Ailín Salas dejó momentáneamente la tranquilidad de Traslasierra, en la provincia de Córdoba, donde se instaló recientemente junto a su pareja, para sumergirse en el vértigo de uno de los festivales de cine más importantes del mundo.
Este jueves, la actriz fue parte de la presentación de Wild Horse Nine, la nueva película de Martin McDonagh que integra la competencia oficial de la 83° edición del Festival de Venecia y que tiene en su elenco a figuras de Hollywood como John Malkovich, Sam Rockwell y Steve Buscemi.

Para su paso por la alfombra roja, Salas apostó por un diseño de Chloé perteneciente a la colección otoño-invierno 2026/2027, una elección que acompañó con una estética de espíritu romántico y bohemio, en sintonía con el universo de la maison francesa.

El vestido se destacó por su silueta etérea y por una construcción delicada que dejaba que la protagonista fuera la caída de la prenda y su movimiento, lejos de los looks de impacto más rígidos que suelen dominar las red carpets.
La actriz completó el estilismo con joyas de Cartier, mientras que llevó el cabello con sus característicos rulos bien definidos y un maquillaje fresco, con rubor rosado y labios en tono coral. La elección fue registrada por medios internacionales de moda como uno de los looks de la jornada del festival.

Otro estilo bohemio en Venecia, en clave mediterránea
En otra de sus apariciones durante el festival, Salas cambió por completo el registro y eligió un conjunto de Bode, la firma estadounidense conocida por recuperar técnicas artesanales, referencias vintage y una estética que cruza sastrería con espíritu lúdico.
El look incorporó el estampado de lunares, un recurso clásico que la actriz llevó en una versión más relajada y contemporánea, alejándose deliberadamente del glamour tradicional de la alfombra roja.

Wild Horse Nine pisa fuerte en Venecia
La actriz llegó a Venecia para presentar una película que, además de tener una fuerte presencia internacional, aparece entre los títulos que comienzan a generar expectativa de cara a la próxima temporada de premios. Wild Horse Nine está dirigida por McDonagh, responsable de películas como Tres anuncios por un crimen y Los espíritus de la isla, y propone una historia ambientada en el contexto previo al golpe de Estado de 1973 contra Salvador Allende en Chile.
La trama sigue a dos agentes de la CIA, interpretados por Malkovich y Rockwell, que son enviados a la Isla de Pascua mientras intentan cumplir una misión en medio de secretos, culpas y conflictos del pasado. En ese escenario aparecen dos estudiantes rebeldes interpretadas por la chilena Mariana Di Girolamo y Salas, cuyos personajes quedan involucrados en los planes de los agentes norteamericanos.

El estreno mundial tuvo lugar este jueves en Venecia y la película quedó así formalmente instalada dentro de la competencia por el León de Oro. Para Salas, el desembarco en Venecia representa además un salto profesional significativo porque se trata de su primera película hablada en inglés. La actriz contó que llegó al proyecto después de realizar tres audiciones y que el contacto surgió a través de un agente alemán con el que comenzó a trabajar en Europa.
La posibilidad de ser dirigida por McDonagh y compartir escenas con Malkovich, Rockwell y Buscemi convirtió la experiencia en un desafío completamente nuevo para ella. "Que sea una película de Martin, a quien realmente admiro muchísimo porque es un gran director, y con este elenco espectacular, la verdad es muy soñado", explicó Salas en diálogo con La Nación.

El idioma, contó, fue uno de los principales desafíos. Salas no solamente debió trabajar su inglés, sino que además su personaje es chileno y tiene momentos de diálogo en español, por lo que tuvo que incorporar un acento diferente al propio. "Eso fue lo que más me costó, trabajar en la manera de expresar mi voz en otro idioma o en otro acento", sostuvo.
De XXY a Venecia: una carrera que empezó cuando era adolescente
Ailín Salas debutó en la pantalla grande a los 13 años con XXY (2007), de Lucía Puenzo, pero aquel primer trabajo fue apenas el comienzo de una carrera cinematográfica particularmente prolífica. Desde entonces participó en más de una veintena de películas y construyó un recorrido estrechamente ligado al cine independiente argentino.
Entre sus primeros trabajos aparecen La sangre brota, de Pablo Fendrik; El niño pez, nuevamente junto a Puenzo; La mirada invisible, de Diego Lerman; y La mosca en la ceniza, de Gabriela David. En los años siguientes trabajó además en Dulce de leche, de Mariano Galperín; Abrir puertas y ventanas, de Milagros Mumenthaler; La araña vampiro y Dromómanos, de Gabriel Medina y Luis Ortega, respectivamente, y Algunas chicas, de Santiago Palavecino. Ya para entonces, su nombre se había instalado dentro de una nueva generación de intérpretes vinculados al cine de autor.

Su filmografía continuó creciendo con títulos como Eva no duerme, de Pablo Agüero; La helada negra, de Maximiliano Schonfeld; Lulú, de Luis Ortega; Hija única, de Santiago Palavecino; Boni Bonita, una coproducción argentino-brasileña dirigida por Daniel Barosa; y Un rubio, nuevamente bajo las órdenes de Marco Berger. En los últimos años sumó El diablo blanco, Bahía Blanca, Matadero, de Santiago Fillol, y Las preñadas, de Pedro Wallace, además de películas estrenadas en 2024 como Los amantes astronautas, de Berger; El rectángulo de ángeles, de Nicolás Galliano, y Paisaje, de Matías Rojo.
Ahora, a los 33 años, esa trayectoria desemboca en una producción internacional dirigida por uno de los cineastas contemporáneos más reconocidos. La actriz, sin embargo, evita plantear el salto como un punto de llegada. "Me encantaría trabajar tanto afuera como en la Argentina. Para mí es necesario trabajar en la Argentina. Amo vivir en la Argentina. Me gustaría poder combinar las dos cosas", aseguró.
Y aunque todavía no sabe cuál será su próximo proyecto, Salas tiene claro qué quiere hacer con lo que venga. "Seguir haciendo lo que amo, aprendiendo y viviendo experiencias", resumió. Por ahora, su presente tiene como escenario el Lido de Venecia, una alfombra roja, una película en competencia por el León de Oro y, aunque no lo pueda asimilar del todo, el zumbido incesante de los flashes.
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