El 1° de julio de 1974, Juan Domingo Perón murió en Buenos Aires mientras ejercía por tercera vez la Presidencia de la Nación. Trece años después, en junio de 1987, su tumba familiar en el Cementerio de la Chacarita fue profanada y el cadáver embalsamado del líder justicialista apareció sin sus dos manos.
El episodio, nunca esclarecido del todo, volvió a ocupar un lugar central en la memoria argentina cuando Revista GENTE publicó en marzo de 1991 una producción de alto impacto titulada “Qué pasó con las manos de Perón”, en la que no sólo se revelaron imágenes del momento en el que se abrió el cajón y se constató el crimen, sino que apostó a presentar un caso fuertemente atravesado por el secretismo.

La pregunta sigue intacta. El interrogante sobre las manos del expresidente no es sólo una fórmula de misterio policial: es una de esas preguntas que quedaron adheridas a la historia política argentina, en la zona donde se mezclan el duelo, la violencia simbólica, la impunidad judicial y la construcción de mitos.
El caso fue descubierto públicamente en 1987, pero el archivo de GENTE permite observar cómo, apenas cuatro años después, el hecho ya había dejado de ser una noticia para transformarse en una obsesión nacional.
La producción publicada por esta revista en 1991 tenía un elemento diferencial: mostraba imágenes tomadas durante la apertura del ataúd, luego de que se constatara la profanación. La nota sostenía que esas fotografías habían llegado a la redacción dentro de un sobre de papel madera y que formaban parte de las placas tomadas el 1° de julio de 1987, cuando el juez Jaime Far Suau, funcionarios, policías, médicos legistas y allegados al ex presidente participaron del procedimiento en la bóveda de la Chacarita. Para GENTE, esas imágenes no eran sólo ilustraciones: eran prueba, archivo y testimonio de una escena que la Argentina aún no lograba procesar.
En aquella edición, la revista planteaba el caso con una frase que condensaba el espíritu de la cobertura: “Precisamos saber qué pasó. ¿Por qué este sacrilegio no tuvo castigo?”. La elección de la palabra sacrilegio no era casual. El robo de las manos no fue leído únicamente como un delito contra un cadáver, sino como una agresión contra una figura política que, aún después de muerta, seguía ordenando pasiones, lealtades, odios y disputas. En ese punto comienza el mito.
Perón había sido velado en 1974 en medio de una conmoción popular. Su muerte dejó a María Estela Martínez de Perón al frente del gobierno y abrió una etapa de aceleración del conflicto político que desembocaría en la dictadura cívico-militar de 1976. Su cuerpo fue embalsamado y depositado en la bóveda familiar del Cementerio de la Chacarita. Allí permaneció durante más de una década, hasta que en junio de 1987 se descubrió que la tumba había sido violentada.

Según reconstrucciones posteriores, la profanación fue advertida por familiares que habían ido al cementerio pocos días antes del aniversario de la muerte del ex presidente. La bóveda estaba forzada, faltaban objetos y, al revisar el féretro, se confirmó el dato más perturbador: las manos habían sido seccionadas.
También se mencionaron como sustraídos objetos personales y simbólicos, entre ellos elementos militares vinculados a la figura pública de Perón. El hallazgo ocurrió en un clima político delicado, durante el gobierno de Raúl Alfonsín y en una democracia todavía joven, atravesada por levantamientos militares, crisis económica y tensiones institucionales.
Lo que GENTE captó en 1991 fue precisamente ese clima: el de un país que no podía cerrar una herida porque ni siquiera sabía cómo nombrarla. La nota no se conformaba con reconstruir el procedimiento judicial. Su apuesta era más amplia: convertir la profanación en un espejo oscuro de la Argentina.
“La amputación y robo de las manos se convirtieron en uno de los mayores enigmas políticos de la década”, señalaba la producción, y ubicaba el episodio en una serie de profanaciones, violencias y ultrajes simbólicos que incluían otros nombres decisivos de la historia nacional.

Uno de los aspectos más impactantes de la producción original era el contraste entre las imágenes de 1974 y las de 1987. En el archivo de GENTE, el cuerpo de Perón aparecía en el recuerdo inicial con las manos cruzadas sobre el vientre. Luego, tras la profanación, los brazos se veían desplazados a los costados.
La revista acompañaba esa escena con un testimonio sobrecogedor: “Vi que los brazos del General se desplazaban a los costados… se me heló la sangre”. Más allá del tono dramático de época, ese detalle explica por qué el caso se volvió tan poderoso: la mutilación no sólo había retirado parte del cuerpo, sino que había alterado una imagen de reposo, solemnidad y memoria.
El expediente acumuló más preguntas que respuestas. Una de las líneas iniciales fue la extorsiva. Cartas anónimas firmadas como “Hermes IAI y los 13” reclamaban ocho millones de dólares a cambio de la restitución de las manos y de otros objetos. En esas comunicaciones, los autores decían actuar por una supuesta deuda impaga. También habrían incluido fragmentos de un texto vinculado a María Estela Martínez de Perón, lo que reforzaba la impresión de que quienes escribían habían tenido acceso real a la tumba.

Pero la hipótesis económica nunca alcanzó para explicar todo. ¿Por qué, si se trataba de un secuestro extorsivo, las manos nunca fueron devueltas? ¿Por qué nadie cobró el rescate? ¿Por qué una operación tan compleja, realizada en un espacio reducido, con acceso a una bóveda protegida y con conocimiento del lugar, terminó sin autores condenados? Esas preguntas alimentaron durante décadas otras teorías: una maniobra de desestabilización política, una operación de inteligencia, una venganza simbólica, un ritual esotérico, una disputa vinculada a logias o viejas tramas del poder.
El archivo de GENTE refleja con precisión ese universo de sospechas. En sus páginas aparecían referencias a José López Rega, al llamado “Monje Negro”, a la masonería y a la posibilidad de un castigo ritual. Hoy esas hipótesis deben ser contextualizadas: no son verdades judiciales probadas, sino parte de la atmósfera interpretativa que rodeó al caso y que convirtió al robo de las manos en un mito político.
Lo comprobable, en cambio, es suficientemente inquietante. La tumba fue profanada. Las manos fueron cortadas. Hubo cartas de tono extorsivo. La investigación judicial no logró una resolución definitiva. El juez Jaime Far Suau, primer magistrado a cargo del caso, murió en 1988 en un accidente automovilístico que durante años alimentó sospechas.
A 52 años de su muerte, la consulta vuelve porque nunca encontró una respuesta definitiva. Qué pasó con las manos de Perón sigue siendo una forma de preguntarse también qué pasó con una Argentina que, incluso en democracia, conservaba zonas clandestinas, pactos de silencio y tramas de violencia no resueltas.
Más de tres décadas después de aquella publicación y a más de medio siglo de la muerte del tres veces presidente, el interrogante sigue teniendo la misma potencia que entonces: ¿Quiénes lo hicieron? ¿Para qué? ¿Dónde están las manos? Y, sobre todo, ¿por qué uno de los episodios más perturbadores de la historia argentina continúa, todavía hoy, sin justicia?
Fotos: Archivo GENTE ([email protected])
Jefa de Archivo: María Luján Novella (113903-8464)


