Leonardo Sbaraglia íntimo, como nunca: “A veces la gente valora más lo que hacés que vos mismo” – GENTE Online
 

Leonardo Sbaraglia íntimo, como nunca: “A veces la gente valora más lo que hacés que vos mismo”

Es el protagonista de Amarga Navidad, el nuevo filme de Pedro Almodóvar, donde encarna a su alter ego. Entrevistado por GENTE, el actor se sumerge en el dilema ético de la autoficción, el costo de la fama y esa línea borrosa en la que su propia vida se mezcla con los guiones que interpreta. "A veces para ser un buen artista tenés que aceptar que sos un padre ausente que compensa con alfombras rojas", confiesa entre risas pero con la profundidad que lo caracteriza.
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Cincuenta y cinco años, un Goya, una carrera que construyó con la misma paciencia con la que prepara su mate –amargo, con un blend de tres hierbas, nunca en ayunas–. Días atrás llegó a la Costa Azul con dos películas bajo el brazo: Karma, thriller junto a Marion Cotillard que filmó el año pasado, y Amarga Navidad, la nueva cinta de Pedro Almodóvar que estrenará el 28 de mayo y donde encarna a un director que usa las vidas ajenas como materia prima. El personaje le calza justo porque la pregunta que la película instala es la misma que él se hace: ¿cuánto de la vida propia se puede poner sobre la mesa sin quemar lo que te importa?

Leo Sbaraglia cuenta con una filmografía que va de Tango feroz a Relatos salvajes, una nominación al Emmy, alto kilometraje en festivales y la extraña costumbre de no terminar de creer que le pase lo que le pasa: "Viste que te dicen 'trabajaste con Almodóvar', y yo sí sí; a veces, los demás te resignifican y le dan más valor a lo que uno hace".

Sbaraglia, el actor más buscado el momento. Arrasó en Cannes, posó para QG y Vanity Fair. Esta semana es la tapa de GENTE con una charla imperdible.

A pesar del poco tiempo que tenemos en medio de un acotadísimo junket –"¿cómo no voy a dar notas aunque sea lo que más deteste?", lanza casi intentando convencerse a sí mismo–, la idea desde el vamos es acercar al Leo más humano, ése que a veces se escabulle rápido de los flashes para volver a la normalidad, el que disfruta en presencia de las cosas más simples y no tiene ninguna narrativa que controlar. Responde con generosidad e interés porque sabe muy bien que 1) siempre habla con verdad y porque, además, tiene otra cosa a favor: 2) "Nunca leo las entrevistas que me hacen".

Detrás del glamour de Cannes, Leonardo

Lo vimos vestir smokings Louis Vuitton y Moschino, caminar la red carpet sonriéndose súper cómplice con Cotillard, empujando el carrito de un hotel cinco estrellas para una producción en Vanity Fair y brillando con el elenco de Pedro. Las redes se llenaron de su contagiosa sonrisa, que combina muy bien con estilismos impecablemente calculados de los que parece ni siquiera darse por entendido. Pero de entrada salen temas como la adicción al mate y los ayunos intermitentes. Algo que no es tan ajeno al haber revelado la técnica con la que fabrica la energía necesaria para rodajes exigidos y despliegues como el que acaba de protagonizar en la riviera francesa.

El squad de Almodóvar se robó los flashes en Cannes. La proyección ante la prensa especializada cerró con una sostenida ovación.

–Algo del Leo que tal vez no conocemos tanto. ¿Cuánto hace que ayunás?

–Hace un montón. Es una especie de equilibrio. Cuando estoy rodando, me viene bárbaro, porque son muchas horas de trabajo. A veces arrancás a las seis de la mañana, parás a las doce y media a comer, y después de comer tenés que retomar la escena. Yo prefiero directamente no comer.

–¿Y cómo lo llevás en el rodaje?

–A veces digo: "No quiero comer durante todo el día en el que estoy rodando". Es una manera de tener el cuerpo más despierto, con todas las antenas puestas. Si comés –sobre todo si te levantaste temprano y estás cansado– la energía baja mucho. Cuanto más grande sos, el metabolismo empieza a ir más lento. No sé si es apropiado para todos, pero a mí me ayuda a mantener un balance, un equilibrio energético, sobre todo cuando estoy trabajando. Me viene muy bien, es excelente.

–¿Y el mate te ayuda en ese contexto?
–Sí, porque tomás mate y no perdés el ayuno. No te rompe el ayuno, a diferencia del azúcar. Por eso lo tomo amargo, sin ningún endulzante.

–¿Y cuántos termos por día (le consultamos mientras le aceptamos otro amargo)?

–Mínimo tres o cuatro. Para mí es casi una mamadera.

"¿Hasta dónde la ficción puede devorar los afectos? Es una pregunta que le cabe a cualquiera", analiza Leo en relación a la interpretación de alter ego de Almodóvar en Amarga Navidad.

"No me gustaría estar recomendando algo sin saber, solo te cuento lo que me funciona mejor a mí", recalca con una sonrisa gigante y riéndose de alguna que otra vez en que se leyó "dando sugerencias" y retomando sus dichos con sarcasmo.

De metas y otras yerbas: "Quisiera un poquito más de tranquilidad"

–Dijiste en algún momento que "Sbaraglia" en italiano significa "alcanzar". ¿Qué cosas creés que alcanzaste?

–Lo que quisiera alcanzar es un poquito más de tranquilidad. Lo que ya alcancé no lo sé del todo, porque uno no siempre es consciente de eso. A veces los demás ven más lo que alcanzaste que uno mismo.

–¿Por ejemplo?

–Viste que te dicen: "Trabajaste con Almodóvar, trabajaste con tal." Y vos decís: "Ah, sí, sí." Como que uno va haciendo y no se va dando mucha cuenta. Los demás resignifican y le dan más valor a lo que uno hace que uno mismo.

"Lo que quisiera alcanzar es un poquito más de tranquilidad", confiesa ante GENTE, en medio de un momento profesionalmente álgido. Lo espera un nuevo proyecto, El sobrino, dirigido nuevamente por Damián Szifron y con producción de Netflix.

–¿Sos de los que hacen balances seguido?

–No tanto en ese sentido. Por suerte trabajo mucho, me gusta lo que hago y le pongo mucha energía, pero no ando haciendo balances. Creo que los únicos balances los hacés cuando cumplís años, y uno tampoco trata de pensar demasiado en eso tampoco.

–¿Cómo festejás los cumpleaños?

–No soy de hacer grandes fiestas ni reuniones. Hago cosas tranquis, en familia, con poquitos amigos. Más familia que amigos, núcleo bien chico. Porque a veces estás cansado o estás en otra y decís: "No quiero organizar nada". Si no estuviera trabajando cuando me toca cumplir, quizás sí haría algo más grande. Tal vez este año, si logro mudarme y tengo el departamento nuevo, me den más ganas de invitar gente. Pero en general siempre uno se inventa excusas para quedarse tranquilo.

Mientras habla de esto, Cannes ya está en el recuerdo. Nunca se imaginó una carrera así. Lo que siempre deseó fue tener algo importante en Argentina, parecerse a los actores que admiraba. Ahora los está perdiendo –"se nos fue Luis Brandoni, lamentablemente"–, mierntras él está en otro lado, en otro registro, en el que no para de jugar e interpretar vidas apasionantes con buenos guiones.

"No podés tener una relación de cotidianidad con nada", plantea cuando se refiere a su vida "tan atípica", una realidad fuera de casa e imbuido en la ficción a la que se entrega.

Las renuncias que los artistas naturalizan y cuál es el límite entre vida y obra

–¿Y te perdiste cosas importantes en estas renuncias?

–Siempre, sí. Me he perdido cosas muy importantes. Algún acto de mi hija (Julia). Actos me perdí pocos, la verdad, pero sí me perdí otras cosas. En un momento surgió la posibilidad de ir a los Oscar con Relatos salvajes, aunque de entrada había lugar. Después se abrió la ventana, pero a los dos días era el cumpleaños de mi hija. Encima estaba filmando, así que decidí no viajar. Me doy cuenta de que los actores transitamos una vida muy atípica. No podés tener cotidianidad.

¿Cómo convive la gente que te rodea con esa vida que describís?

–Lo saben. Lo van aprendiendo. 

–¿Lo sabe y lo acepta, o lo sabe y lo sufre?

–Las dos cosas, creo. No podés decir: "Todos los días puedo ir a buscar a mi hija al colegio." De pronto empezás a rodar una película, te tenés que ir, o estás catorce horas por día de lunes a sábado metido en eso, y tu vida se detiene. La gente que forma parte de tu vida lo sabe. Mi hija lo fue aprendiendo y lo sabe. Tiene sus cosas feas, claro, pero al mismo tiempo tiene cosas buenísimas que lo compensan. Puede ir a un festival, lookearse de una manera increíble, subirse a un escenario, que le regalen cosas hermosas y vestirse como si fuera millonaria (se ríe).

"Pensé que trabajar con Pedro no iba a volver a ocurrir", resalta acerca de su segunda oportunidad bajo la dirección de Almodóvar. La primera fue con Dolor y gloria (2019).

–Justamente eso tiene que ver con Amarga Navidad, con lo que cuesta convivir con un artista. El precio implícito, se podría decir.

–Sí, lo habíamos pensado con Pedro, hablando de los personajes. Yo le decía que muchas cosas del personaje las puedo entender, primero porque estoy en esta profesión. A veces uno desmedidamente pone mucha vida propia en la ficción. No hay un borde claro. A veces cuesta encontrar el borde entre la escena y la vida. ¿Cuándo te bajás del escenario? ¿Cuándo te subís? ¿Dónde está ese juego de espejos que muchas veces es infinito?

El segundo llamado de Pedro Almodóvar: "Uno vuelve a aquellos sitios donde amó la vida"

–Hace poco Pedro Almodóvar dijo en una entrevista que no le gustaba nada que se refirieran a sus actrices como "chicas Almodóvar". ¿Te sorprendió?

–Me llamó la atención, porque yo siempre tomé lo de Joaquín Sabina como algo muy elogioso para el cine de Pedro (En la canción Yo quiero ser una chica Almodóvar, canta: Yo quiero ser una chica Almodovar / Como la Maura, como Victoria Abril/ Un poco lista, un poquitín boba/ Ir con Madonna en una limousine). Porque es cierto, ¿no? Sabina logró sintetizar algo que pensábamos todos. Además también incluyó a Bossé. Me pareció raro, pero igual me causó gracia.

"No me miro en las entrevistas. Me da vergüenza. Hay que hacerlas y soltar", cuenta Sbaraglia.

(Nota de la Redacción: Sin embargo, a pesar del consenso popular acerca de la canción, hace poco Almodóvar se expidió diciendo que le parecía "un tema malicioso" porque incluía comentarios hirientes de su entorno y que nunca fue de su agrado. “Estaba llamándole maricón a Miguel Bosé y tonta a Carmen Maura”, dijo. El manchego explicó sin vueltas que rechazaba esos motes porque simplifica y reduce el talento de sus actrices).

–¿Y qué pasó entre el Leo de Dolor y Gloria y este nuevo proyecto con Pedro?

–Fueron experiencias muy diferentes. Lo de Dolor y Gloria resultó un regalo de la vida y de la profesión. Pensé que no iba a volver a ocurrir. Y además se trató de personajes casi en las antípodas. En Dolor y Gloria me tocó estar junto al alter ego de Pedro, que era Antonio Banderas, y ahora me tocó hacer a mí de su alter ego.

En Amarga Navidad Leo interpreta a Raúl, el alter ego de Almodóvar, que –en la película– es capaz de llevar a la ficción el dolor más íntimo. La ética de la creación: ¿todo es material de trabajo?, se plantea el director español en su nueva cinta.

–¿Cómo fue preparar este alter ego por momentos tan singular?

–En Dolor y Gloria era un color muy cercano a mí. El personaje pedía algo muy natural, muy candoroso, muy tierno, que yo tenía más a mano. En cambio en Amarga Navidad había que encontrar un personaje lleno de oscuridad, de entresijos. Pedro me dijo desde el principio: "No quiero un retrato amable". Hay algo de autocrítica en él, una necesidad de reflexionar sobre ciertas cosas de su vida.

–¿Una reflexión sobre los límites entre la ficción y la vida real?

–Exactamente. Creo que en esta película Pedro se pone frente al espejo, y nos pone frente al espejo a nosotros también. ¿Qué vale más: una obra de arte que ilumine a millones de personas, o que esa misma obra destruya la vida de quien más querés? ¿Hasta dónde la ficción puede devorar los afectos? Es una pregunta que le cabe a cualquiera que se dedique a pensar sobre estos bordes.

"De pronto empezás a rodar una película, te tenés que ir, o estás catorce horas por día de lunes a sábado metido en eso, y tu vida se detiene", cuenta al explicar cómo los que lo rodean debe adaptarse a su exigida agenda.

–Como actor, ¿esa tensión te afecta de otra manera que a un director o escritor?

–Sí, porque uno no escribe ni extirpa cosas de la vida ajena. Pero sí intenta absorber y absorber. Lo que me puede pasar a mí es que tengo que aprender a separar cuándo estoy arriba del escenario y cuándo me bajo. A veces un actor se cree que en una mesa familiar todavía está en escena, y siempre hay alguien que te baja a la tierra diciéndote: "Tranquilo, acá no hay ninguna cámara encendida".

¿Cómo es trabajar con Almodóvar en términos de metodología?

–Muy, muy, muy exigente. Pero la exigencia se da sobre todo en el trabajo previo. Ya en el rodaje en sí, con dos o tres tomas generalmente alcanza. Porque hay mucho ensayo. Él ensaya casi como si fuera teatro. La escena del parque que hicimos con Aitana, por ejemplo, la ensayamos durante prácticamente un mes y medio como si fuera una pieza teatral. Llegamos al rodaje con todo construido. El trabajo fue encontrar la verdad en ese presente. Y funcionó.

"Así como los argentinos tenemos mucha terapia, yo creo que Pedro hace mucha…", sostiene Sbaraglia.

"Uno vuelve a aquellos sitios donde amó la vida"

Lo dice Raúl, el director que guiona la vida en tiempo real –y viceversa–, borrando los límites para conseguir lo que quiere: ponerle fin a su nuevo escrito. El acto creador, después de todo, siempre comienza en la imaginación, pero esta vez se inspira en hechos reales. Incluso si eso implica traicionar a una amiga de toda la vida o apropiarse de los detalles más íntimos de su relación con su novio.

Todo va a parar al cajón de "vivir para contarlo". La lectura que el propio Almodóvar hace de sí mismo es reconocer sin pudor que no le tiembla el pulso para servirse de los afectos, las historias, los miedos y los dolores ajenos. Y funciona casi como una autoadvertencia: seguirá buscándose a sí mismo en perpetuidad.

El personaje de Sbaraglia se enfrenta al reproche de su entorno y se ve en el espejo del director. Hay una línea en el guión que el actor cita de memoria: la del cineasta que "vampiriza a los otros", que absorbe todo lo que lo rodea para convertirlo en materia narrativa. Es la acusación implícita que le hace su asistente. Y también, quizás, la que Almodóvar se hace a sí mismo. De nuevo: ¿todo vale?

Fotos: Chris Beliera
Video: Candela Casares
Edición de video: Martina Cretella
Agradecemos a: Raquel Flotta y Carolina D'Andrea



 
 

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