En medio del torbellino que significa ser el actor del momento, tras su paso por Cannes y el inminente estreno de Amarga Navidad, Leonardo Sbaraglia se detiene. Detrás del smoking de Louis Vuitton y los flashes de la Riviera francesa, aparece el hombre que admite, sin vueltas, las complejidades de compartir momentos memorables con una hija (Julia, 20, fruto de su relación con la artista plástica Guadalupe Marín) bajo el ritmo frenético de una carrera internacional.
Para Leo, la pregunta que atraviesa su nueva película con Pedro Almodóvar –esa línea borrosa entre la ficción y la vida– se traduce como el costo de la ausencia y la búsqueda constante de compensación. Si la película cuestiona hasta qué punto la obra de un artista puede nutrirse de su vida privada, el hombre detrás del actor cuenta qué sacrifica en nombre del trabajo. Por ejemplo, no tener cotidianeidad.

El "no" a los Oscar: cuando el cumpleaños de Julia fue prioridad
La vida de un actor de su talla es, por definición, "atípica". En la entrevista de tapa de GENTE, Leo reconoce que en esta profesión es imposible mantener una rutina: "No podés tener una relación de cotidianidad con nada. No es que decís: 'Todos los días puedo ir a buscar a mi hija al colegio'". Esa falta de presencia diaria lo ha llevado a tomar decisiones drásticas para preservar los hitos familiares.

Quizás el ejemplo más claro fue cuando Relatos salvajes lo puso en la puerta de Hollywood. "En un momento se abrió la ventana para ir a los Oscar", recuerda en una sincera conversación con este medio. Sin embargo, la fecha coincidía con el cumpleaños de Julia.
Entre el rodaje que estaba llevando a cabo y la organización del viaje, el ovacionado actor no lo dudó: priorizó el festejo en casa sobre la alfombra roja más famosa del mundo. Lo contó así: "A los dos días de que se abriera la chance, era el cumpleaños de mi hija. Encima estaba filmando, así que decidí no viajar".

"A veces para ser un buen artista tenés que aceptar que sos un padre 'ausente' que compensa con alfombras rojas"
Si bien admite haberse perdido "cosas importantes" por el trabajo, asegura que en el balance de los actos escolares de su hija, ha logrado estar presente en la gran mayoría. A sus 55 años, Sbaraglia reflexiona sobre cómo su entorno, y especialmente su hija, convive con su profesión. Según el actor, Julia ha ido aprendiendo en el camino a navegar estas aguas.
"De pronto empezás a rodar una película, te tenés que ir, o estás catorce horas por día de lunes a sábado metido en eso, y tu vida se detiene. Mi hija lo fue aprendiendo y lo sabe", explica. Pero Leo no oculta que esta realidad tiene claroscuros: "Tiene sus cosas feas, claro, pero al mismo tiempo tiene cosas buenísimas que lo compensan. Puede ir a un festival, lookearse de una manera increíble, subirse a un escenario, que le regalen cosas hermosas y vestirse como si fuera millonaria", dice entre risas.

Acerca de su singular vida, igualmente aclara: "Es tan atípica como la de un futbolista, aunque quizás sabe que juega todos los domingos y está, pero en el caso de la profesión nuestra a veces es que no sabés lo que vas a hacer el mes que viene". Al señalar su compleja organización, recuerda lo que en definitiva puede ser una vida privilegiada con una humorada ante sus propios dichos: "Es como dice una amiga, 'no me das nada de pena, Leo'".
El espejo de la ficción
En Amarga Navidad, Leo interpreta a un director que "vampiriza" sus afectos para crear obra. Consultado acerca del precio implícito de convivir con un artista, recuerda que eso es algo que charló con Almodóvar mientras hablaban de los personajes. "Yo le decía que muchas cosas del personaje –Raúl, el alterego del director manchego– las puedo entender porque estoy en esta profesión. A veces uno desmedidamente pone mucha vida propia en la ficción. No hay un borde claro", señala. Y reflexiona: "A veces cuesta encontrar la frontera entre la escena y la vida".

Lejos de que sea su caso, porque él solo interpreta lo que escriben otros, esa tensión entre el creador y su familia es algo que Sbaraglia conoce bien. Destaca que el límite entre ficción y realidad es tan difuso que a veces cuesta "bajarse del escenario" aún en una mesa cotidiana. "Hasta que alguien te devuelve a la tierra recordándote que no hay cámaras encendidas", agrega.
Con la honestidad que lo caracteriza, concluye que ser un buen artista a veces implica aceptar ese rol de "padre ausente que compensa con alfombras rojas". En ese juego de espejos infinito entre su vida y la plaqueta de acción, Julia es su cable a tierra, la razón por la que, a pesar de los viajes y las catorce horas de rodaje, el actor busca siempre ese "núcleo bien chico" de familia para refugiarse en la tranquilidad que tanto anhela reencontrar.
Fotos: Chris Beliera
Video: Candela Casares
Edición de video: Martina Cretella
Agradecemos a: Raquel Flotta y Carolina D'Andrea
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