te hace popular y conocida; en el teatro podés ahondar en el personaje y hacer un trabajo más chiquitito. Es diferente, no puedo decirte cuál me gusta más. Es como tener dos hijos; yo tengo gemelos, Juan y Tomás, que nacieron con dos minutos de diferencia, y aunque son distintos, los recontra súper amo a los dos por igual.
—Has contado que desde muy chica manifestabas ser artista.
—Totalmente. Ya desde chiquita me encantaba disfrazarme; de hecho, ahora le llevé a mi nieta un traje de española con zapatitos, aunque todavía le queda grande. Desde muy chica me gustaba todo este mundo. En casa todos cantábamos y nos reuníamos alrededor del piano de mi abuela; éramos como una especie de familia Trapp, todos cantando y actuando, y siempre había un motivo para disfrazarnos. Tuve una infancia muy feliz. La suerte que he tenido de nacer en una familia muy alegre, con abuelos mágicos, y eso se nota, eso es lo que uno también transmite.

—¿Tus padres apoyaban ese instinto?
—De entrada, porque mi papá quería ser actor y mi mamá bailarina y no los dejaron. En un punto cuando les dije que quería actuar, mi viejo me dijo: "Sí, pero tenés que estudiar". Y estudié como una loca, siempre hay que estudiar, porque nunca terminás de abordar a todos los autores. El teatro es apasionante. Desde chica me encerraba en el baño que era enorme, que tenía una acústica genial, llevaba una mesa de paño verde, de las de jugar al bridge, ponía un tocadiscos, mi guitarra y me miraba en la pared de espejos por horas.
Las redes sociales, el paso del tiempo y su postura frente a las cirugías estéticas
—Si hubiesen existido redes sociales en ese momento tendrías todas esas escenas de tu infancia documentadas, me imagino.
—¡Sí! Tendría totalmente todo.
—¿Cómo te llevás hoy con las redes sociales y la reinvención de los medios?
—Me encantan porque es otro lenguaje, pero no vivo pendiente de ellas. Me da fiaca mostrarlo todo; no tengo problema en salir a cara lavada o camisón, no me importa. Pero necesito a veces un momento de privacidad. Hay gente que muestra hasta cuando está haciendo pis y ya ¡basta! Entonces no tenés vida y vivís para las redes. En Instagram sí muestro el ejercicio porque es importante que la gente grande se cope; mis clases son divertidas con mi personal trainer: si él pide 10 repeticiones, yo le digo "ni en pedo" y hacemos 5 o 20, pero hago. Ahora vivimos todos más y hay que cuidarse muchísimo más.
—¿Y cómo vivís el paso del tiempo?
—Cuando me veo el "colgajo" del brazo me deprimo un poco, pero no me vas a ver sin mangas ni muerta; las chicas (su equipo) ya saben que me pintan los ojos, me ponen aros y tapan el brazo. Si me muero, en el cajón divina. A veces digo: ¡Uy, la papada!, pero por ahí con una inyección acá... Pero estoy contenta.

—Sobre el aspecto físico, ¿en algún momento sentiste presión por las cirugías?
—Recuerdo que cuando empecé a trabajar en estos estudios, donde Mirtha Legrand hacía cine, la calle de enfrente era de tierra; parece que hablo del plegamiento urónico, pero te juro que era así. Cristina del Valle, Diana Maggi y Carmen Barbieri vinieron a decirme que tenía que operarme la nariz, que no podía trabajar así porque se usaba la nariz respingadita. Mi vieja me dijo: "Ni se te ocurra". Fui tres veces a un cirujano que me decía que mi nariz era "inmunda", pero no lo hice. Con el paso del tiempo, sigo con mi nariz, mis dientes y mi mentón que está para adentro; no me cambió la cara. Por ahí me hice toquecitos, pero nada más.
—¿Sentís que eso ha cambiado en la industria de hoy?
—Lo que critico mucho son las chicas jóvenes, que a los 20 o 30 años que ya se hicieron toda la cara; eso me parece un horror porque vas perdiendo tu identidad muy chiquititas. Se hacen una boca que parece un "bife de chorizo" o se ponen dientes tipo "chicleada". Si yo apareciese así, pierdo, no me reconocería.
La muerte del Vasco Lecuna y el duelo que cambió su vida: "No los puedo perdonar"
El 2 de diciembre de 2001, la vida de Georgina Barbarossa cambió para siempre. Su marido, Miguel "Vasco" Lecuna, fue asesinado durante un intento de robo cuando conducía su taxi por la Ciudad de Buenos Aires. La actriz quedó viuda con sus hijos gemelos, de apenas 13 años, y desde entonces atravesó uno de los procesos más dolorosos de su vida.
A casi 25 años de aquella tragedia, Barbarossa vuelve a ese episodio con una honestidad conmovedora. En esta entrevista con GENTE, recuerda cómo fueron aquellos primeros años de profunda tristeza, el peso que significó sostener a sus hijos mientras intentaba reconstruirse, el momento exacto en que sintió que recuperaba la capacidad de reír y la decisión que tomó para dejar atrás el odio, aunque admite que todavía hay algo que no pudo hacer: perdonar a los asesinos de su marido.

—Tenés un humor muy particular. ¿Sentís que fue una herramienta para atravesar los momentos más dolorosos que viviste?
—El humor te salva siempre; incluso tuve humor negro en momentos duros. He estado años deprimida tratando de simular para darle fuerza a mis hijos, pero trato de ver el vaso lleno. De todos modos sí, cuando te deprimís, te deprimís. Cuando estás triste es difícil salir adelante. Recuero que rezaba mucho pidiéndole a Dios recuperar la alegría, porque pensé que no la recuperaría nunca más, pero la alegría vuelve y uno se vuelve a reír. Te reís de otra manera, pero te volvés a reír.
—¿Cómo hiciste para recuperar esa alegría tras la pérdida de tu marido, el Vasco?
—Fue tremendo para toda la familia, para los chicos y para la hija del Vasco. Al principio me enojé, no tenía fe ni esperanza, estaba muy enojada, porque no es que se murió, lo mataron. Pero después me apoyé en la fe, pero fundamentalmente en mis hijos que fueron mi motorcito. Tenían 13 años y cumplían 14 a los dos días; íbamos a festejar su cumpleaños. Fue tremendo. Tu cabeza no entiende una muerte así y te deprimís cuando empezás a entender lo que pasó y hasta que llega el juicio. Entonces dije: yo tengo que salir adelante, pero por mucho tiempo no me volví a reír. Por eso rezaba mucho, porque quería recuperar eso.
—¿Y cuándo lograste reír otra vez?
—Un día, estando con Marley en Costa Rica, él dijo una estupidez y yo me empecé a reír a carcajadas. Ahí me di cuenta de que me estaba riendo realmente, con una risa franca y te reís a carcajadas. No me voy a olvidar jamás de ese día porque recuperé la risa después de dos o tres años. Me volví a reír con él.

—Fue un duelo largo para vos, porque hasta que no tuviste la sentencia del juicio, no terminabas de procesar todo lo ocurrido.
—Lo que pasa es que hasta que no fue la sentencia... Todo el tema del juicio fue horrible, horrible, horrible, porque ahí volvés a revivir todo y con lujo de detalles. Por eso cuando yo veo a la gente en la televisión que va a los juicios, veo a los padres o a los hijos... yo entiendo todo eso. Creo que quizás por eso la gente me abre su corazón, ¿entendés? Porque yo los puedo entender. A mí me pasó lo mismo. Entonces hay una parte mía que los abraza, porque es horrible volver a vivir todo con pelos y señales.
—Claro. Lo viviste en primera persona.
—Una vez me decían: "Bueno, al año ya hiciste el duelo, ¿no?". No. Al año fue el juicio. Hasta que hacés el juicio y podés enterrar como querés a esa persona... Yo no lo podía cremar antes porque gracias al ADN de su sangre se pudo dar con el taxi donde lo habían acuchillado. Gracias a eso recién lo pudimos enterrar y hacer la ceremonia que él quería. Entonces, a partir de ahí hacés vos tu duelo como podés. Es complicado, pero ahí empezás a sentir una paz.
—¿Pudiste perdonar?
—No, no, no. Yo los puse en manos de Dios a los asesinos, pero no los puedo perdonar. No soy tan católica. Hay una parte mía que los puso en manos de Dios, pero estuve muchos años con mucho odio y mucho rencor. Yo sentía, en el fondo de mi corazón, que los podía matar con mis propias manos. Y ese odio... dije: "Yo me voy a provocar un cáncer. No puedo tener este odio dentro mío porque no puedo dejar a los chicos huérfanos". Fue difícil todo ese trance. Fui a cursos, hice cosas espirituales, del Evangelio, retiros... Hasta que dije: "Bueno, yo sí te los pongo en tus manos". Pero no los puedo perdonar. No los puedo perdonar.
Cómo crió sola a sus hijos tras la tragedia: "Ellos fueron mi motorcito"
—¿Cómo fue seguir con la crianza de tus hijos sola?
—Se hace como todas las mamás que se quedan solas o que están solas y tienen que salir a trabajar. Yo creo que los hijos te dan una fuerza increíble. No sé si, de no haber estado Juan y Tomás, yo hubiese tenido tanta fuerza, porque estaba muy deprimida y tenía que caretearla delante de mis hijos. Fue porque tenía que salir adelante. Ojo, que al principio a mí no me contrataban porque yo estaba triste.
—Claro, tuviste una pausa.
—Tuve una pausa porque, además, hay una cosa: vos podés actuar triste, pero no podés conducir triste, ¿sabés? Porque sos vos y se nota que estás triste. Eso era muy difícil. Así que me reinventé con una obra, fui por las provincias y, después, volví a la tele y volví a actuar. Pero fue duro todo ese trance.

—¿Qué sentiste al tener que parar y volver de a poco al trabajo?
—Fue duro porque, más allá de mí y de la hija del Vasco, que era más grande que mis hijos —somos todos familia porque nos reunimos siempre los fines de semana, somos una familia muy ecléctica, pero muy unida—, los chicos perdieron a su papá cuando más lo necesitaban: en la adolescencia, a los 13, 14 años y todo lo que vino después. Y no es lo mismo una mamá que un papá.
— Claro, en una etapa demandante.
—Además, poniéndoles los límites y diciéndoles: "Yo no soy tu papá. No soy tu amiga, soy tu mamá". Por momentos los chicos te odian porque les decís: "No, esto así no". Es difícil. Y eso que no era la adolescencia de ahora. Si fuese la adolescencia de ahora, me muero. Me muero, me muero. Porque además hay un nivel de violencia... A Vasco lo mataron en 2001, pero estamos en el 2026 y todo es peor. Todo es peor. Es un horror lo que está pasando. Así que, bueno, yo ya los crié.
El amor después del dolor: "Pensé que no me iba a volver a enamorar"
—En ese entonces priorizaste la crianza de tus hijos. Pero, ¿en qué momento te reencontraste con tu versión mujer, con esa Georgina más feliz, que volvió a quererse y a verse desde otro lugar?
—No sé, no lo pensé. Creo que tendría que acordarme cuándo tuve este novio, ¿en qué año fue? No me acuerdo, pero fue varios años después que dije: "Bueno, yo no me voy a volver a enamorar ni nada". Y me volví a enamorar y volví a tener un novio. No duró, duramos dos años y medio.

—¿Y hoy qué lugar tiene el amor en tu vida? ¿Te animarías en algún momento a volver a enamorarte?
—No sé, no tengo tiempo. Ahora tengo una nieta, Julia, que me tiene totalmente estúpida (risas). Entonces, en mis tiempos libres, si puedo estar con Julia, se los quiero dedicar todos a ella. Es muy chiquita, tiene dos años y medio y es el amor de mi vida. Si pinta algo... Pero no apareció nada que diga: "¡Wow!".
—¿Disfrutás también de esa etapa sola?
—Estoy muy bien sola. Tengo un montón de amigos, tengo mi familia, tengo a mis hijos, obvio, y tengo a López, que duerme conmigo. Tengo una vida muy plena, muy feliz. Y venir acá a trabajar también me da mucha felicidad.
El legado que construyó con sus hijos y su nuevo rol de abuela: "Hasta acá, tarea cumplida"
La llegada de Julia marcó una nueva etapa en la vida de la conductora. La pequeña nació en octubre de 2023 y es hija de Juan Lecuna y su pareja, quienes viven en las sierras de Córdoba. Desde su nacimiento, la conductora no oculta la felicidad que le genera su rol de abuela y suele compartir, con la discreción que eligió mantener sobre la exposición de la niña, cuánto disfruta cada encuentro familiar y el vínculo especial que construyó con ella.
—Hablando de familia, ¿qué significan tus hijos en tu vida?
—Mi vida. Son lo mejor de mi vida. Son mi identidad, mi legado. Me hacen muy feliz. Amo a mis hijos, amo al Vasco. Siempre siento que está al lado mío. Y ahora que tengo a mi nieta también siento que tengo otra semillita ahí. Veo a mis hijos muy realizados, muy felices, cada uno con su casa, cada uno viviendo la vida que quiere vivir, tranquilos. Son chicos tan humildes, tan especiales.
—Te emocionás al hablar de ellos.
—Sí. Ahora los noto que son hombres, que están felices, que cada uno hizo su camino. Veo a Juan tan puesto en su casa, allá en Córdoba, trabajando en lo que quiere hacer, con su hija, en medio de la naturaleza, tan feliz. A Tomás también, con el nuevo proyecto que tiene. Y realmente digo: "Bueno, ya está. Todo lo que tenía que hacer, lo hice". Ahora me queda divertirme con Julia y darle el mismo amor que me dieron mis abuelos a mí. Darle la magia, la locura, la diversión, jugar con inventos.

—Me da curiosidad saber cómo sos como abuela.
—Jugamos un montón. El fin de semana pasado le llevé un montón de juguetes y cosas. Más allá de que pintamos y dibujamos, jugábamos con inventos de palabras, poniendo caras, haciendo cosas con las manos, juegos de manos. Ella, tan chiquita, observando el mundo en Córdoba... Me río tanto, me divierto tanto con ella.
—¿Y cuando estás acá en Buenos Aires, hacen videollamadas?
—Ahora tenemos el teléfono acá porque vamos a hacer una videollamada. A mí también me encanta. Eso me hace muy feliz. Ya le compré un unicornio, porque si no le llevaría diez mil.
—Todavía no la mostraron públicamente.
—No, ni la van a mostrar.
—¿Pero te cuesta eso?
—Ay, odio. Porque además Julia es muy linda. No es porque sea mi nieta, te lo juro. Ustedes que la conocen, que les mostré la foto... Pero no, no la va a mostrar nunca. Olvídense.

—¿Sentís que te queda algo pendiente por hacer? Porque hiciste de todo en tu carrera.
—En cuanto al trabajo, sí. Tengo mil obras para hacer. No me voy a morir sin hacer un Shakespeare y un García Lorca. Me quedó pendiente estudiar piano, pero con la poca paciencia que tengo ya no me veo estudiando piano. Tengo muchísimas comedias musicales por hacer, cosas en teatro. Me gustaría volver a hacer ficción. Quiero que vuelva la ficción a la Argentina. Es necesario. El público quiere ver a sus artistas y acá tenemos artistas increíbles. Y lo que me queda hacer en la vida es viajar y disfrutar con mis hijos, mi nieta y mi familia.
Fotos: Diego García
Video: Cande Casares
Diseño de tapa: Darío Alvarellos
Peinó: Andrea Barroso @andreebaa
Maquilló: Laura Lamas @laulamasmkp
Styling : Vanda Varela @vavandita
Conjunto sastrero: Armesto
Accesorios: Luna Garzón
Agradecemos a Telefe y Julieta Abusier
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