De estar al borde de la quiebra a ser la panadería viral: la emocionante historia detrás de la ventanita de Martín Imán que es furor en Villa Urquiza – GENTE Online
 

De estar al borde de la quiebra a ser la panadería viral: la emocionante historia detrás de la ventanita de Martín Imán que es furor en Villa Urquiza

Sufrieron una fuerte crisis a fines de 2025, pero una idea los salvó. Hoy, en pleno éxito, el pastelero estrella y su mujer le cuentan su increíble historia a GENTE.
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En este lugar de Villa Urquiza no hay un salón repleto de mesas ni una gran vidriera. Hay una ventanita por la que salen medialunas, panes y otras preparaciones que, en los últimos meses, se convirtieron en un verdadero fenómeno en redes sociales.

Detrás está Martín Imán, gastronómico de 38 años, quien recibe a revista GENTE en la planta de producción junto a Diana Rendelstein, su pareja desde hace 17 años, madre de sus dos hijas y una pieza fundamental del proyecto.

La historia detrás de esa ventanita es también una historia de amor, perseverancia, sacrificio, creatividad y mucho ingenio. Este camino empezó mucho antes de las filas y los videos con millones de reproducciones: con un Martín adolescente aprendiendo a cocinar junto a su abuela y una pareja que, desde entonces, atravesó viajes, trabajos, deudas, mudanzas y más de una crisis que los obligó a reinventarse.

Martín y Diana, los líderes de este proyecto, están juntos hace 17 años.

De ayudar a su abuela a descubrir su vocación por la gastronomía

Mucho antes de que su nombre apareciera en redes sociales y de que una pequeña ventanita de Villa Urquiza (en Franklin D. Roosevelt 5415) comenzara a convocar clientes, la relación de Martín Imán con la cocina empezó en un buffet de barrio y de la mano de su abuela.

Hoy tiene 38 años y calcula que lleva alrededor de 15 dedicado profesionalmente a la gastronomía. Pasó por la cocina salada, la pastelería, la panadería y el catering, pero cuando intenta encontrar el verdadero origen de su vocación tiene que retroceder hasta los 13 años.

"Yo arranco en la cocina viendo a mi abuela laburar por necesidad", comienza relatando y se emociona al recordarlo. "El amor por la cocina surgió al verla cocinar. Ella trabajaba en el buffet de un club y yo la ayudaba. Después tuvo una parrilla y ahí descubrí lo que era cortar papa y cómo era deshuesar pollo".

El buzo que eligió ponerse Martín para la producción con GENTE.

Aunque durante su juventud pasó por diferentes trabajos, había una señal que se repetía incluso durante sus días libres. "Pasé por muchos rubros, lo que te imagines, pero me daba cuenta de que el domingo que tenía franco me levantaba temprano a hacer un pan o una torta. Ahí entendí que era lo que me gustaba y lo que mejor se me daba", recuerda.

A los 21 años apareció otra persona que terminaría siendo determinante tanto en su vida personal como en la historia de su proyecto gastronómico: Diana Rendelstein. Se conocieron en un boliche y Martín todavía recuerda un primer intento de conquista que no salió exactamente como esperaba. "Le dije que era de Villa Urquiza y ella me dijo que era de Belgrano. Yo le contesté: 'Ah, somos vecinos', y ella me dijo: 'No, estamos lejos'", cuenta entre risas.

La distancia, finalmente, no fue tanta. Un mes después estaban de novios. Hoy llevan 17 años juntos, son padres de Sara y Olivia y también trabajan codo a codo.

Martín y Diana, en familia, con su hija Sara, su esposa, su madre y su abuela.

Por entonces, Diana estudiaba Psicología en la UBA. Una vez recibida viajó a Holanda para visitar a una amiga y desde allí tomó una decisión que volvería a cambiar el rumbo de ambos. "Lo llamé y le dije que me quería ir a vivir ahí. Juntamos plata y fuimos", recuerda ella.

La aventura europea duró aproximadamente un año y medio. Martín todavía no había estudiado gastronomía formalmente y ambos fueron haciendo diferentes trabajos. En Tenerife, él consiguió empleo en un restaurante y hasta llegaron a hacer relaciones públicas para una discoteca cubana.

"Trabajamos de todo", resume Martín. Finalmente fue Diana quien empezó a extrañar la Argentina. Decidieron regresar y, ya instalados juntos en Buenos Aires, Martín comenzó a buscar seriamente un lugar dentro de una cocina profesional.

De la bacha a su primer pan

El comienzo estuvo lejos de los productos que hoy llevan su nombre. Entró a un restaurante trabajando en la bacha, uno de los puestos más exigentes y fundamentales de cualquier cocina. "Es duro, pero es lindo. Si el plato no está limpio, no puede salir la comida", sostiene sobre el rol.

Hasta que un día su jefe de cocina le hizo una pregunta aparentemente sencilla: si se animaba a preparar pan. "Ese día no me lo olvido nunca más en la vida", asegura. Aceptó el desafío y comenzó con apenas medio kilo. Poco tiempo después había terminado haciéndose cargo de toda la producción de panadería del restaurante.

"Cuando me dieron para hacer mi primer pan me di cuenta de que me encantaba. Empecé con medio kilo y terminé haciendo toda la panadería. Me enamoré de eso", recuerda.

Martín en la cocina, su lugar en el mundo, en pleno proceso de producción.

El sueldo no alcanzaba, pero Martín tampoco quería abandonar aquel lugar. Había encontrado un oficio y un equipo en el que se sentía cómodo. La solución fue buscar una segunda alternativa.

Por aquellos años estaban en auge las experiencias gastronómicas a puertas cerradas y decidió probar suerte organizando cenas en Casa Nogal. Una vez más, Diana se sumó. "Yo ahí me puse en la parte de gestión. Venía mucha gente, pero no nos daban los números", recuerda ella.

"¡Pero venía mucha gente!", interviene Martín entre risas. Para poder servir a unas 30 personas por noche diseñaba platos que pudieran reproducirse en cantidad: goulash, matambre al disco y otras preparaciones que le permitían sostener el ritmo del servicio. La propuesta empezó a crecer y cada vez más personas comenzaron a seguir su trabajo.

Hasta que una noche apareció entre los comensales el dueño de un catering y le ofreció trabajar con él.

La decisión de estudiar para poder seguir creciendo

El crecimiento también expuso un límite. Martín tenía experiencia y facilidad para cocinar, pero comenzó a sentir que las ideas se le agotaban. "Me di cuenta de que tenía que aprender para poder seguir. El estudio me abrió mucho la cabeza y me profesionalizó", explica.

Fue entonces cuando decidió estudiar gastronomía formalmente. Y nuevamente Diana tuvo un papel fundamental. "Estudié gracias a ella porque a mí no me alcanzaba para pagar la cuota", reconoce Martín. "¡Yo sabía que había que invertir!", responde Diana entre risas.

Fanático de la pastelería, Martín tiene tatuada una medialuna en su brazo.

Para él, aquella formación significó incorporar técnicas, platos y hasta un vocabulario que hasta entonces había aprendido principalmente desde la práctica. "Yo creo que cocinar pueden cocinar todos, pero estudié para aprender técnicas, platos y vocabulario", explica.

Años después, Diana encuentra una consecuencia de aquella decisión en la cocina que ambos construyeron. "Realmente es increíble todo lo que aprendió en este tiempo. Además, hoy todos los cocineros que pasan por la cocina de Martín Imán aprenden y salen más profesionales. Ya es una escuela", asegura.

La definición emociona a Martín porque toca otro aspecto que con el tiempo comenzó a valorar de su trabajo. "Nos hemos cruzado en estos años a mucha gente que no sabía qué hacer con su vida y acá aprendió un oficio", cuenta.

Después de tantos años dentro de cocinas, asegura que incluso aprendió a detectar rápidamente las habilidades de quienes llegan a trabajar con él: "Me voy dando cuenta si el que viene nuevo tiene fuerza para trabajar una masa o si es más delicado como para poner una florcita".

Martín en su actual local, que es furor en Villa Urquiza.

Sin saberlo todavía, aquel recorrido que había empezado junto a su abuela, continuado en la bacha y crecido entre cenas a puertas cerradas y estudios profesionales estaba construyendo las bases de algo mucho más grande. Pero para que apareciera el proyecto que hoy lleva su nombre todavía faltaba un acontecimiento que cambiaría por completo la vida de la pareja: la pandemia.

La pandemia, un monoambiente y el nacimiento de Martín Imán

El camino que Martín había construido dentro de la gastronomía se frenó abruptamente en 2020. Trabajaba en un catering y, con la llegada de la pandemia, todos los eventos fueron cancelados. En casa, además, él y Diana acababan de convertirse en padres: Olivia tenía apenas cuatro meses.

En ese momento, su suegro se convirtió en una pieza fundamental: además de ayudarlos económicamente, les prestó un monoambiente para empezar de nuevo. "Compramos una batidora, un horno y arrancamos con lo que teníamos", cuenta.

Así comenzaron a preparar desayunos y cajas para enviar a domicilio. Lo que nació como una salida frente a la falta de trabajo creció mucho más rápido de lo imaginado: para el Día de la Madre recibieron cerca de 300 pedidos y todavía trabajaban solos.

Mientras Martín cocinaba y anotaba cada encargo en cuadernos, Diana empezó a hacerse cargo de la gestión y las redes sociales. Al mismo tiempo, continuaba ejerciendo como psicóloga y atravesaba los primeros meses de maternidad.

Hasta que la dinámica se volvió insostenible. "Un día le dije a Martín: 'No podemos más solos'", cuenta Diana. Empezaron entonces a incorporar trabajadores y ella también armó progresivamente un equipo dedicado a la administración.

Para 2021, el monoambiente ya les quedaba chico. Se mudaron a un espacio mayor, comenzaron a trabajar con marcas y empresas y el regreso de los eventos volvió a impulsar el negocio. Pero, poco tiempo después, también tuvieron que dejar ese lugar.

La búsqueda los llevó finalmente hasta Franklin D. Roosevelt 5415, en Villa Urquiza. "Vinimos con una arquitecta y una bromatóloga y, cuando nos dieron el OK, en diez días hicimos la obra y arrancamos", relata Diana.

La nueva mudanza exigió otra apuesta económica. "Tuvimos que pedir préstamos para armar todo. Prendimos el horno acá y nos pusimos a trabajar", cuenta Martín. Curiosamente, el lugar que hoy se hizo conocido por vender a través de una ventanita no había sido pensado para recibir clientes. La idea de abrirse al barrio llegaría después y, nuevamente, nacería como respuesta a una crisis.

Martín en la famosa ventanita de Villa Urquiza.

La crisis que terminó abriendo la famosa ventanita

El nuevo centro de producción significó una apuesta enorme para la pareja. Habían pedido préstamos, ampliado el equipo y construido una estructura que necesitaba sostener un determinado volumen de trabajo. Pero en 2024 el consumo empezó a caer y, además, de un día para otro, uno de sus clientes más importantes dejó de comprarles.

"Teníamos una deuda de todo lo que habíamos construido. Nos pusimos a llorar los dos", recuerda Diana. Para Martín fue "el momento más difícil" que atravesaron como pareja y como equipo. Los números no cerraban y una de las posibilidades era reducir drásticamente el personal.

"Teníamos que sacar a la mitad del equipo. Era muy complejo porque para nosotros esto es una familia real y queríamos sostenerla", explica Diana. Sin embargo, ella estaba convencida de que podían volver a empezar. Para explicarlo, recurre a su propia historia familiar. "Yo soy nieta de sobrevivientes del Holocausto que han perdido todo y más. Ellos pudieron levantarse y siguieron. Yo tengo esa fuerza", cuenta con total emoción.

Martín y Diana siempre se apoyaron mutuamente en sus proyectos gastronómicos.

Fue entonces cuando propuso probar algo que hasta ese momento no formaba parte del negocio: abrir una de las ventanas del centro de producción y vender directamente a los vecinos. "Les dije a los chicos: 'Abramos la ventana, pongamos las cosas del catering y veamos qué pasa'", recuerda. Y pasó...

Los primeros clientes empezaron a acercarse atraídos por algo que hacía tiempo percibían desde la calle. "La gente empezó a pasar y nos decía que olía algo rico, pero no sabía de dónde venía", cuenta Diana. Aquella decisión improvisada para intentar atravesar una crisis terminó transformando el negocio. Desde ese día, la ventanita nunca volvió a cerrar.

La conversación que quieren abrir en la industria gastronómica

El carácter familiar de Martín Imán no es solamente una manera de hablar del equipo. "En un momento sumé a mi mamá y después a mi abuela, que es la que le cocina a todo el equipo", cuenta Martín. Hablar de ellas lo emociona, especialmente al recordar que su propia historia en la gastronomía comenzó ayudando a esa misma abuela cuando tenía 13 años. "Lo que en algún momento me daba un poco de pudor, hoy me da un orgullo terrible", reconoce.

Diana asegura que el cuidado de quienes trabajan con ellos se convirtió además en uno de los pilares de la empresa y en una conversación que quieren impulsar dentro del sector gastronómico. "Tenemos al 100% del personal registrado, pagamos nuestras obligaciones y consideramos que es lo que hay que hacer. Es muy difícil, pero es uno de los valores más importantes de nuestra empresa. Cuidamos a nuestro equipo", sostiene.

Para Martín, una señal de que esa filosofía funciona aparece incluso cuando alguno decide irse. "De acá se van porque quieren seguir creciendo, pero todos pasan a saludar. Tenemos buena relación con todos", concluye.

La segunda crisis y el inesperado fenómeno de las redes

La ventanita había logrado cambiar el rumbo del negocio, pero no sería la última vez que Martín y Diana tendrían que enfrentarse a una situación límite. En diciembre de 2025, una nueva caída del consumo volvió a poner en riesgo todo lo construido.

"Casi entramos en quiebra. No teníamos plata para comprar ni un peceto en un momento del año en el que tendríamos que haber tenido la cartelera llena de eventos", recuerda Martín.

Esta vez decidió buscar una salida diferente: acudir a las redes sociales para que más personas conocieran lo que hacían. La primera apuesta fue Somos Urquiza y la respuesta fue inmediata. Después llegaron Viví Urquiza, Carola Cuenta y otros creadores de contenido. Los vecinos empezaron a acercarse, aparecieron programas de televisión y la fila frente a la pequeña ventana comenzó a crecer.

"No me olvido más de la primera vez que salí y había fila hasta la esquina. Me puse a llorar, obvio", reconoce Martín, antes de romper el clima con una sonrisa: "Tengo que dejarlo salir porque si no, ¡me como todas las medialunas!".

Las medialunas son uno de los clásicos de la ventanita.

El día que llegó La Chica del Brunch y todo explotó

Para entonces, el fenómeno ya estaba en marcha. Pero hubo un nombre que marcó un antes y un después en la historia reciente del negocio: La Chica del Brunch.

"Un día estábamos todos haciendo nuestro trabajo y nos empezó a seguir La Chica del Brunch", recuerda Diana. Detrás de la cuenta está Rocío, una creadora de contenido gastronómico que actualmente reúne más de 5 millones de seguidores. Martín conocía el impacto que podían alcanzar sus recomendaciones y su primera reacción estuvo lejos de ser de tranquilidad.

"Me puse nervioso. No sabía si íbamos a poder bancarla porque escuchaba que adonde va, explota", confiesa. Poco después llegó el mensaje que estaban esperando. La influencer quería conocer la ventanita. Coordinaron la visita, probó sus productos y grabó el contenido.

La famosa ventanita de Villa Urquiza vista desde adentro.

"Subió el video y automáticamente empezaron a llegar seguidores y mensajes. Ese sábado estaba lleno de gente. Nos quedamos sin medialunas", recuerda. Martín lo resume de manera todavía más contundente: "Ya venía moviéndose mucho con las otras influencers, pero con ella explotó".

El video superó los 2,5 millones de reproducciones, acumuló cerca de 130 mil "Me gusta" y más de 2.000 comentarios. Pero el verdadero impacto estaba del otro lado de la pantalla: frente a la ventanita de Roosevelt comenzaron a formarse filas de personas que querían probar aquello que acababan de descubrir en sus celulares.

De una ventanita de barrio a un fenómeno que desbordó la calle

El movimiento llegó a ser tal que algunas costumbres que habían construido con sus clientes tuvieron que ponerse en pausa. "Nosotros hacíamos eventos en la calle y cuando empezaron a venir influencers se nos fue de las manos. Hoy no podemos hacerlo", explica Martín.

El equipo completo de Martín Imán.

Diana recuerda una imagen que muestra hasta dónde había llegado aquella dinámica barrial: "Venían las familias con reposeras y mesas plegables. Era increíble". Ahora quieren recuperar esos encuentros, pero adaptados a la nueva escala del negocio. "Para la próxima queremos hacerlo bien: pedir la habilitación, cortar la calle y que sea ordenado", adelanta.

Después de años de crisis, préstamos, mudanzas, noches sin dormir y decisiones tomadas sobre la marcha, el alcance de las redes llevó el nombre de Martín Imán mucho más lejos de aquella ventana de Roosevelt.

Sin embargo, cuando GENTE le consulta qué significa todo lo que está pasando, Martín vuelve al mismo lugar en el que empezó su historia: "Para mí conquistar Urquiza, que es el barrio de toda mi vida, es un sueño".

Fotos: Diego García
Video y redes sociales: Luna Figliuolo



 
 

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