Detrás de algunos de los vestidos de novia más elegantes y sofisticados de la Argentina está Camila Romano, una diseñadora que convirtió la tradición familiar ligada a la moda en una marca propia.
Con una impronta que combina el trabajo artesanal, la alta costura y una mirada contemporánea sobre el diseño a medida, la empresaria se presta a una entrevista en la que repasa sus inicios, el crecimiento de su atelier, el fenómeno de las novias que la eligen para uno de los días más importantes de sus vidas y los desafíos de proyectar su firma más allá de las fronteras del país.
“La alta costura estuvo desde siempre en mí, porque me crié en una familia en donde todo era a través de la moda, desde la boutique familiar, el producto, el textil. Hoy en día, creo que la alta costura sigue siendo fundamentalmente artesanal. Cada vestido que realizo tiene su tiempo, su pensamiento, su trabajo y su dedicación. Son muchas manos de muchas mujeres que trabajamos sobre cada pieza. El tiempo es lo que creo que perdura hoy en esta industria”, dice, en diálogo con GENTE.

“Cada pieza es única e irrepetible. Después puedo hacer otra parecida, pero nunca va a ser esa misma porque el bordado se hace a mano, por la florcita que se coloca o el pliegue que realizamos y voy moldeando sobre el cuerpo de cada una de las clientas. Siempre que te hablo de mis diseños a medida, llevan mucho tiempo, mucho trabajo y toda esa dedicación artesanal de pieza única que hace que hoy mi trabajo se pueda destacar en este pequeño nicho que es la alta costura en Argentina”, agrega.
-¿Eras de esas que hacía sus propios figurines en la infancia?
-Siempre me gustó pintar y dibujar. Y siempre me gustó la moda. Quizás no tanto esto de armar bocetos o figurines, pero desde chica iba a talleres de arte y pintura. Todo lo que era crear o hacer disfraces siempre fue algo muy mío.
-Entre tus primeros diseños, ¿te acordas cuál representó la idea de “mejor logrado”?
-Uno que hice cuando estaba en la facultad y tenía que presentar los prototipos para el desfile. Sentía que era mi gran colección. Hoy lo veo con amor y nostalgia por esa chica tan joven... Había trabajado diferentes texturas y hecho unos tableados que se entrelazaban. Primero lo hice en una escala chiquita, en un maniquí pequeño, y después en tamaño real.

-Vos empezaste a trabajar desde muy chica cuando tenías 17 años. ¿Cómo fue romper el hielo con en el mercado laboral?
-Trabajaba en Cravall, en la tienda familiar con mi papá y mis abuelos, entonces no hubo mucha opción. Me gustaba la moda y empecé a los 17 años haciendo un poco de todo: producto, visual, vidrieras, atención al público, escuchar y ver cómo las modistas en el taller trabajaban y cómo la jefa de taller se vinculaba con las demás. Todo eso lo fui adquiriendo desde muy chica. Mientras trabajaba, tuve un viaje largo que me hizo replantearme si quería seguir con el legado familiar. Estaba haciendo cosas más de prêt-à-porter (listas para usar) y había hecho algunos vestidos, así que decidí probar. Alquilé un local en la Galería Promenade de la avenida Alvear y empecé de a poquito con 20 vestidos.
-¿Cómo fue planteárselo a la familia? ¿Había expectativas de que continúes con el legado familiar dentro de la empresa?
-Había mucha expectativa. La familiar es una boutique emblemática de Recoleta con más de 60 o 70 años, que empezaron mis abuelos. Pero yo ya estaba armando mi vida y mi camino, estaba en pareja y después me casé. Hablé con mi familia porque estaba en esa búsqueda de hacer algo propio. Soy muy intuitiva y voy haciendo según me parece, creyendo en mis decisiones. Se dio bien y me siento muy apoyada por mis papás.
-¿Hubo consejos por parte de ellos?
-Los consejos con mi papá siguen estando. Tenemos esas charlas donde escucho su experiencia. También tengo muchos consejos de parte de mi equipo de trabajo: mis modistas, las bordadoras y costureras que tienen mucha más experiencia en el rubro porque están cosiendo desde siempre.

-¿Cómo te adentraste en el mundo de las novias?
-Las clientas me preguntaban si determinado vestido se los hacía en blanco, y así empecé con las novias hasta que me animé y le puse mi nombre. Después de la pandemia resurgí con más fuerza, con mi nombre como marca ya circulando en el recorrido de las novias. Lancé mi colección de vestidos de novia "Ready to Wear", que en Argentina casi no existía: la posibilidad de entrar a un atelier, elegir el vestido y que te lo arreglen en el momento. Mantengo ese vestido único artesanal, pero listo para llevar.
- ¿Y en qué momento te diste cuenta justamente de que la marca podía tener tu nombre y apellido?
-Fue un poco hacerme cargo de lo que me estaba pasando. Tenía entre 80 y 100 novias por año y en un momento dije: "el vestido de novia es un vestido de Camila Romano". Ahí puse mi cartel en la vidriera y me empecé a hacer cargo de lo que estaba pasando en mi marca y en mi vida.

-Hoy las novias te buscan puntualmente a vos.
-Sí, por suerte. Sigue habiendo muchos casamientos y a la gente le encanta celebrar. El momento de diseñar un vestido es único y necesita estar pensado especialmente para ese momento de la vida. Soy feliz de acompañar a las mujeres en momentos tan inolvidables y que confíen en mi criterio. Entrar al atelier es un todo: es cómo te sentís, cómo te tratamos, el asesoramiento con el estilismo y la contención. Diseñar es interpretar sus emociones; son vestidos que van a recordar toda la vida.
-¿Cuánto demora el proceso del vestido de una novia?
-Haciéndolo muy rápido, entre tres y cuatro meses. Si tiene bordados a mano o trabajos de dibujo que hay que mandar a bordar, puede tardar hasta seis meses. Entre que hacemos la toile (prueba inicial), la corregimos y armamos la corsetería, el tiempo promedio es de tres a cuatro meses.
-¿Y con las quinceañeras?
-Hay un súper boom con las fiestas de 15. Las chicas hoy hacen muchos looks. Trabajamos en equipo con la mamá o con la wedding planner porque hay chicas que hacen fiestas temáticas o con conceptos muy puntuales. Vienen con muchas referencias y muy decididas, así que uno trata de interpretar y plasmar esas emociones en un diseño. Es complejo.

-Eso es algo que cambió porque antes la fiesta tenía un único vestido o un cambio pequeño, pero hoy ya es habitual que haya varios cambios.
-¡Es un tema polémico porque uno les diseña una joya y después se quieren cambiar! Tratamos de asesorarlas para que ese cambio acompañe al concepto estético en el que venimos trabajando.
La vida familiar, un punto que no se negocia
“Empecé a elegir un poco más los momentos en los que realmente tengo que estar. Fui armando un gran equipo en donde me puedo apoyar mucho, delego y confío en las personas con las que trabajo”, cuenta Camila al hacer referencia a que no todo pasa por el trabajo. De esta forma, busca apartarse tiempo de calidad para compartir en familia.

“Las responsabilidades de llevar adelante una empresa son muchas, pero estoy feliz porque lo elijo cada día y no lo cambio por nada. Mi trabajo es gran parte de mi vida, junto con mi familia. Encuentro el equilibrio entre las dos cosas”, agrega.
-¿Cómo ves la industria hoy? Porque la alta costura apunta a un nicho muy puntual y la industria textil atraviesa una situación complicada.
-La situación es gravísima. Soy una agradecida y una privilegiada de poder, dentro de mi pequeño rubro, tener trabajo y dar trabajo. En mi equipo hay más de 20 mujeres que tienen a sus familias que dependen de esto. Es una gran responsabilidad. Siempre diseñar en Argentina implica desafíos, pero me obliga a ser creativa, resiliente y a valorar el trabajo artesanal. Me da un poco de vergüenza decirlo, pero valoro todo lo que fui construyendo estos años en mi carrera siendo tan joven.
-Siendo joven ya estás instalada con un nombre en la moda, ¿Cómo te ves dentro de unos años?
-Me veo trabajando como siempre, muy enfocada, con esfuerzo y dedicación. Me gustaría dar un paso afuera de Argentina, pensando primero en Latinoamérica, para llevar mi colección de novias a otros mercados.

-¿Cómo te imaginas ese proceso?
-Hay diferentes alternativas: presentar en una semana de la moda en otro país o en salones de novias que reciben pop-ups o trunk shows de diseñadores. Tuve algunos contactos en Estados Unidos para llevar piezas a showrooms, pero como mis piezas son tan de alta costura y yo estoy muy atrás del producto, todavía no me animé. Sé que voy en camino a que otros mercados vean mi trabajo.
-Javier Saiach llevó su colección al Ritz de París, por ejemplo.
-¡Claro! Por eso tengo que pensar de una manera más creativa, siguiendo con mi línea de vestidos "Ready to Wear", para que la calidad de lo artesanal y la moldería esté presente sin que se necesite al diseñador en todo el proceso. Es algo que tengo que trabajar a mediano plazo.
Fotos: Nicole Arcuschin @nicolearcuschin
Agradecemos a la relacionista pública María Claudia Pedrayes y a Sebastián Tuvio de Hotel Las Balsas de Villa La Angostura