Ginette Reynal, a corazón abierto, de la rigidez de los Blaquier al infierno de la adicción y su renacer en las tablas: "Creo en los errores como oportunidad" – GENTE Online
 

Ginette Reynal, a corazón abierto, de la rigidez de los Blaquier al infierno de la adicción y su renacer en las tablas: "Creo en los errores como oportunidad"

Ginette Reynal
La actriz repasa su historia marcada por un matriarcado aristocrático, las tragedias familiares y lo que aprendió de su batalla contra los excesos. Hoy, revisita su pasado de la mano de José María Muscari (es de las luminarias que protagonizan Doradas). Sus éxitos, la relación con sus hijos y el rol de ChatGPT en su vida "como buscador y asesor".

Hay algo que aprendió muy temprano y nunca más olvidó: que el apellido puede ser una jaula o una plataforma, y que la diferencia la pone uno. Juana Reynal Blaquier, Ginette según una institutriz francesa o Gina para los amigos –66 años, nieta de Malena Nelson Hunter de Blaquier, la más transgresora de un clan que de por sí rompía moldes– eligió la segunda opción cuando casi nadie en su círculo se lo hubiera aconsejado. No sólo eso: no querían saber nada con la exposición.

La descubrió Gerardo Sofovich en un desfile, actuó con Jorge Porcel, condujo un programa de chimentos con Carlos Monti, se subió al escenario de Sex con José María Muscari, salió del infierno de las drogas por decisión propia y tuvo tres maridos, tres vidas distintas, aunque una sola manera de pararse frente al mundo: sin pedir permiso y sin demasiada paciencia para las convenciones.

En el majestuoso teatro Cervantes, Ginette Reynal, "la más rebelde de las Blaquier" y protagonista de Doradas, se sienta a hablar con GENTE sin intenciones de guardarse nada y reflexiona: "Vivimos en una sociedad que no te permite el error".

"En mi familia, la moda era que estuviéramos todos vestidos iguales, tipo el príncipe William y Kate Middleton; querían preservar esa educación inglesa y a mí me parecía una pelotudez", cuenta Ginette, quien asistió a colegios británicos y habla tres idiomas.

–Tenés toda una vida de exposición pública y te fueron pasando muchas cosas delante de la cámara. ¿Cómo es verte en todos tus cambios y recordarte a través de los recortes que aparecen en la obra? Al final del día, no hay una sola Ginette...

–Mirá, nací y me crié en una familia muy grande, de mayoría de mujeres. Toda mi vida se desarrolló con mucha gente alrededor. Como soy la nieta mayor de mi abuela materna (Malena Nelson Hunter de Blaquier), cuando nací, empezaron a nacer todas mis primas. Mi hermana nació 11 meses después que yo y mi prima siguiente a los 6 meses, así que fuimos creciendo todas juntas. Mi mamá tenía siete hermanas mujeres, todas muy unidas, y en una camada estuvieron todas embarazadas al mismo tiempo. Hay siete primos hermanos de la misma edad que cumplen el mismo año. Tengo también un hermano 10 años menor que yo, que tiene 55.

–¡Qué nivel de fertilidad! Los cumpleaños debían ser un caos.

–Los cumpleaños eran un quilombo y súper divertidos. Cuando vivís en una familia tan grande y de mayoría de mujeres, te acostumbrás; como infancia es redivertido. En mi época no existían los teléfonos ni casi la televisión; la que había cambiaba los canales con una perilla y era en blanco y negro. Así que los juegos tenían que ver con la imaginación, y además crecimos afuera, en el campo. Por eso, el contacto con el público para mí es un poquito más natural que para alguien que no tuvo exposición a otras personas. Tiene que ver con estar acostumbrada al ojo ajeno, al ojo que te está mirando.

"Los límites a los medios se ponen en las buenas: si los dejás entrar al living en el éxito, en las malas van a sentir que tienen derecho a llegar hasta ahí", cuenta la actriz en lo que termina siendo una involuntaria cátedra para las celebs.

–A veces los actores juegan con la idea de ser divas y no buscan tanto empatizar con el otro, aunque hoy eso parece estar cambiando. A vos se te nota súper empática...

–La gente joven, las estrellas de la generación que ahora tiene entre 20 y 30 años, son mucho más relajadas. Se lo ve a Bizarrap, que tiene millones de seguidores, y se los nota mucho más normales; tienen menos cuestiones de divismo. Tienen el ego un poquito más ablandado y trabajado porque son hijos de nuestra generación, una época en la que se criticó mucho que en Argentina se hiciera tanta terapia. ¿Te acordás de que antes había como un prejuicio de ir al psicólogo? Decir que ibas a terapia para otras generaciones era terrible, pensaban que tenías un problema o que te querían mantener enfermo para sacarte plata. Yo tengo muchos años de terapia, gracias a Dios. Esta generación joven es producto de cómo se fue transmitiendo eso. Además, yo hice mucha terapia de grupo, mucho grupo. La terapia de grupo te pulveriza el ego.

–¿Y recordás algún momento en tu época de mayor éxito donde hayas tenido "los pájaros volados"? ¿Llegaste a tener malos modos con la gente?

–Sí, los tuve. Soy humana y los recuerdo. Pasé por una época... Yo soy muy responsable y dedicada a mi trabajo, pero tuve un momento que era un desastre en otros sentidos. Me iba bárbaro; cuando trabajaba como modelo tuve una carrera súper exitosa y acá en Argentina trabajábamos muchísimo. Con mi grupo de amigas y compañeras –Nequi (Galotti), Evelyn (Scheidl), Teresa Garbesi, Teresa Frías, Andrea (Frigerio)– hacíamos tres o cuatro desfiles por día e íbamos al interior sin parar. En esa época yo era muy chica, y sí tuve momentos de creérmela, de llegar tarde o de faltar. Siempre fui profesional en la pasarela, nunca relajada con eso, pero nos pintábamos en el remís yendo de un desfile a otro, todas apretadas. Aprendí a maquillarme sin espejo. En ese entonces no teníamos tanta conciencia de cómo te ves, sino de lo mucho que te conocés. Pero bueno, sí, he contestado mal, he sido antipática y grosera, desgraciadamente.

–Con el paso del tiempo, ¿qué te genera pararte frente al espejo?

–Me pasa lo mismo que a todas las mujeres, con sus pros y sus contras. Entre los pros, tengo muy buena genética; mi abuela murió a los 100 años y vengo de una familia de mujeres que nos mantenemos bien y jóvenes. He tenido una buena vida y siempre me cuidé muchísimo, entonces siento que estoy bien y me gusta la naturalidad.

"Le puse una condición a Daniel Hadad para hacer chimentos: ser la persona que abriera la puerta a la duda y no dar nada por sentado". Así recuerda Reynal su pasado en la conducción junto a Carlos Monti. Eso sí: problemas tuvo igual, como un malentendido con Nicole Neumann.

–Eso es importante hoy, en una época donde están muy de moda los rellenos y los fillers.

–Tengo retoquecitos, por supuesto. Tengo un toquecito en la cara que me hizo mi cirujano, el doctor Mendiondo, que es un genio. Me operó en el consultorio con anestesia local; fue un lifting muy suave que no se nota porque tengo buena cicatrización, me cuido y me hago tratamientos todo el tiempo. Lo que no me hago son rellenos, que es lo que más deforma la cara.

–¿Y cuando ves a amigas o contemporáneas tuyas con las caras muy cambiadas te dan ganas de decirles algo?

–No, esas cosas son muy difíciles y delicadas de decir. La persona que lo hace cree que no se nota, lo ve lindo y se siente joven; son puntos de vista y hay que respetarlos. Yo soy una defensora de eso. Una vez tuve una íntima amiga que se operó la nariz; yo no estaba de acuerdo, se lo dije, se enojó y estuvimos seis meses sin hablarnos. Por eso aprendí que no hay que decir todo lo que uno piensa. Si estás abierta y tenés la conciencia viva, seguir creciendo es el mayor regalo. Es lo lindo de cuando aceptás quién sos.

–Años atrás, en el fragor de la exposición, ¿cómo se vivían los escándalos o los comentarios sobre tu familia puertas adentro?

–Mi abuela tenía un dicho... Primero, a ella nunca le gustó que ninguna de nosotras critique a nadie, ni los chismes ni las críticas, jamás. Yo fui su nieta mayor y viví mucho con ella porque mis papás se separaron y nos fuimos a vivir a su casa: mi mamá, mi hermana, yo, y las hermanas menores de mi mamá, que me llevaban solo 10 años. Era un matriarcado total. Cuando pasaba algo y hablaban de mí, ella siempre me decía: "No te preocupes, ladran, Sancho, señal de que cabalgamos". Me decía que si hacés una vida pública, es mejor que hablen a que no hablen. Así que yo siempre tuve en quién refugiarme y nunca lo sufrí.

"Ana María Campoy me enseñó que las críticas no se leen, ni las buenas ni las malas; el resto es cartón pintado", sentencia Gina, tal como la llaman los amigos.

–¿Hubo algún momento donde la presencia de los medios sí te haya superado?

–El único día que recuerdo que me dio mucha bronca y me enojé fue cuando yo tenía 25 años y se murió mi hermano menor de 12 años en un accidente a caballo. Se le murió a mi mamá en brazos, fue una cosa horrible. Cuando llegué a mi casa a verlo, estaban los fotógrafos en la puerta haciendo guardia. Ahí entendí perfectamente a la gente que detesta las guardias fotográficas y el acoso; me pareció muy violento y desalmado. No me gustan los chismes ni ese tipo de cosas. Entiendo que existan, soy respetuosa, y más en esta profesión donde vivimos de la difusión de los espectáculos, pero creo que los límites se ponen en las buenas, no en las malas.

–¿Cómo sería poner los límites "en las buenas"?

–Los límites los ponés cuando estás en un buen momento y te piden hacer una nota para conocer tu casa. Si vos los dejás entrar al living, a la terraza, te sacás la foto con la bandeja en la cama o en la bañadera, después en las malas ellos van a sentir que tienen el derecho de llegar hasta ahí. El límite llega hasta donde vos abras la puerta. Es una relación funcional.

–Trabajaste en programas de espectáculos muy instalados. ¿Cómo manejabas el hecho de estar del otro lado?

–Nunca me gustó escuchar lo malo que decían de mí, y eso lo aprendí trabajando con Ana María Campoy. Sobre los programas de espectáculos, yo estaba haciendo Polémica en el bar y me llamó Daniel Hadad para proponerme hacer un ciclo con Carlos Monti. Le dije que la única manera en que aceptaría era si me permitía ser la persona que abriera la puerta a la duda cuando se dijera algo de alguien, no darlo por sentado. Yo tenía una vida social muy activa y no quería ir al cumpleaños de un amigo y que las caras cambiaran o dijeran "cállense que viene la chimentera". Nadie quiere ser tratado así. No es una lectura moralista, es una elección absolutamente personal.

–¿Tuviste roces con famosos por las cosas que se decían al aire en esa época?

–Hubo un par de temas, no muchos. Tuve un problema con Nicole Neumann porque ella se estaba por casar con aquel novio que tocaba la guitarra en la playa. Yo opiné al aire que me parecía que no era un marido para ella porque Nicole es de "alta mantención"; es una chica a la que le gusta vivir muy bien, viaja, trabaja mucho y tiene otro estilo de vida. Lo dije pensando en la compatibilidad de la pareja a largo plazo, pero ella se puso furiosa. Después, las veces que me la encontré, le pedí perdón y le aclaré que no fue con mala intención, sino sólo la opinión de una persona más grande. En ese programa también estaba Rodrigo Lussich, que es un amor, muy divertido. Pero bueno, cada uno tiene que hacer su trabajo.

"A mi hija (Mía Flores Pirán) nunca le pude poner un vestido rosa ni un moño, tuve que aprender su código; a mí de chica me obligaban a ir a misa disfrazada", confiesa Ginette.

–¿Te dolía cuando hablaban mal de vos?

–Seguro que sí, ni me acuerdo, pero la gente habla. Como te decía, me acostumbré a no escuchar gracias a Ana María Campoy. Hace muchos años hice la novela El infiel con ella; convivía en el estudio con Ana María, Beatriz Bonet, Mariquita Valenzuela, Guillermo Francella... Una vez, alguien hizo una crítica fea sobre una obra de teatro que yo estaba haciendo y Ana María me dijo: "Las críticas no se leen, ni las buenas ni las malas. Vos tenés que elegir en tu carrera a dos o tres personas a las que les prestes atención; el resto son cartón pintado". Eso me ayudó un montón a no creérmela. Además, a veces los críticos responden a la postura del medio al que pertenecen; la prensa no siempre es completamente libre porque no dejan de ser empresas y les bajan línea. A pesar de todo, recuerdo esa época con cariño, me divertí mucho. Estaba Barbie Simons también, Carlos Monti era divino, y después de eso vino Café Fashion, que fue lo más de lo más.

–A una familia aristocrática como la tuya seguramente le habrá costado que te metieras en el mundo del espectáculo.

–Mi familia nunca estuvo de acuerdo desde el día cero. Mi mamá nos educó a mi hermana y a mí en un colegio inglés; volvíamos del doble turno en Olivos y teníamos profesoras de francés en casa. Crecí siendo trilingüe: hablo, leo y escribo en inglés y francés, y agradezco muchísimo esa educación. Siento que mi mamá debe haber querido que yo fuera otra cosa, pero siempre fui muy independiente y no le di oportunidad de decidir. Quizás debí haberla escuchado en su momento, pero ya está; mi vida se planteó así, hice lo que quise y acá estoy, a los 66 años haciendo teatro en el Cervantes. Me hubiera encantado que mi mamá estuviera viva para ver esto.

–¿Quiénes son los que te acompañan hoy en este camino de evolución?

–Yo tengo una familia tan grande... Siempre tengo a mis primas, que las amo, y a mi hermana. Mi hermana es la persona más incondicional, es una columna; ella es astróloga. Y, obviamente, me apoyo en mis hijos. Yo los crié con apertura de cabeza, los crié para que sean libres, para que puedan entender el mundo y puedan tomar decisiones. A un hijo que lo criás bajo tus reglas estrictas, después no puede decidir. Traté de enseñarles a elegir de entrada, respetándoles por ejemplo la lactancia a libre demanda, o la ropa. A mi hija nunca le pude poner un vestido rosa, ni una polera, ni un moño; no le gustaba. Tuve que aprender su código y dejarla que se vista como quiera. A mí de chica no me dejaban nada de eso; yo quería salir con tacos de charol rojo y cartera, y me ponían soquetes con borde de puntillas, zapatitos con hebilla de botón, tapadito, y me mandaban a misa. Sentía que estaba disfrazada, lo odiaba. En ese momento la moda era que estuvieran todas vestidas iguales para preservar esa cosa aristocrática de la educación inglesa, una pelotudez.

"Tengo una intensidad casi brujeril; de chiquita me pasaba horas tratando de mover cosas con los dedos y me daba cuenta de todo", revela una de las elegidas por Muscari para evocar acaso la época de oro del espectáculo a partir de nombres propios.

–Imagino entonces que te desquitaste con ganas con la moda cuando empezaste a liberarte, cruzando incluso en los años 80...

–¡Olvidate! Yo me ponía todo lo que se les pueda ocurrir. Pasé por la época punk porque además yo vivía en París en ese momento; me teñí un mechón platinado acá adelante, agarré las épocas del New Wave, las hombreras estructuradas, todo. Usé todos los colores de pelo habidos y por haber. Eso lo llevé a lo largo de toda mi vida. No me olvido más un día que me estaba vistiendo para ir a un evento; mi hija tendría 8 o 9 años y le digo: "Gorda, ¿te gusta cómo estoy?". Y me dice: "¡Ay, mamá, parecés Floricienta!". Así que hay un momento en que se da vuelta la tortilla.

–Volviendo a la libertad con la que criaste a tus hijos, vos sí tuviste una educación muy estricta...

–Y nunca me dejaban ponerme lo que yo quería.

–¿Y en toda la familia era así, que se tenían que vestir de tal manera? ¿Era por aparentar algo o por qué?

–Sí, bastante. En ese momento la moda era que las mujeres estaban todas vestidas iguales y los varones todos vestidos iguales. Era la educación inglesa, ¿me entendés? Se compraban el mismo tapado de piel de camello que usan ahora los hijos del príncipe William y de Kate Middleton. Igual. Los mismos tapaditos con los mismos zapatitos que ellos siguen usando. En esa época el que ahora es rey, Carlos, era chiquito, de mi edad, y usaba esa ropa. Era como preservar esa cosa aristocrática de vestirte... una pelotudez.

"El único día que la presencia de los medios me superó fue a los 25 años, cuando mi hermano de 12 se murió en brazos de mi mamá y los fotógrafos hacían guardia en la puerta", cuenta al responder si le costaba la exposición.

–En Doradas, la obra de José María Muscari, hacés un papel donde se recupera el brillo de cómo te ven los demás. ¿Sentís que de alguna manera revivís algo de tu gloria pasada?

–Yo nunca sentí que perdí la gloria, así que no siento que esté recuperando nada. Las mujeres siempre tenemos una lectura muy particular de eso, porque para mí no hay nada perdido. Creo en los errores, pero como una oportunidad para aprender hacia dónde querés ir y quién sos. Me divierte un montón ver los repasos de mis fotos y tapas de revistas viejas en la obra, aunque a veces miro ciertos looks antiguos y pienso: "¡Qué hija de puta! ¿Cómo pude cortarme el pelo así?".

–Sos acuariana con luna en Escorpio, dos signos con mucha intensidad. ¿Te considerás una persona muy perceptiva?

–Muchísima intensidad, casi brujeril, te diría. A mí me gusta dejar que mi energía vea y después comprobar si lo que percibí era o no real. Más que videncia, para mí son grados de percepción que se van entrenando cada vez más cuando te dejás llevar. Siempre estuve conectada con eso desde chiquitita; me pasaba horas tratando de mover cosas con los dedos y me daba cuenta de todo. Yo enfrentaba a mi mamá con cosas que percibía y ella me decía: "Por favor, dejá de inventar". Y al final resultaba que era verdad.

–Naciste en una familia muy racional, y tu mamá tuvo que enfrentar una separación a principios de los 60, algo que en esa época era un escándalo. ¿Sintieron la necesidad de tapar cosas?

–Ella se separó en el año 61 o 62, habiéndose casado en el 59; yo nací en el 60 y mi hermana en el 61. En esa época, una separación era un quilombo y eras inmediatamente mal vista, por lo que ella tuvo que meter muchas cosas en la sombra. Justo ahora estoy por hacer un taller grupal sobre "la sombra" con Natalia Lobo.

–¿De qué se tratan esos encuentros?

–Ella me convocó en una casa divina en Martínez donde se hace meditación y yoga. Para el taller estamos armando unos ejercicios basados en que yo, además, pinto. Mi profesora de pintura nos vendaba los ojos, ponía música y nos tocaba pintar en el caballete lo que saliera. La pintura abstracta te remueve muchísimo las cosas que tenés adentro; a veces me pasaba de irme del taller sintiéndome mal durante dos o tres días porque había algo trabado que no salía, hasta que de golpe hacía "boom", aparecía el color y se canalizaba. Con Natalia estamos armando esa dinámica de una sola jornada para mover en redes sociales.

Doradas se mudó al Teatro Regina y es un éxito. Además, la obra introduce un elemento muy contemporáneo: la Inteligencia Artificial. ¿Cómo te llevás con la tecnología en tu día a día?

–Nos fuimos al Teatro Regina los domingos a las 6 de la tarde. Es un teatro más grande y es lindo porque las mujeres que nos vienen a ver son de nuestra edad o un poquito más grandes, y a veces están alejadas de la velocidad actual. En la obra traemos a la mesa el tema de la inteligencia artificial y es interesante porque el público evoca sus propios recuerdos junto a nosotros; teje un puente sobre la distancia generacional. En mi vida personal, uso ChatGPT para todo. Consulto, hablo y pregunto todas las cosas que se me ocurren. Arranqué con Google y después pasé a ChatGPT como buscador y asesor. Es bastante gracioso, porque un día la máquina me redactó algo así como "con todo mi afecto", y yo le contesté: "Vos sos una máquina, ¿de qué afecto me estás hablando? Explicame cómo sentís afecto". Y me armó toda una explicación de que es una construcción basada en los sentimientos de los que uno le habla.

Reynal junto a Cristina Alberó, Judith Gabbani, Carolina Papaleo, Marta Albertini, al frente de Doradas, sus compañeras de elenco en la obra de Muscari.

–¿Sentís que la gente siente desconfianza o miedo ante este tipo de avances?

–Yo lo digo en el espectáculo: ChatGPT es un instrumento que hay que aprender a usar y del cual servirse, no hay que tenerle miedo como si fuera el cuco. Está acá para quedarse y nos cambió la vida. Es la revolución industrial actual; es como pasar del caballo al automóvil. Creo que lo que nos controla es la desinformación y el tenerle miedo al miedo. Nosotros cedemos nuestro poder cuando nos dejamos controlar por algo que no conocemos simplemente porque no queremos conocerlo. Si te metés y sabés de qué se trata, empezás a controlar vos. La información te libera.

–¿Cómo fue el proceso de trabajar el texto de la obra con José María Muscari y el algoritmo?

–Muscari es muy especial, es escorpiano y muy perceptivo. Sabe mezclar excelentemente a las personas, armar los grupos y manejar las energías. Tiene una forma de comunicarse muy directa y simple. Cuando me convocó, me invitó a almorzar y me hizo cuatro o cinco preguntas muy directas; con él le decís que sí de entrada. En la obra hacemos de nosotras mismas, somos nosotras, pero con un texto escrito inicialmente por la inteligencia artificial. Yo lo sentí como si la IA hubiera traído la arcilla, el texto crudo, y en los ensayos se moldeó, se sacó y se agregó. Es muy experimental e innovador usar la IA para un guión de teatro. ¡Y hubo cosas que me costó un montón aprenderme siendo frases que había dicho yo misma en el pasado! Las tuve que simplificar porque mi versión de hoy no las diría de la misma manera.

–¿Los argentinos somos muy "castigadores" con la coherencia de archivo?

–En Argentina el archivo es muy castigador y se pide una coherencia imposible; somos seres que estamos cambiando y evolucionando a cada segundo, y vale cambiar de idea.

"En Argentina el archivo es muy castigador y se pide una coherencia imposible; somos seres que cambiamos a cada segundo y vale cambiar de idea", explica Reynal.

–Mencionabas que tus viajes dependen también de las fechas de tus hijos. ¿Ellos están viviendo afuera?

–Sí, todo lo que puedo escaparme, me voy a España. Mis dos hijos varones viven allá. Martín estudió finanzas en Estados Unidos, se mudó a España con el hermano y ahora está terminando un máster en administración de restaurantes en San Sebastián. En un mes se muda a Madrid con Gerónimo, que es chef, y van a poner un restaurante juntos; seguro para fin de año abren. Y después tengo a mi hija (Mía Flores Pirán) y a mi nieto que viven acá en Argentina, así que a ellos los tengo cerca.

–Esto que contabas al comienzo acerca de lo transformador que han resultado para vos los grupos de NA... ¿cómo te cambiaron la forma de ver la vida estas terapias grupales?

–Muchísimo. A mí NA y AA, más allá de que me salvaron la vida, me enseñaron la cosa más importante de todas. Cuando vos entrás en un grupo, tenés 5 minutos para hablar; el resto de la reunión, que son 2 horas más, te callás la boca y escuchás sentada a cada una de las personas por turno. ¡Y no sabés cómo te enseña a escuchar! Uno está acostumbrado a hablar para contestar, no a hablar para pensar, escuchar y sentir lo que el otro te está diciendo.

–Totalmente.

–Eso es como bajarle tres cambios a la ansiedad. Te ayuda un montón. Esa fue una de las cosas más importantes que aprendí en los grupos. Y la otra cosa maravillosa es la apertura total, el verdadero amor incondicional. Porque ahí somos todos iguales. No hay autoridades, no hay psicólogos, no hay directores, no hay interpretadores. Somos el adicto que ayuda al otro adicto.

"Vengo de una familia de mujeres con muy buena genética; mi abuela murió a los 100 años y nos mantenemos bien y jóvenes", relata Ginette. Acerca del paso del tiempo, dice: "Me gusta la naturalidad. Lo que no me hago son rellenos, que es lo que más deforma la cara".

–Horizontalidad total.

–Exacto. Entonces a todos nos pasaron cosas, todos hicimos cagadas, todos tuvimos momentos en los que nos hubiera gustado meternos adentro de una caja y que nos guarden en un ropero para salir 6 meses después del papelón horrible. Todos hemos hecho papelones y nadie te juzga, todo el mundo está esperando que vos llegues.

–"Todo el mundo te está esperando llegar". Para aplaudirte cuando cumplís cada mes limpio, también, ¿no?

–Claro, todo el mundo te está esperando. Sí. Y para recibirte si tenés una recaída.

–Eso es clave, ¿no?

–Eso no sabés lo importante que es, porque a cualquiera le puede pasar tener una recaída. Y lo peor de la recaída es que no querés volver de la vergüenza que te da. Cuando hacés una cagada en el mundo en el que vivimos todos nosotros, la penitencia que te comés por el rechazo de los demás porque hiciste algo mal, es tremendo. Vivimos en una sociedad que no te permite el error.

"ChatGPT es la revolución industrial actual; es como pasar del caballo al automóvil. No hay que tenerle miedo como si fuera el cuco", asegura. Lo que nos controla, reflexiona, "es la desinformación y el tenerle miedo al miedo".

–Sí, es un tema. Y de igual manera el argentino es muy castigador en general, ¿no? Como esto de "sé siempre igual". Y bueno, no, flaco, no puedo todo el tiempo ser igual.

–Nadie es siempre igual.

–Y aparte también tenemos que aprender, el alma tiene que evolucionar y vino a aprender cosas, no sé si estás de acuerdo.

–No es que tiene que evolucionar, va a evolucionar quieras o no quieras.

–Entonces, ¿cómo lo hacés? ¿Negándote o queriendo aprender?

–Si vos te resistís, sufrís vos y sufre toda la gente que está alrededor tuyo, porque estás diferente y no podés entender qué te está pasando. Entonces vivís esa situación, que es natural, como si fuera un error. Y no es un error. Si el pelo te crece, las uñas te crecen, la piel te cambia y los años pasan... ¿Por qué tu alma, tu carácter y tu personalidad no van a evolucionar?

Fotos: Rocío Bustos

Tratamiento fotográfico: Roshi Solano

Agradecemos a: Carolina Desinano



 
 

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