Cuando Leonardo Sbaraglia habla de energía, no lo hace desde el wellness de Instagram. Lo hace desde la trinchera: seis de la mañana en un set, catorce horas por delante, una escena emocionalmente exigente esperando después del almuerzo. Ahí es donde el método que fue construyendo a lo largo de los años se pone a prueba. Y donde, dice, la comida suele ser el primer problema.
"Si parás a las 12.30 a comer y después tenés que retomar y volver con la escena", explicó en la reciente charla de tapa con GENTE, "la energía baja mucho. Entonces yo prefiero ni comer". Hablar de ayuno intermitente no es de ningún modo una declaración de principios nutricionales. Es una decisión práctica que fue llegando sola, con el tiempo, y que hoy describe con la naturalidad de quien convirtió un experimento en hábito. Simplemente de esos hábitos atómicos que aplicó y le funcionan.

El ayuno como herramienta de rendimiento
"Tenés el cuerpo más despierto, con todas las antenas ahí", describió Sbaraglia al hablar del ayuno intermitente, que combina con jornadas de trabajo intensas sin resignar rendimiento. "Cuanto más grande sos, el metabolismo empieza a ir más lento", observó. "Desde que lo estoy haciendo siento que me va acomodando, me ayuda a mantener un balance energético", sumó. En rodaje, explicó, la diferencia es concreta: sin el bajón post-almuerzo, puede sostener la concentración hasta el final del día.
Más tarde agregó, con el cuidado de quien sabe que sus palabras van a circular: "A mí me hace bien, eso no quiere decir que le haga bien a todo el mundo". De hecho, se escucha y recalca: "No me gustaría estar recomendando algo sin saber, solo te cuento lo que me funciona mejor a mí". Además, retoma sus dichos con sarcasmo y en un tono metadiscursivo comparte que alguna que otra vez se leyó "dando sugerencias" y le da mucha risa.
Para quienes estén considerando incorporar el ayuno intermitente, los especialistas en nutrición deportiva sugieren comenzar con ventanas cortas –de 12 a 14 horas–, hidratarse bien durante el período de ayuno y consultar con un profesional antes de aplicar cualquier protocolo, especialmente en contextos de alta demanda física o emocional. El método de Sbaraglia, vale recordarlo, es el resultado de años de ajuste personal: lo que funciona para un actor en rodaje puede no trasladarse directamente a otras rutinas.

Otro de sus compañeros en la diaria
El complemento imprescindible del ayuno para Leo es el mate. Tres o cuatro termos por día, mezclado con dos o tres hierbas distintas según lo que tenga a mano, y amargo de manera irrenunciable. "El dulce te rompe el ayuno", explicó. Y después, dijo entre risas: "Es como una mamadera. Nunca dejé la mamadera".

La imagen dice algo sobre Sbaraglia que va más allá de la infusión: hay una fidelidad a los rituales propios, una resistencia tranquila a modificar lo que funciona solo porque el contexto cambió. El mate lo acompaña en Buenos Aires, en Madrid, en cualquier set del mundo. Es el hilo que conecta la cotidianidad con el trabajo, lo doméstico con lo extraordinario.
Eso sí: lo toma estrictamente sin endulzantes, ya que el azúcar rompería el estado de ayuno, y en un día de actividad intensa, contó (¡como cualquier argentino!) puede llegar a consumir un mínimo de tres o cuatro termos. Lo que emerge de la conversación con Sbaraglia no es un programa de bienestar sino una filosofía más discreta: la energía no es un fin en sí mismo, es una condición para hacer lo que uno quiere hacer bien.
En su caso, estar presente en escena durante horas, construir un personaje complejo –como el que construyó en Amarga Navidad–, superar jornadas largas, y llegar al final del día con algo todavía encendido.

Pedro, el más exigente de todos: "Muy, muy, muy"
Hay directores que descubren la película en el montaje. Pedro Almodóvar no es uno de ellos. "Es muy exigente", dijo Sbaraglia. Y lo repitió, como si una sola vez no alcanzara: "Muy, muy, muy, muy, muy, muy". La exigencia, aclaró, no se ejerce sobre el set sino antes: en semanas de ensayo que se parecen más al teatro que al cine, donde cada escena se construye hasta que la verdad del momento ya no necesita ser buscada sino simplemente encontrada.
"Casi ensaya como si fuera teatro", describió. La escena en el parque junto a Aitana Sánchez-Gijón, una de las centrales de Amarga Navidad, la trabajaron durante prácticamente un mes y medio. Y contó en conversación con GENTE: "Llegamos al rodaje y ya estaba todo construido. El trabajo fue encontrar la verdad en ese presente".

"Hay algo de ponerse al servicio del trabajo con él. No de manera servil, sino de entender que él sabe exactamente lo que necesita", contó acerca del director manchego a quien personifica a partir de un alterego, Raúl. Lo que Almodóvar le pidió desde el inicio fue que no suavizara nada. "No quiero un retrato amable", fue una de las primeras instrucciones. Y Sbaraglia obedeció en el sentido más profundo del término: no como quien acata una orden sino como quien entiende que esa oscuridad es la materia misma de la película.
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