El café todavía humea sobre la mesa cuando Ginette Reynal empieza a hablar y, casi sin escala, ya está en el campo donde creció, en medio del quilombo del cumpleaños de siete primos que nacieron el mismo año, en la familia de mujeres que fue su primera audiencia. No hay preámbulo, no hay estrategia de imagen y la "brujita" que dice que siempre hubo en ella ("De chica intentaba mover las cosas con la mente durante horas") está más afilada que nunca.
Juana Reynal Blaquier, nieta de Malena Nelson Hunter de Blaquier –la mujer que Ovidio Lagos describió como "la más linda de la Argentina"– eligió desde muy joven el camino menos aristócrata de todos: exponerse. Y, por supuesto, a la acuariana con luna en Escorpio eso a veces le salió carísimo.

La descubrió Gerardo Sofovich en un desfile, actuó con Jorge Porcel, condujo un programa de chimentos con Carlos Monti, protagonizó Sex con José María Muscari y ahora está en el Regina con Doradas, una obra escrita en colaboración con inteligencia artificial que retoma la época de gloria de todo el elenco y hasta recopila frases que ella misma dijo a lo largo de décadas. El dato es más que vertiginoso: estudiar tus propias palabras como si fueran de otra persona a veces trae sorpresas.
En esta nota con GENTE, aparece la otra Gina –como la llaman los amigos–: la que reflexiona sobre los límites con los medios en los momentos de dolor, la que no tolera los rellenos faciales ajenos pero respeta el derecho a hacérselos, la que aprendió a escuchar en los encuentros de Narcóticos Anónimos. Y la que, a esta altura de la vida, a los 66, le pregunta a ChatGPT qué sentís por mí con sarcasmo y curiosidad.
Los "pájaros volados" y el ego que la terapia de grupo pulverizó
Que Ginette hable de sus excesos sin eufemismos es, en sí mismo, parte del profundo trabajo que hizo. Cuando le preguntamos si alguna vez se la "creyó" en lo más alto de la espuma, admite sin rodeos que en sus años de modelo –cuando con Nequi Galotti, Evelyn Scheidl, Teresa Garbesi y Andrea Frigerio hacían "tres o cuatro desfiles por día y se maquillaban en el remis yendo de uno al otro"– puede que haya tenido "los pájaros volados". Llegó tarde, faltó, alguna que otra vez contestó mal y fue "antipática", reconoce, aunque también lanza una advertencia entre risas: "No me hagas quedar mal".

Lo que siguió a esa época fue, entre otras cosas, el paso por Narcóticos Anónimos y Alcohólicos Anónimos. No lo presenta como un dato biográfico ni como una confesión: lo dice como quien explica de dónde viene una herramienta que todavía usa. NA y AA le "salvaron la vida", sostiene, pero la cosa más importante que le enseñaron fue otra: a escuchar.
En los grupos, cada persona tiene cinco minutos para hablar. El resto de la reunión –dos horas o más– se calla y escucha a los demás. "Uno está acostumbrado a hablar para contestar", dice, "no para pensar, escuchar y sentir lo que el otro te está diciendo". Ese ejercicio, repite, es como bajarle tres cambios a la ansiedad.
Lo que descubrió en esa dinámica, narra, fue algo que no esperaba: la horizontalidad total. En los grupos "no hay psicólogos, no hay directores, no hay jerarquías". El adicto ayuda al otro adicto. "A todos nos pasaron cosas, todos hicimos cagadas, todos tuvimos momentos en que hubiéramos querido meternos en una caja seis meses", grafica.
En los grupos nadie juzga. Y, lo más importante, "todo el mundo está esperando que llegues". Y si hay una recaída, también están. Ginette señala que eso es clave, porque lo peor de una recaída no es la recaída en sí: es la vergüenza que te impide volver. "Vivimos en una sociedad que no te permite el error", plantea, y la frase suena a algo que le costó mucho tiempo poder formular así de claro.
La misma lógica se traslada a la terapia de grupo, que lleva muchos años haciendo. Describe cómo la terapia grupal pulveriza el ego de una manera que la individual no logra de la misma forma. Y conecta ese proceso con la generación joven que hoy maneja la fama con más naturalidad: "Son hijos de una época en que la terapia dejó de ser un estigma. En Argentina hubo años en que decir que ibas al psicólogo era sinónimo de tener un problema o de ser explotado por alguien que quería mantenerte enfermo".
Los límites con la prensa y su momento familiar más difícil
Sobre la relación con los medios, Ginette tiene una teoría que aprendió de modo brutal. La enunciación es sencilla: los límites se ponen en las buenas, no en las malas. El razonamiento es más preciso de lo que parece. "Si en el momento de éxito dejás entrar a alguien al living, a la terraza, te sacás la foto con la bandeja en la cama o en la bañadera, después, en los momentos difíciles, esa persona va a sentir que tiene derecho a llegar hasta ahí", analiza. Y explica el mecanismo con total naturalidad y data empírica, claro: "El límite llega hasta donde vos abrís la puerta. Es una relación funcional".

La comprensión más física de esa lógica llegó cuando tenía 25 años y su hermano de 12 murió en un accidente a caballo. Se le murió a su madre en brazos. Cuando Ginette llegó a la casa, los fotógrafos hacían guardia en la puerta. Fue el único momento en que la presencia de los medios la superó de verdad. Ahí entendió, en carne propia –tal como le cuenta a GENTE-, por qué hay gente que detesta las guardias fotográficas y el acoso. "Me pareció violento y desalmado", rememora.
Para el resto de los escándalos –los que la nombraban a ella, los que rozaban a la familia– tenía refugio. Su abuela le había enseñado desde chica: "Los perros ladran, Sancho, señal de que cabalgamos". Y Ana María Campoy, con quien compartió elenco en El infiel, le dio la otra herramienta después de una crítica fea: "Las críticas no se leen. Ni las buenas ni las malas". Ambos consejos, asegura Ginette, siguen funcionando.

Cuando contó chimentos y tuvo un conflicto con Nicole Neumann
Cuando a Ginette en 2004 le propusieron hacer Contalo, contalo, el programa de chimentos con Carlos Monti, pasó del otro lado del mostrador durante un año y fue toda una experiencia, afirma.
–Cuando Daniel Hadad te propuso hacer chimentos con Carlos Monti, ¿es cierto que lo aceptaste con una condición?
–Le dije que la única manera en que aceptaría era si me permitía ser la persona que abriera la puerta a la duda cuando se dijera algo de alguien, no darlo por sentado. Yo tenía una vida social muy activa y no quería ir al cumpleaños de un amigo y que las caras cambiaran o dijeran "cállense que viene la chimentera". Nadie quiere ser tratado así. No es una lectura moralista, es una elección absolutamente personal.
–¿Aun así tuviste roces con algún famoso?
–Hubo un par de temas. Tuve un problema con Nicole Neumann porque ella se estaba por casar con aquel novio que tocaba la guitarra en la playa (N.d.R: Nacho Herrero). Yo opiné al aire que me parecía que no era un marido para ella porque Nicole es de "alta mantención"; una chica a la que le gusta vivir muy bien, viajar, trabajar mucho. Lo dije pensando en la compatibilidad a largo plazo, pero ella se puso furiosa. Después, las veces que me la encontré, le pedí perdón y le aclaré que no fue con mala intención. En ese programa también estaba Rodrigo Lussich, que es un amor. Pero cada uno tiene que hacer su trabajo.

Muscari, la IA y las frases que costó aprenderse
–¿Cómo es trabajar con Muscari?
–Es muy especial, es escorpiano y muy perceptivo. Sabe mezclar excelentemente a las personas, armar los grupos y manejar las energías cuando hay rispideces en el elenco. Tiene una forma de comunicarse muy directa y simple. Cuando me convocó para este espectáculo, me invitó a almorzar y me hizo cuatro o cinco preguntas muy directas. Con él, aunque no sepas de qué se trata, le decís que sí de entrada.

–Y la obra tiene un elemento que nadie hubiera esperado: el guión lo escribió inicialmente una inteligencia artificial.
–En los ensayos se moldeó, se sacó y se agregó. Es como si la IA hubiera traído la arcilla, el texto crudo, y en los ensayos se moldeó. Es muy experimental e innovador usar la inteligencia artificial para un guión de teatro, algo que nadie esperaría porque la cultura a veces está peleada con la automatización por el tema del copyright. Está buenísimo que la obra se sirva de ese algoritmo a favor y sea un éxito.
–Trabajaron sobre el propio archivo e historia de todas en los medios (en Doradas la acompañan: Cristina Alberó, Marta Albertini, Judith Gabbani y Carolina Papaleo).
–¡Hubo cosas que me costó un montón aprenderme siendo frases que había dicho yo misma! Rarísimo. Las tuve que simplificar porque mi versión de hoy no las diría de la misma manera. No es que hubiera ideas con las que no estuviera de acuerdo; no me acordaba de los detalles, pero es lógico porque uno va cambiando. En Argentina el archivo es muy castigador y se pide una coherencia imposible; somos seres que estamos cambiando y evolucionando a cada segundo.

La experiencia con la IA en la obra se trasladó a su vida cotidiana. Cuenta que ahora usa ChatGPT a diario, como "buscador y asesor personal". Un día el bot cerró un mensaje con "todo mi afecto" y Ginette le preguntó de qué estaba hablando si no podía sentir. La respuesta –que es una construcción basada en los sentimientos con los que uno le habla– la dejó pensando. Lo cuenta en el espectáculo: "La IA es un instrumento que hay que aprender a usar, no un cuco al que tenerle miedo".
Acerca del fenómeno de la inteligencia artificial, analiza, "es la revolución industrial actual". Como pasar del caballo al automóvil.
–¿Qué nos controla entonces, la tecnología o el miedo a no entenderla?
–Lo que nos controla es la desinformación y el tenerle miedo al miedo. Nosotros cedemos nuestro poder cuando nos dejamos controlar por algo que no conocemos simplemente porque no queremos conocerlo. Si te metés y sabés de qué se trata, empezás a controlar vos. La información te libera y te hace dueña de la situación.
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