Posiblemente en casi todas las bibliotecas de los hogares argentinos haya al menos un ejemplar de Mafalda. Es que la historieta de Joaquín Salvador Lavado Tejón, conocido como Quino, no sólo es la historia de una niña argentina que vive en un barrio de clase media porteño, hace preguntas incómodas a sus padres y juega con sus amigos. Es también una de las obras más sensibles, lúcidas y universales que dio la cultura argentina.

Publicada entre 1964 y 1973, en años en parte atravesados por la dictadura de Juan Carlos Onganía, fue una forma de hablarle a su público en la voz de los niños: una manera de poner en escena preguntas sobre política, libertad de expresión, censura, género, familia, educación y otros tantos temas en épocas en las que decir ciertas cosas podía resultar peligroso.
Con un impresionante doble sentido, Quino presentó una historia que se mantiene vigente hasta la actualidad, con temas que describen la cultura argentina y muchas de sus problemáticas, pudiendo ser entretenida tanto para niños como para adultos. Mafalda podía hablar de la sopa, de la escuela o de sus amigos, pero también mirar el mundo adulto y volcarse allí la ácida crítica de su autor.
Desde quienes la leyeron impresa en los diarios hace varias décadas hasta los que llegaron a Mafalda por los pequeños tomos de Ediciones De La Flor, la obra atraviesa a muchas generaciones. “Mi abuela me los mostró”, “yo heredé varios de mis hermanos mayores”, “es uno de los primeros libros que leí”, son algunos de los tantos escenarios posibles en hogares argentinos frente a la obra de Quino.

Quino falleció el 30 de septiembre de 2020, a los 88 años, y mantener la vigencia de su obra fue uno de los mayores desafíos para su familia. Es que había que hacerlo en un contexto muy diferente, con un cambio total en las formas de consumo. Pero las pantallas, las plataformas, la circulación digital y los nuevos hábitos culturales hicieron que fuera mucho más difícil que las nuevas generaciones conocieran a Mafalda más allá de su rostro, su flequillo, su moño y algunas frases que, muchas veces, ni siquiera fueron escritas por Quino.
En ese marco surge Mafalda Inmersiva, la experiencia que se inaugurará en octubre en el Centro Cultural Recoleta y que propone algo tan ambicioso como delicado: hacer que el público entre, literalmente, en el universo creado por Quino.
La muestra, dirigida y producida por Damián Kirzner, se presenta como una experiencia de entretenimiento cultural de gran escala. Ocupará 1.300 metros cuadrados y tendrá un recorrido de aproximadamente una hora con 14 salas temáticas, realidad virtual, proyecciones 360° con sonido envolvente y -entre otras cosas- animaciones 2D que cobrarán vida.

Pero por detrás de la tecnología, Kirzner insiste en una idea: la obra no debía ser alterada. “Lo que vas a encontrar es la obra de Quino, pero que salta del papel, que salta de la viñeta blanco y negro, a una nueva manera de contarse”, explicó en diálogo con GENTE.
Un recorrido para entrar en la fantasía de Mafalda
Al describir la muestra que abre sus puertas el 1° de octubre en el Centro Cultural Recoleta, Damián Kirzner no empieza por enumerar dispositivos tecnológicos. Habla, primero, de una fantasía: la posibilidad de caminar dentro de ese mundo que durante décadas existió en blanco y negro sobre el papel.
“Es un recorrido de una hora donde el público ingresa en el mundo de Mafalda. Vas a recorrer durante una hora 14 salas contiguas, una ciudad de miniatura con micro proyecciones de todos los personajes, una ciudad que está durmiendo y que después se despierta y se pone en acción", contó el productor.
A partir de ahí, la muestra avanza de sala en sala. La ciudad se transforma en espacios reconocibles: la casa de Mafalda, la cocina donde huele a sopa, el cuarto, los objetos cotidianos, los rastros de sus padres, Guille haciendo de las suyas. En ese sentido, Kirzner remarcó que la escenografía busca producir la sensación de que los personajes acaban de estar ahí “hace un minuto”.

El recorrido está pensado con dos niveles de lectura, tal como sucedía con la historieta. Por un lado, habrá un camino lúdico para chicos, con juegos y estímulos sensoriales. Por otro, una capa más profunda para adultos, cargada de señales, ironía, ternura y referencias a la mirada crítica de Quino sobre el mundo.
“Está lleno de guiños para los fanáticos que van a ir descubriendo cada objeto, cada lugar”, anticipa Kirzner. Ese trabajo artesanal se combina con tecnologías que van desde lo analógico hasta lo digital: esculturas, escenografías realistas, maquetas y experiencias de realidad virtual multiusuario donde el visitante podrá interactuar con los personajes.
La propuesta no busca reemplazar la lectura de Mafalda, sino generar una puerta de entrada. Para quienes ya conocen la obra, funcionará como un regreso emocional. Para quienes llegan por primera vez, especialmente chicos y adolescentes, será un primer contacto con una obra que durante décadas fue transmitida de padres a hijos, de abuelos a nietos, de bibliotecas familiares a nuevos lectores.
Cómo nació el desafío de hacer que Mafalda salte de la viñeta
Damián Kirzner llega a Mafalda Inmersiva después de más de tres décadas de trabajo en medios, televisión, cine y nuevas narrativas. Es licenciado en Comunicación Social por la UBA, fue gerente artístico de Ideas del Sur y Promofilm, primer director de contenidos de LN+, creador de Mediamorfosis y productor vinculado a ciclos y ficciones como Sorpresa y Media, Fugitivos, Ardetroya, Padres e Hijos, Okupas y Juana y sus Hermanas.

En la entrevista con GENTE, revela cómo después de años en la televisión y en el entretenimiento masivo, sintió que necesitaba correrse hacia otro lugar y comenzó a investigar nuevas maneras de contar historias con tecnología: realidad virtual, experiencias inmersivas, realidad mixta y formatos transmedia.
De esa búsqueda nació Mediamorfosis, el festival latinoamericano de nuevos medios que lleva más de una década de recorrido y tuvo ediciones en nueve países. Pero durante mucho tiempo, Kirzner sentía que todavía le faltaba hacer su propia gran producción en este lenguaje. “Hace mucho que yo venía pensando cuál iba a ser mi producción”, remarca y la respuesta aparece casi de forma natural: Mafalda.
“Soy fanático de Mafalda. Soy de la generación de los que leímos Mafalda y pensando en una producción que llegara a todo el mundo, que hablara de nosotros, que me guste hacerla, que disfrute hacerla, pensé en Mafalda”, recordó.
A partir de ahí, se puso en contacto con la familia de Quino a través de Daniel Divinsky, editor histórico del autor. Kirzner encontró a los herederos receptivos, pero también atravesados por una preocupación concreta: cómo sostener la vigencia de la obra en un mundo donde los hábitos de consumo habían cambiado radicalmente.
“La familia estaba preocupada porque las nuevas generaciones apenas conocen la cara de Mafalda, no saben bien lo que dice, se están desconectando de la obra porque consumen de otras maneras”, explica. La propuesta de una experiencia inmersiva apareció entonces como una forma de tender un puente: que quienes ya aman a Mafalda puedan reencontrarse con ella y que quienes todavía no la conocen entren a su universo desde los lenguajes del presente.
“Mafalda resume lo mejor de nosotros como Nación”
Hay una dimensión personal en el modo en que Kirzner habla de Mafalda. No se refiere a ella solamente como una propiedad intelectual, ni como una obra exitosa, ni como un personaje argentino exportable. Para él, Mafalda ocupa un lugar emocional y simbólico en la identidad nacional.
-¿Qué fue Mafalda en tu vida, en tu crianza, para que de todas las cosas que conociste en tu recorrido digas: “Este va a ser mi gran proyecto”?
-Mafalda para mí resume lo mejor de nosotros como Nación. Es lo mejor de los argentinos, lo más inteligente, cálido, tierno, agudo. Mafalda está en el cielo donde están Maradona, el Papa, Gardel, está a esa altura de conocimiento y cariño, pero sin ninguna contra, sin que nadie se le oponga. La aman todos.
Para el productor, la vigencia de Mafalda no se explica sólo por la nostalgia. Tiene que ver con una mirada que sigue siendo necesaria: “Mafalda mira el mundo con una acidez, una expectativa y una esperanza de que el mundo mejore. Necesitamos que hoy retomemos esa mirada, me parece de una vigencia absoluta en el mundo de hoy”.
La frase condensa una de las claves de la muestra. No se trata únicamente de celebrar a un personaje querido, sino de poner en circulación una sensibilidad. Mafalda no era cínica, aunque fuera irónica. No era ingenua, aunque fuera una niña. Tenía una preocupación genuina por el mundo, por la paz, por las injusticias, por el lugar de las mujeres, por la cultura, por la libertad y por las contradicciones de los adultos.
El proceso demandó tres años de trabajo y la participación de un equipo enorme, con personas en Argentina, España y Gran Bretaña. Algunos integrantes, explicó, forman parte de equipos que itineran por el mundo y están acostumbrados a montar experiencias de estas características. Sin embargo, con Mafalda ocurrió algo distinto: todos parecían tener una relación emocional con la obra.
“Mafalda es parte de todo, Mafalda es de todos. Los derechos para ejecutarla los tengo yo, pero Mafalda es tuya, Mafalda es del que nos está leyendo ahora, Mafalda es de todos. Y nosotros tenemos la responsabilidad de acercarla, de cuidarla”, afirma Kirzner con emoción.
El desafío de no "traicionar" a Quino
Adaptar Mafalda a un formato inmersivo implicaba tomar decisiones muy difíciles. ¿Cómo se la anima sin convertirla en otra cosa? ¿Cómo se le da color a una obra que muchas generaciones leyeron en blanco y negro? ¿Cómo se resuelve la voz de un personaje que cada lector imaginó de una manera distinta?

Kirzner sabía que cualquier movimiento podía generar resistencia. De hecho, muchas personas recuerdan versiones animadas anteriores de Mafalda con una sensación de extrañeza, especialmente por las voces. El productor remarcó que Quino, en su momento, autorizó experiencias audiovisuales y se animó a probar e innovar, aunque el resultado haya sido diverso.
“Hoy a la distancia te das cuenta que las voces de adultos haciendo de chicos, que Mafalda no tiene un arco dramático, no crece dramáticamente, sino que eran tiras en el diario y la reproducción directa de eso en un largometraje hizo que no funcionara”, analiza.
Por eso, en Mafalda Inmersiva la decisión fue clara: Mafalda no tendrá una voz permanente. La mayor parte de la experiencia respetará la lógica de las burbujas de texto, como en la historieta. “Decidimos no ponerle voz. Se comunica por burbujas de texto. Hay solo una pequeña pieza en la cual una niña sueña con Mafalda y ahí le escucha la voz. Pero es una pequeña pieza en toda la muestra”, explica Kirzner.
La decisión es clave. En lugar de imponer una voz definitiva, la muestra deja que cada visitante conserve la suya. La Mafalda de quien la leyó en los años sesenta no necesariamente es la misma que la de quien la descubrió en los noventa o la de un chico que la verá por primera vez en el Recoleta. Esa multiplicidad forma parte del pacto íntimo entre lector y personaje.
La "señal post mortem" de Quino para este proyecto
Otro de los mayores desafíos que tuvo la producción fue definir el color de Mafalda. Durante mucho tiempo, el equipo exploró distintas alternativas sin encontrar una referencia que los convenciera. Kirzner cuenta que todo cambió durante un viaje a Francia, cuando recorría experiencias inmersivas para estudiar formatos, recursos y posibilidades.
En la ciudad de Bordeaux, entró a una feria de libros usados y, como suele hacer, preguntó por Mafalda. Lo que encontró no fueron los clásicos libritos pequeños, sino una edición francesa a color publicada por el sello Glénat. Esos colores habían sido trabajados con autorización y seguimiento de Quino.

“Entonces la paleta de colores sale de acá. Fue increíble y me los traje todos de Francia. Son una belleza. Son una hermosura. Quino me dejó la señal acá. Así que le pusimos color siguiendo esta guía que Quino nos dejó”, relató con mucha emoción.
Esa anécdota se convirtió en una de las escenas más potentes del proceso creativo. No sólo porque resolvía un problema técnico y estético, sino porque le permitía al equipo trabajar con una referencia que sentían legitimada por el propio autor. La muestra podía tener color, pero no cualquier color. Podía expandir la obra, pero no apropiarse de ella de forma arbitraria.
-Mafalda le habla al mismo tiempo al niño y al adulto. La forma en la que una persona lee a Mafalda a los ocho años es totalmente distinta a los 20. ¿Cómo adaptaron esas dobles o triples líneas de sentido para la muestra?
-Toda la muestra está pensada para eso, para que los chicos puedan hacer la muestra jugando y disfrutándola, con la lectura que puedan captar en las diferentes edades que tienen, porque hay algo de desarrollo natural, de entendimiento. Es muy difícil que un chico de primeros años de escuela primaria entienda cuestiones de género o de censura. Entonces hay un recorrido lúdico, de juego para los más chicos, que los adultos también pueden hacer. Y hay una lectura más política de todo lo que dice Mafalda.
Mafalda sigue incomodando porque sus preguntas siguen siendo necesarias. En tiempos de múltiples pantallas, consumos fragmentados en redes sociales, discursos breves y debates públicos cada vez más tensos, la obra de Quino conserva una potencia extraña: puede parecer simple, pero nunca es superficial.
La niña que odiaba la sopa y se preocupaba por la paz mundial sigue siendo una figura capaz de interpelar a distintas generaciones. En ese sentido, Mafalda Inmersiva no sólo busca que los chicos conozcan a Mafalda. Busca que los adultos vuelvan a escucharla. Que recuerden la primera vez que una tira los hizo reír sin entender del todo por qué. Que vuelvan a mirar esas frases que en la infancia parecían simples y que, con los años, revelaron una inteligencia política y emocional mucho más profunda.
Para Kirzner, el valor del proyecto está justamente ahí: en la posibilidad de que Mafalda siga circulando, pero cuidada. Que se transforme sin desfigurarse. Que llegue a nuevos lenguajes sin perder el trazo de Quino. Que se vuelva experiencia, pero que siga siendo la obra del reconocido historietista argentino.


