"Somos una familia muy teatrera", dirá Leticia Brédice apenas arranque la charla, como quien entrega la llave de todo lo que va a contar. "En la obra está mi sobrina Ananda y también traemos cosas de nosotras: mi propia cosecha, desde mi cuerpo, mi espíritu, mi alma, sobre todo cosecha. Mis pelucas y mi sentir".
Así, sin vueltas, define el material con el que construyó Milagros, la obra producida por Darío Arellano que la trae de regreso a las tablas después de años de ausencia y que comparte con su sobrina en una suerte de linaje artístico que atraviesa generaciones de la misma casa.
La charla llega en un momento particular: mientras sorprende al interpretar a Susana Giménez en la flamante serie biográfica de Moria Casán en Netflix, Brédice repasa con GENTE los recuerdos, los miedos y los milagros –en plural, como el título del unipersonal que habitará el Teatro Santa María durante 4 únicas funciones, los viernes de septiembre– que hicieron posible esta vertiginosa aventura de ser otra al infinito y que nació un día en que Norman Briski la eligió.

–¿Cómo es trabajar con tu sobrina?
–Mi sobrina es una brillante actriz –se acerca y se une a la conversación–. Imaginate, ella se crió conmigo, es mi muñequita, es mi hija, mi sobrina dorada. Hicimos una obra juntas en Microteatro y nos fue muy bien. Pero además, Ananda estudió con Ricardo Bartís y con Norman Briski, fue asistente de ambos y de Eduardo "Tato" Pavlovsky, e hizo una obra de Pavlovsky con Pipi Onetto. Estará mal que lo diga yo, quizás suene arrogante, pero no voy a dejar de decirlo porque para mí es verdad: es la actriz más maravillosa que hay, dentro del teatro independiente, fuera de él, y ahora arriba de un escenario grande.
–¿Cómo es esa energía que comparten?
–Siento una admiración absoluta por ella e incluso le imito muchas cosas, me inspira cuando actúa. A veces estoy actuando y digo: "Esto lo haría Nandy". Me inspira muchísimo porque tiene la energía que yo a veces moralizo; ella sabe respetar el espacio teatral, que es un espacio mágico y fluido donde el otro tiene que emocionarse.
–En Milagros, ¿cómo imaginás esa entrega al público cuando se estrene?
–Los actores están para que el otro se identifique, para que diga "esto a mí me pasó" o "esto me duele", que es lo que pasa en la obra. Yo escribí varias obras y digo cosas de otras obras dentro de esta. Las ideas que van surgiendo son dolorosas, como el no poder tener hijos, por ejemplo. Lo que le pasa a la protagonista es un milagro de vida poder estar en un escenario; es una directora que a la vez es un alter ego, una calma, un dolor que la acompaña en su femenino y masculino. Me emociona mucho lo que pensamos con Ananda porque las dos somos criadas por las mismas mujeres, las mismas hermanas, la misma mamá, abuelas y el mismo papá.
Mi sobrina tiene un caudal de creatividad inmenso. Estoy agradecida de poder crear este universo que nos atraviesa, con tantos recuerdos de nacimientos y velorios. Todo sucede en un lugar mágico donde es un hecho absolutamente teatral. Y es un recordatorio de que no estamos solas. Que no estamos solas tampoco en el escenario, y tampoco la gente que viene a verla está sola. Los que ven Milagros no están solos.

–Crearon un lugar de encuentro también.
–Es un lugar de encuentro emocional. Empecé esta idea con un amigo muy querido, Cristian Morales, y luego con Ananda lo cambiamos todo. Mi deseo nació cuando mi gran amigo Leo Cifelli –secretario de Cultura de la Nación a quien conoce desde hace mucho– me dijo: "Traé algo y hacelo, Leti". Él, Vale Ambrosio y gente que admiro me dijeron "Dale, volvé". Para mí fue volver al escenario y mirar a los ojos a la gente. La obra habla de las mujeres, los hombres, el amor y el humor. El personaje es una mujer con grandes prejuicios.
–¿Cómo es ese personaje? (N.d.R: María de los Milagros Figueroa Alcorta, una mujer que decide alquilar un teatro para compartir aquello que nunca pudo contar).
–Es una mujer a la que le repele lo sucio, los gritos, la gente del interior… pero termina siendo todo lo que ella siempre rechazó, como les pasa a los artistas, ¿no? Lo único que la hace feliz es lo que le da vergüenza. Todos están dentro de su rango de prejuicio. Su única amiga y compañera es su directora, su hermana, la persona que la anima a contar dolores donde hay confusiones de quién es quién. Y todos los temas están atravesados por el humor, más que nada por el lado de los prejuicios. Pero no puedo contar tanto...
–¿Y porqué decidiste llamar a la obra Milagros?
–Porque el "milagro" es todo lo que nunca le gustó es lo que le salva la vida. A mí, Leticia, muchas veces me pasó de pensar que no podía volver a subirme al escenario por miedo a olvidar la letra o a ser juzgada. Pero luché con la pereza y me dejé ayudar. Es un milagro que vuelva a subirme; me siento como a los 4 años, cuando decía que quería ser vedette.

–¿Cómo era esa Leticia?
–Estoy con la pureza de esa nena que quería que la miren, que se emocionen y que se rían, en una familia llena de tragedia. Mi hermana Marisa nos hacía actuar a los 21 primos los domingos para que la familia se olvidara de las tristezas y de la falta de guita. Mi hermana Valeria inventaba sketches, como uno llamado "la valija", que era una metáfora de los familiares que se iban a vivir a Estados Unidos.
La Leticia de los comienzos: del rock de los bares a su cruce con Astiz
Hablar con Leticia es un viaje vertiginoso en el que se pasa por todos los estados. Relata y describe con la precisión suficiente como para que podamos llegar hasta revivir ese momento con ella.
"Mi mamá y mi tía Norma estaban casadas con dos hermanos, mi papá Franquito y mi tío Nico, quien me pagó las clases de teatro. Yo trabajé desde los 14 años en una fuente de soda para pagarme las clases con Briski, que me salvó la vida. A mí la contabilidad y las matemáticas no me vibran; me vibra el teatro, traspasar el alma", cuenta emocionada.
El rock lo conoció de casualidad pero también por necesidad. "Trabajé en un bar de rockeros donde iban Charly García, Fabiana Cantilo, Virus y hasta Frank Zappa. Yo no entendía bien quiénes eran, pero necesitaba la propina. Todos me trataban con buena onda porque atendía rápido", rememora la actriz que también pasó por Prix D'Ami, un boliche que fue cuna de las noches más bohemias de los noventa, donde te podías encontrar desde a Fito Páez como a Iggy Pop zapando.

"Luego trabajé en el Open Plaza repartiendo números. Un día estaba leyendo a Platón y se me acercó Alfredo Astiz (el represor de 74 años que ya lleva 21 preso, condenado a prisión perpetua por crímenes de lesa humanidad); cuando le dije que estudiaba con Briski, me dijo que era uno de sus enemigos. Norman me dijo que no volviera más a ese trabajo y al día siguiente me echaron, cosa que Norman me dijo que agradeciera", cuenta al detallar una de las vivencias que más la marcaron.
El salto cuántico a la fama y la vida como "un trabajo de todos los días"
–¿Es cierto que nunca hiciste un casting?
–No, porque para la primera película vinieron a la escuela de Briski buscando una chica que hablara italiano y fuera rubia de ojos celestes. Norman dijo "va ella" y firmé contrato en el acto. Hice la película con Juan Cruz Bordeu y gané un premio en Torino.
–¿Y tu familia qué decía?
–Mi mamá no me acompañaba en esto, ella quería que fuera a trabajar; no entendía el trabajo de actriz hasta que después vio a Ananda (su sobrina) trabajando desde muy chiquita.
–¿Y ahí entendió el sueño de ser actriz?
–Un poco sí. Yo a mi sobrina desde chiquita la hice jugar con pelucas. Ella vivió mis momentos de éxito, alquilando casas enormes, pero yo también le mostraba la realidad de los saqueos en los supermercados para que entendiera que esa casa no era la realidad permanente. Lo que aprendo ahora es que hacer teatro es lo mejor; podés hacerlo hasta en el garaje de tu casa. El actor es el que conmueve de alma a alma.

–Y este regreso al teatro también es como una conexión con esas ganas de ser actriz de chica. ¿Cómo lo vivís?
–Con sencillez, con serenidad y muy presente. Todo lo que recibo es amor. Este año estuve en Málaga con Gastón Pauls y Mariano Frigerio por Nueve Auras, el documental de Nueve Reinas (la ópera prima de Fabián Bielinsky). La gente todavía me reconoce por esa película o por Sin Condena. Ahora lo vivo con naturalidad, sin intelectualizarlo. Ya no me engancho con juicios ni con soberbia. Agradezco haber pasado por todo para tener ahora esta calma. Para mi familia es un honor, y yo antes sentía que era demasiado, pero ahora lo acepto como algo natural. Después de la pandemia, donde todos nos movilizamos, acepto que la vida es un trabajo de todos los días, de amor y agradecimiento.
–¿Y cómo lidiaste en tu momento de mayor fama, más que nada con el control de las narrativas por parte de los medios?
–Todo lo que se habló de mí… hasta creo que en algún momento deseé que se dijeran cosas. Soy de los 90, pasaron muchas cosas. Pero hoy puedo hablar de lo que realmente me importa: no abandonar el sueño. No importa la edad. Ser actor es un milagro precioso, que hace sentir al otro algo profundo. Por eso la obra se llama "Milagros". Es magia arriba del escenario. Y en este momento me nació el deseo profundo y verdadero de volver.

–¿La actuación es tu gran refugio?
–Actuar siempre es una responsabilidad y un evento sagrado, ya sea en cine, televisión o teatro.
"La llamé y le dije que quería estar para que mi hijo me viera": así nació la oportunidad de actuar en la serie de Moria
–¿Cómo surgió tu participación en Moria, la serie de Netflix que ya fue un boom desde antes del estreno? (disponible desde este viernes 14; protagonizada por Sofía Gala, Griselda Siciliani y Cecilia Roth).
–Bueno, primero la generosidad de Moria, que para mí es una inspiración. Cuando me enteré de la serie la llamé y le dije que quería estar para que mi hijo (Indio Sanguinetti) me viera. Ella fue muy amorosa y me ayudó enseguida. Yo estaba dispuesta a hacer cualquier rol, pero la sorpresa fue que me llamaron para interpretar a Susana Giménez. Fue una emoción muy grande, la sangre me corrió por el cuerpo. Susana es un ícono; en mi casa, cuando había problemas, prender la tele y verla a ella era la alegría.
–¿Cómo fue componer al personaje conociendo tan bien a la persona?
–Con el tiempo pude tener una relación con ella, viajar y pasar años nuevos en su casa en Punta del Este. Tanto Moria como Susana son mujeres de una fuerza e inspiración total para las que queremos ser actrices. Fue un sueño hecho realidad interpretarla. La estudié muchísimo hasta que mi marido me tuvo que decir "Leti, tranquila, estás bien".

–¿Y qué te dijo la gente en la calle después de verte tan igual a Su?
–Me tratan con mucho respeto y amorosidad. Siempre me he sentido una actriz respetada desde Nueve Reinas o Cenizas del Paraíso. El público me conoce, intuye y sabe todo. Agradezco a Dios por este cariño. Y también agradezco muchísimo a estas dos mujeres que son de una gran sencillez y generosidad. Y para mí es un honor habitar a Susana en la serie de Moria, son parte de la historia de los argentinos.
Fotos: Nacho Lunadei para Iron Estudio.
Pelo y make up: Jennifer Blanco.
Estilismo: Milva Russo.
Agradecemos a: Pucheta Paz, Puli D.Shoes y muy especialmente a Anto Cores.
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